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La triste muerte de Antenas en rojo


¿Sabéis que por un puñado de euros podéis ordenar matar a alguien? Sí, nuestra vida, a la que tanta estima le tenemos, no vale más de cinco mil o seis mil euros. En un mundo en el que todo se puede comprar, una vida no podía ser menos. La historia nos dice que por lo menos ahora se valora más, antes había vidas incluso sin precio, se regalaban. Siendo lo único con lo que nacemos, es también lo imprescindible; y resulta paradójico que para vivirla necesitemos cosas con más valor que la vida en sí mismo. La vida no vale lo que le añadamos, su precio no se calcula con lo que adquiramos en el camino; la vida sólo vale lo que alguien esté dispuesto a cobrar por quitárnosla.

Estoy seguro de que en cualquier ciudad mediana o grande hay gente dispuesta, más o menos desesperada, a clavarle un pincho en el hígado a otro y luego hacer desparecer el cuerpo en un río. Es muy fácil hacerlo y también, cada vez, más fácil atraparlo. ¿Qué pensarán estos personajes? Si no los ves es porque no te has molestado en buscarlos, pero son asesinos a sueldo. Simple y eficaz, sólo tienes que saber encontrarlos.

Bar. Interior. En una calle histórica y con poco movimiento. Dos hombres sentados en una mesa al lado de la ventana, tomando café.

- ¿Tú como entraste en esto?

- Necesito dinero, como todos. Pero es temporal.

- Ya, pero tú eres listo. Te llaman el lumbreras y ni siquiera se lo que significa. Seguro que tienes estudios, no me jodas. Te estás echando a perder.

- Estudiar en la universidad no te asegura ni trabajo ni dinero. Mira la zorra de mi mujer, casi analfabeta, me dejó sin un duro y ahora se estará follando a un pez gordo. Te juro que no le tengo envidia, eh. Sólo espero el día en que alguien acuda a mi con un pedido para ella.

- No creo que tenga muchos enemigos. La mayoría de la gente es normal, no como los que nos cargamos. Además, si sólo quieres cargártela, vé y hazlo. No esperes a que te lo pida nadie. Tú serás su mayor enemigo.

- No soy capaz, no sale de mí. Si no me lo ordenan no es lo mismo. Además, me gusta un poco esto, lo de matar a los chungos estos. Sé que no está bien, pero algo habrán hecho. Y te juro que cuando les meto la navaja o les ato las cadenas, me siento bien, realizado. Soy el ejecutor, no sé si me entiendes.

- Te entiendo pero no me lo explico. Matar es asqueroso, joder. Yo no puedo cargarme más de a dos al mes o así. Cada vez que veo tanta sangre se me revuelve el estómago. Todo desde aquella puta vez.

- ¿Qué pasó? Sé que algo de un maletero, ¿no?

- Sí, fue hace un año. La primera vez que nos cargábamos a uno. Entonces andábamos en rollos de drogas hasta arriba. Un gitanillo quería cargarse a uno que había dejado preñada a su novia. Nos vio que andábamos pillados de pelas y nos propuso a mi amigo y a mí hacerle el trabajillo. Como éramos nuevos no sabíamos nada.

- Esto fue cuando las dos familias se liaron a tiros en las afueras de la ciudad, ¿no?

- Eso fue después, por lo nuestro. Lo pinchamos sin más, todo fue fácil. Pero se nos olvidó la segunda parte. El coche era un mercedes blanco robado del que nos mandó hacer el trabajo. A la mañana siguiente lo devolvimos y se lo dejamos debajo de su casa, o chabola.

- Creo que ya sé lo que pasó después más o menos. ¿Cuánto lo dejasteis, dos días?

- Desde la noche pasaron tres días. Como después de matarlo estábamos nerviosos, nos pusimos de coca hasta las cejas y nos piramos de allí. A los tres días vinieron a por mí con pipas y la ostia, para matarme. Yo mentí y les dije que había sido mi amigo, y se lo cargaron. Cuando me llevaron a ver el coche, olía a la mierda más fuerte que existe. Ese olor se me ha quedado para siempre.

- ¿Y lo descubrió la parienta o la novia, no?

- La que abrió el maletero por primera vez fue la cría que tienen. Esa pava no va a ser normal, joder. Además cuando mi amigo iba pasado se le ocurrió pinchar al gitano como si fuera un pavo y le salieron todas las tripas y eso. Imagínate. La madre flipaba, era el padre de su crío.

- Jajaja

- Cuando el padre salió dicen que se partió la caja también. La cría le dijo a ver quién era y el debió soltar “jaaai, las salchichas que le gustan a tu madre”.

- Por lo menos se lo tomó con humor.

- Sí, de no ser por eso a mí también me habrían matado por el pequeño descuido. Luego lo quemamos todo y listo. Bueno, se lió la que se lió. Pero como yo no era de su puta familia, ni tan mal.

- Sí. Lo de las tripas es increíble. Yo cunado se las vi a una por primera vez, una puta de esas inmigrantes medio rusas, me recordaron a las salchichas de pollo. Era una cosa muy curiosa, me di cuenta de que somos un bicho más por la tierra, ni más ni menos. Entonces se me ocurrió que igual el cabrón del pollero, un tal Jaime, cuando era un crío y le compraba salchichas, en vez de las de pollo nos daba intestino humano.

- No creo, saldría mucho más caro.

(Risas)

- Bueno, sigue vigilando que yo me voy a meter un par de filas. Esto es lo que tiene.

- Sé rápido que como salga tenemos que pillarlo antes de que haga la entrega.

