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El coleccionista de susurros

En las noches de los muertos es el frío el que te hace sentir vivo. Días martes, lunes, jueves, son días muertos que mueren dos veces, con sus dos crepúsculos. A las noches nadie se mira a los ojos; no es por miedo, ni por respeto, es solamente que por las noches los ojos no son curiosos. Nadie quiere ver nada nuevo, siguen cabizbajos los caminos de vuelta a sus respectivas casas, mirando ese camino invisible que marcan los adoquines rotos. Cíclicamente, todas las noches, los mismos adoquines rotos son pisados por los mismos decadentes personajes de vuelta a casa, o que huyen de ella. Un día fueron héroes que colgaron la capa y el antifaz para convertirse en seguidores de otros héroes, una nueva generación de héroes que les hace pensar que cualquier tiempo pasado fue, simplemente, anterior. Anterior a su declive, cuando no necesitaban el frío para sentirse vivos y sus ojos no se cerraban, cansados, en un plano demasiado picado como para descubrir de quién serán los pies que pisan sus adoquines rotos.

Con una cámara de infrarrojos, de esas caras de las películas americanas, puesta en lo alto, a la noche todo es azul, oscuro. Y un punto rojo, naranja, blanco se mueve y se muestra irregularmente trazado, desprende calor. Él aún no es otro héroe caído, cabizbajo y taciturno. Él todavía es un héroe en pie, con máscara colorida y espeso antifaz que mira de cintura para arriba. Escondido, tras la sombra compañera de la farola de diseño medieval, observa la escena muerta. De vez en cuando, un coche atraviesa el plano para demostrarle que no es una fotografía lo que está mirando.
La carretera es estrecha y no hay ningún coche aparcado en los lados. A ambas orillas, dos aceras, estrechas también, protegen y separan las casas de cuatro pisos y terrazas que soportan el frío con la entereza de la arquitectura nórdica. Protegen, con su consistente malla de ladrillos humildes, a familias enteras dormilonas que sueñan con pavorosos monstruos de carne podrida o con poseer el cupón ganador del sorteo de lotería y un chalet en la sierra o con la actriz protagonista de la película de la tele tumbada desnuda a su lado. Pero el punto rojo, naranja, blanco permanece bien despierto observando, quizás a la vez soñando más que los de unos metros por encima, pero seguro que cada vez más blanco, más irregular en su trazo y forma.

La observada, ajena a la expectación que crea cuando se agacha para recuperar el trapo del agua gris y opaca, mueve vistosamente el palo de la fregona cambiando el color del suelo tras el paso de las fibras por la superficie. El uniforme, un pijama verde botella y apagado, da fe de su profesionalidad. Una noche, ocho horas, seis suelos: sus números son extraordinarios. Por supuesto, esos números no se los ha inventado. El punto rojo, naranja y cada vez más blanco es muy detallista y calcula todos sus números. Ni siquiera ella, la observada, es consciente de las veces que escurre la fregona o se recoge la coleta cada noche; esos detalles, dignos de coleccionista minucioso, son los que le hacen al héroe levantar la vista al horizonte nocturno, azul oscuro.

Esa noche podrá añadir otro susurro a su colección, todavía no tiene ninguno verde botella. La espera es más larga de lo previsto así que decide encenderse un cigarrillo que por momentos supera el color de su piel tras el filtro infrarrojo. Dos coches cruzan la escena mientras tanto, nada más sucede. Las luces de dentro se apagan y atrapan desprevenido al coleccionista; no le gustan los sobresaltos y apaga inmediatamente la colilla contra los adoquines rotos. La limpiadora ha detectado algo extraño, un pequeño chispazo y un movimiento en la penumbra; no es capaz de discernir figura exacta alguna, pero alguien hay, claro. Hola, pregunta, y nadie responde. Si el coleccionista responde, perderá su colección, ya no habrá susurro. No se sabe su nombre. El verde botella no es tan pálido a la luz de la farola. Nota que tiembla, frío y vida a la vez. Pero pronto no tendrá más frío, se fundirá en azul.

En las noches que nadie mira a nadie, el contacto visual entre dos es extraño y perezoso. Pero la limpiadora, profesional y cada vez más observada, no es capaz de parar de intentarlo, no para de buscar dos ojos que bloqueen los suyos. La fuente de sus temores es a la vez la única manera que encuentra de apaciguarlos, veneno y antídoto a la vez. Se apresura a bajar las persianas exteriores lo más rápido que puede. Afortunadamente nada pasa, no había nadie, alguna luciérnaga traviesa o simplemente un miedo, como casi todos, irracional. Le quedan dos suelos por limpiar y se dirige a la siguiente tienda. Dos calles de casas de cuatro pisos, terrazas y familias dormilonas más allá, en la siguiente tienda, le espera el coleccionista de susurros.
Le pedirá que diga su nombre, que lo repita lo más alto que pueda, mientras le quita el pijama con torpe violencia y le ata el cinturón de cuero a su fornido cuello.
Pero, antes de llegar, levanta la vista perdiendo del plano las baldosas rotas, ya no hay adoquines. Ya no ve las colillas pisadas. Hace que el blanco, amarillo, rojo sea azul, oscuro, y quede una efímera estela que se deshace por segundos.
La noche es tiempo de héroes y coleccionistas.