¿Me quieres?
Todo el equipaje que llevaba era el recuerdo, todavía reciente y tierno, de los labios de su amada contra los suyos. Las noches en alta mar eran duras y largas, tanto que ni siquiera las gaviotas se atrevían a dar señales de vida. Tumbado sobre su cama, sin poder cerrar los ojos y evadirse, con la nuca dolorida tras recibir el coletazo de aquel enorme bicho que habían capturado a la tarde, pensaba en ella. Seguro que lo estaría esperando, en el puerto, con el mismo pañuelo en la cabeza con el que había ido a despedirle. “Volveré y entonces todo estará bien, hasta nos casaremos”. Embarcó con idea de hacer una buena campaña y conseguir dinero suficiente para poder comprarle dos buenas prótesis a su amada; perdió las piernas en un accidente en el aserradero de su padre. Dos sensibles muñones con tendencia a infectarse y supurar era la oscura sombra que le recordaba lo que un día fuera carne, hueso. Pese a todo, ella seguía sintiendo que tenía sus blancas, largas piernas. Alguna noche, tras el accidente, se había situado en el borde de la cama para levantarse enterándose, cuando comprobó que no podía introducir los pies en las zapatillas, que sus piernas no eran más que dos fantasmas invisibles.
La campaña estaba siendo muy mala. Seguramente las corrientes frías no lo habían sido tanto ese año y todavía los bancos de peces no estaban dispuestos a moverse hasta allí. El capitán ya había advertido que seguramente habría pérdidas esa temporada y que se consideraran afortunados si recibían algo.
Él no paraba de darle vueltas a la cabeza, la promesa de las prótesis y la boda se iría al garete de seguir así. Estaba obcecado, no podía pensar con claridad. Sus compañeros de habitación, mientras tanto, generaban una orgánica sinfonía con periódicos movimientos de brindis a Onán.
Salió a cubierta, tras pasar por la cocina, con una botella de Coñac. Apoyado en unas cajas empezó a beber para escapar de la turbia espiral que le estaba obsesionando; intentaba dejar de pensar en lo que había dejado en tierra y en cómo lo recogería. Pero según se vaciaba la botella se llenaba su cabeza de razonamientos absurdos; su empapado cerebro no era ya capaz de distinguir su locura de su realidad. Un constante y sofocante ruido blanco colapsaba sus oídos y escuchaba todos sus pensamientos distorsionados, como si otra persona aún más borracha se los susurrara debajo del mar sobre el que se encontraba. De repente, lo vio claro.
Arrojó la botella al mar con un mensaje dentro. Días después, sorprendentemente, llegó a la playa. Una niña la recogió y se la entregó a la destinataria con excitación y rapdiez. La amada del marinero no pudo evitar llorar, emocionada, cuando la recibió. “Pronto llegaré, querida. No temas, entonces, no tendrás problemas nunca más. Entonces mis piernas serán las tuyas”. Se lo contó a todos sus conocidos y en el pueblo se esperaba con impaciencia la llegada de la tripulación con sus abundantes capturas. Todo apuntaba, según la animada nota, que había sido una buena campaña. La gente era optimista y estaba resplandeciente; pero ese sentimiento no existía entre las húmedas peredes de los camarotes del barco.
Una semana más tarde llegaron a puerto. Todo el mundo corrió pendiente abajo para recibirlos, nadie se lo quería perder. Dos muchachos llevaron a la amada en su silla y los lugareños le hicieron un hueco, todos sabían que era la que esperaba la llegada con más emoción y expectación. Los tripulantes fueron bajando del barco entre silbidos y aplausos de júbilo. Ella no alcanzaba a ver a su amado, no lo encontraba por ningún lado. Cunado hubieron descendido todos, se dirigieron en grupo a ella y le dieron el pésame. Entonces, ella volvió a llorar.