La tienda que estaban vigilando es una doble tapadera. Aparentemente podría tratarse de un comercio, sin escaparates ni estanterías, en el que se venden productos legales relacionados con el consumo de drogas de abuso. Dentro de la tienda hay una gran colección de pipas, grinders, abonos específicos para marihuana y demás artilugios. Pero obviamente la tienda no se mantiene gracias a la venta de esos aparatos sino de la venta de marihuana, derivados y alguna droga más. No distribuye droga a gran escala, simplemente vende cantidades de consumo a chavales que empiezan y que serán, si necesitan algo más de dinero, pequeños camellos con las amistades de sus institutos. Pero esa clientela no da problemas.

Además de este escaso comercio ilegal a pequeña escala, el dueño de la tienda[1] es un recadista[3] de personas mucho más peligrosas. Es ésta la segunda tapadera, detrás de esa lonja de baldas vacías y polvorientas se esconde un negocio oscuro entre los personajes más peligrosos de la ciudad. Generalmente los recados no los hacen ellos personalmente, sino que mandan a secuaces de confianza para que entreguen o recojan sus encargos. Siempre han de decir dos cosas, nombre de la persona a la que va dirigida el recado y clave que relaciona al que envía con el que recibe. Los datos del caso que nos ocupa son Chixco de nombre y albaricoque de clave. Aunque el que lo va a recoger atiende al sobrenombre Antenas.

[1] Pedro María González de Iurreta, era conocido como Pellas. No sabemos muy bien cómo entró en el mundo de la droga, pero su familia era de clase media-alta y no parece que fuera porque no tuvo otra salida, como en tantos otros casos. Aparentemente, sus padres emprendieron el proceso del divorcio cuando él aún era un niño y lo pasó muy mal. Siempre se ha dicho que los que más sufren con esto son los más pequeños. Como sus padres no le prestaban la atención que requería y seguro que por otro puñado de razones de las que analizan los psicólogos cuando un trauma sale a la luz a los treinta y tantos, empezó a consumir drogas con los chicos menos recomendables de su instituto. Sus comienzos fueron, como los de casi todos, drogas blandas de abuso. Pero pronto llegaron las más duras y a los diecisiete años era un poli toxicómano[2] de lata de cerveza barata y caliente, gorra mal puesta y jeringuilla olvidada en el brazo. Fue entonces cuando alguien desconocido, seguramente no de su entorno, le hizo reconducir un poco su vida y apartarse de ése lado tan salvaje. Lo consiguió a medias y lo cierto es que ya casi no volvió a probar las más duras, abandonó esos hábitos. A los veinte años abrió la tienda, no sabemos de dónde sacó el dinero. Probablemente, aunque nuestras investigaciones todavía no lo han podido confirmar, el dinero para alquilar la tienda y todo lo necesario se lo dejó uno de sus padres.

[2] Fue en esa etapa, la de abuso de lo primero que pillaba, la que más le marcó. Físicamente ya no iba a volver a ser el mismo, no podía levantar un párpado más de dos milímetros y tenía el movimiento del brazo izquierdo muy limitado. Sus facciones se habían marcado y sus pómulos hundido. Las encías habían empezado a retraerse dejando a la vista la raíz de los dientes. El conjunto de todas estas mutaciones daban a El Pellas un aspecto tétrico y triste. Fue en esta etapa cuando conoció a la peor gente de la ciudad y trapicheó con ellos para conseguir unos ingresos extra. Claro que lo que ellos no comprendieron es que eso iba a acabar algún día y se alegraron enormemente ante la apertura de la tienda, una tapadera [3] perfecta para sus trapicheos. Por encima del mostrador de El Pellas podían haber pasado drogas, dinero negro, armas y hasta instrucciones para sicarios. Él casi nunca sabía lo que movía y ni quería saberlo, sus negocios eran otros.

Bar. Interior. Un hombre mira por la ventana desde su mesa nervioso. En la mesa hay dos tazas vacías. Viene otro hombre y se sienta.

- Joder macho, te ha costado.

- Ya lo siento, no era mi intención. ¿Novedades?

- Nada, sigue ahí dentro. Han salido un par de críos, seguro que tiene a más gente en la tienda y no puede atenderle delante de gente normal.

- Ja, para ti los demás son normales y lo que nosotros hacemos no.

-

- Pero si es tu mundo y es lo que haces todos los días, ¿por qué no te parece normal?

- No te lo voy a explicar porque igual ni lo entenderías, pero para mí que algo sea común no hace que sea normal. ¿Te crees que con esta mierda, por temporal que sea, podemos ser felices? Pues no, joder, es imposible. Por eso no es normal.

- Sí, pues yo sí que soy feliz. Si me llega para lo mío, contento y feliz como una lombriz. ¿Pero tu habías dicho que te gustaba cargarte a estos?

- ¡Claro que me gusta! Porque son calaña, no son gente normal.

- Por cierto, ¿qué habrá hecho el pavo a por el que vamos?

- Me da igual, seguro que algo ha hecho. Me han dicho que es un tal Antenas, debe ser un chico del barrio. Ya sabes esta gente como es, basta con que le haya echado los tejos a su novia para que se la líen.

- Yo lo he visto antes y parecía un tío sano.

- ¿Sano? Lo que tú digas. Sólo se que le tenemos que pinchar, enterrar y pillar el recado que lleve.

- Sí, y no podemos abrir el paquete porque…

- Calla, ya sale. ¿Es ése? Corre.

- Dios, que no pille el coche.

19.45.

655385602

- ¿Quién?

- Jefe, somos nosotros. Tenemos el paquete.

- ¿Y él?

- Sin problemas, nos hemos deshecho.

- ¿Lo habís abierto?

- No.

- No hacerlo. Traédmelo y os pago.

- Vale, adiós.