La noche en la que escribió la carta decidió que le haría a su amada un gran regalo. Bajó una pesada guillotina de mesa hasta la cámara y se cerró con ella mientras los demás dormían. Tras apoyar el instrumento, se sentó encima de la mesa y dispuso sus rodillas sobre la línea donde caía el filo de la guillotina. La primera vez no empujó demasiado fuerte y sólo consiguió hundir la desafilada guillotina hasta la mitad de su rodilla izquierda, que se quedó colgando como la cabeza de una pescadilla. La segunda vez fue más rotundo y casi consiguió separar las dos, exceptuando algún músculo exterior o tendón de la rodilla derecha que sujetó la pierna a un lado de la mesa, balanceándose como un pesado péndulo. Cuando llegaron sus compañeros estaba congelado y desangrado, pero se notaba la felicidad en su cara, la tranquilidad de un inocente enamorado que le regala a su amada algo que nadie le puede regalar, que nunca olvidará.

La campaña estaba siendo muy mala. Seguramente las corrientes frías no lo habían sido tanto ese año y todavía los bancos de peces no estaban dispuestos a moverse hasta allí. El capitán ya había advertido que seguramente habría pérdidas esa temporada y que se consideraran afortunados si recibían algo.
Él no paraba de darle vueltas a la cabeza, la promesa de las prótesis y la boda se iría al garete de seguir así. Estaba obcecado, no podía pensar con claridad. Sus compañeros de habitación, mientras tanto, generaban una orgánica sinfonía con periódicos movimientos de brindis a Onán.
Salió a cubierta, tras pasar por la cocina, con una botella de Coñac. Apoyado en unas cajas empezó a beber para escapar de la turbia espiral que le estaba obsesionando; intentaba dejar de pensar en lo que había dejado en tierra y en cómo lo recogería. Pero según se vaciaba la botella se llenaba su cabeza de razonamientos absurdos; su empapado cerebro no era ya capaz de distinguir su locura de su realidad. Un constante y sofocante ruido blanco colapsaba sus oídos y escuchaba todos sus pensamientos distorsionados, como si otra persona aún más borracha se los susurrara debajo del mar sobre el que se encontraba. De repente, lo vio claro.
Arrojó la botella al mar con un mensaje dentro. Días después, sorprendentemente, llegó a la playa. Una niña la recogió y se la entregó a la destinataria con excitación y rapdiez. La amada del marinero no pudo evitar llorar, emocionada, cuando la recibió. “Pronto llegaré, querida. No temas, entonces, no tendrás problemas nunca más. Entonces mis piernas serán las tuyas”. Se lo contó a todos sus conocidos y en el pueblo se esperaba con impaciencia la llegada de la tripulación con sus abundantes capturas. Todo apuntaba, según la animada nota, que había sido una buena campaña. La gente era optimista y estaba resplandeciente; pero ese sentimiento no existía entre las húmedas peredes de los camarotes del barco.
Una semana más tarde llegaron a puerto. Todo el mundo corrió pendiente abajo para recibirlos, nadie se lo quería perder. Dos muchachos llevaron a la amada en su silla y los lugareños le hicieron un hueco, todos sabían que era la que esperaba la llegada con más emoción y expectación. Los tripulantes fueron bajando del barco entre silbidos y aplausos de júbilo. Ella no alcanzaba a ver a su amado, no lo encontraba por ningún lado. Cunado hubieron descendido todos, se dirigieron en grupo a ella y le dieron el pésame. Entonces, ella volvió a llorar.
La noche en la que escribió la carta decidió que le haría a su amada un gran regalo. Bajó una pesada guillotina de mesa hasta la cámara y se cerró con ella mientras los demás dormían. Tras apoyar el instrumento, se sentó encima de la mesa y dispuso sus rodillas sobre la línea donde caía el filo de la guillotina. La primera vez no empujó demasiado fuerte y sólo consiguió hundir la desafilada guillotina hasta la mitad de su rodilla izquierda, que se quedó colgando como la cabeza de una pescadilla. La segunda vez fue más rotundo y casi consiguió separar las dos, exceptuando algún músculo exterior o tendón de la rodilla derecha que sujetó la pierna a un lado de la mesa, balanceándose como un pesado péndulo. Cuando llegaron sus compañeros estaba congelado y desangrado, pero se notaba la felicidad en su cara, la tranquilidad de un inocente enamorado que le regala a su amada algo que nadie le puede regalar, que nunca olvidará.


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