El discurso
Por fin había llegado el ansiado día. Llevaba el último año evitando pensar que haría, cómo se despediría de todos, qué demonios tendría que decir. Esas situaciones son forzadas para todo el mundo, especialmente para alguien cómo él que poco a poco se había forjado una personalidad de hombre de hierro, impenetrable y hermético. La noche anterior se acostó muy tarde, a las dos y media de la noche, pero eso no había impedido que se levantara, como de costumbre, a las seis y media en punto de la mañana. Seguro que eso no iba a cambiar tras su jubilación, seguiría trabajando de mañana, había comprobado que eran las horas más productivas del día. Pero no quería dejar la redacción de su discurso para último momento, prefería rematarlo el día anterior por si las moscas.
Se levantó de la cama de un pequeño brinco y puso las noticias a todo volumen, como de costumbre. Desde su habitación, se oía perfectamente debajo de la ducha, solía dejar las dos puertas abiertas para facilitar el camino a las ondas. Se frotaba su rugosa piel con fuerza obteniendo la mayor cantidad de espuma posible; alguna vez, incluso, estornudando sobre su pecho no movía la espesa capa de espuma de Magno. Luego un aclarado rápido y tras pasarse la vieja toalla para captar la mayor humedad posible, se ponía su fino batín que se deslizaba sobre su cuerpo con una agradable e indescriptible sensación de frescor. Con la misma toalla frotaba por encima el espejo empañado para poder afeitarse. Aquel día era especial, y pese a no tocar, decidió que debía de cambiar la cuchilla. Después del cambio, sacó su bote de jabón de afeitar que tras frotarlo se convertiría en crema. Llenó el lavabo y procedió despacio, dándole especial importancia al bigote y la perilla. Tras afeitarse recogía todo, antes de darse con unas palmaditas la crema balsámica, sensación que le agradaba y le daba la verdadera sensación de limpieza; una ducha no sería lo mismo sin ese final.
En su habitación, hacía la cama, y se vestía metódica y ordenadamente. Siempre combinando orden de interior a exterior con orden ascendente, de abajo a arriba. Para su día especial eligió su chaqueta tweed favorita, una de colores otoñales con grandes cuadros verdes que combinaba muy bien con sus anchos pantalones de pana cobre. Camisa siempre blanca y estrecha corbata con escudo, similar a las de los universitarios de las grandes universidades privadas inglesas de hace cuarenta años. Bajaba al portal a recoger el periódico del buzón; sin duda alguna, la entrega del diario a domicilio es uno de los mejores servicios que pueden haberse inventado. No le gustaba mucho desayunar en cafeterías, básicamente porque a partir de las siete y cuarto no había ninguna en su barrio lo suficientemente tranquila como para reflexionar sobre las clases que impartiría esa mañana ni leer tranquilamente las noticias. Claro que lo de preparase las clases ya no sería un problema.
Cargó la cafetera más de lo habitual, sintió que el cuerpo le pedía una cucharada más de café costarricense de tueste natural; en consecuencia, tuvo que presionar más de lo normal la carga para que la pequeña cafetera italiana cerrara antes de ponerla al fuego. Mientras la cafetera se llenaba, de pies ante la encimera, repasó por encima de las primeras páginas de El País. No le interesaban tanto las noticias sino los artículos de opinión y reportajes científicos. Desde joven sentía pasión por las innovaciones científicas y siempre se hacía con algún libro científico que trataba de descifrar con esmero. Hecho el café, se sentó con su taza de loza blanca y roja cargada hasta arriba con una nube de leche, se puso sus grandes y negras gafas de cerca, con una montura con olor a intelectual amante del jazz y activista en pro de los derechos de las personas de raza negra en el Chicago de los cincuenta, y eligió qué artículos leer en profundidad.
Tras su escaso desayuno, había acompañado el café con dos galletas y un pequeño vaso de zumo de naranja, se sentó en su escritorio para repasar por última vez el discurso. Empezó por un párrafo de la mitad. “Os confesaré, amada audiencia, que he imaginado y no soñado este momento muchas veces. Me pasa, si me permitís la comparación, como con mi funeral. Desde joven he imaginado cómo sería mi funeral y qué gente acudiría. En un acto excesivo de imaginación he llegado a suponer hasta las causas de mi muerte, siempre trágicas, y el rostro de la gente que acudiría a mi imaginario funeral. Siempre que fantaseé con estas ideas me sorprendía a mí mismo y encontraba caras entre la audiencia que no sabía qué hacían allí. El día de hoy es parecido, para mi supone la terminación de mi actividad laboral y por tanto la muerte técnica de un ciclo de mi vida. Ciclo del que habéis sido juez y parte, alumnos y profesores, compañeros todos.” Se paró ahí, mientras resonaban en su cabeza las palabras juez y parte. Por un momento hizo el amago de sacar su estilográfica para corregir algún detalle, pero pensó que no tenía mucho sentido y decidió dejar allí la lectura del discurso hasta el momento del evento. Miró el reloj, más de y media, y guardó todos los materiales en su viejo maletín de cuero marrón, peinó sus canas con cera de peluquería, se perfumó, se puso su gabardina y su sombrero, y se dirigió al colegio.

El acto de despedida había sido organizado por el jefe de estudios y tendría lugar a las once en punto en el gimnasio, coincidiendo con la hora de recreo. Hasta entonces iba a continuar con sus clases con normalidad, creía que era su deber e incluso mandaría tarea, generalmente lecturas recomendadas de filósofos o escritores relacionados con el tema tratado. Por los pasillos todos los profesores le sonreían de manera especial, algo muy parecido a cuando a un conocido le toca la lotería, esa especie de felicidad aparente y aparentada. Excepto con los profesores más antiguos y por tanto con los que había tenido más relación, con todos los demás mantenía una relación correcta y seria; siempre había alguno que intentaba hacerle llegar su particular sentido del humor, al que le respondía con una forzada mueca que expresaba a la perfección un “Gracias, ya te llamaremos”.
Cuando entró en el gimnasio todos los profesores lo esperaban. Había también un nutrido grupo de alumnos, seguramente forzados a asistir por el profesor que había impartido la clase previa al recreo. Habían dispuesto en medio de la cancha de baloncesto un pequeño púlpito y las sillas estaban ordenadas creando filas de media circunferencia en torno a él. La gente aplaudió al profesor hasta que se situó frente a ellos, se puso sus gafas y abrió sus tres papeles con el discurso. Empezó su despedida y el gimnasio comenzó a llenarse de alumnos rezagados o inquietos y curiosos tras el barullo de los aplausos. El profesor notó, sin interrumpir su discurso, que había un par de alumnos que se mofaban ante él y repetían sus palabras en tono burlón y socarrón, pero eran rápidamente cortados por el jefe de estudios que amenazaba con expulsarles del acto.
Cuando, en un momento del discurso, expresó las similitudes entre cómo se imaginó el acto y su funeral, uno de los dos alumnos gritó en voz alta: “¡Eso, a ver si te mueres ya!”. De repente hubo un silencio; y cuando todo el mundo los miraba, el chaval de al lado no quería que su compañero se llevara todo el protagonismo y escupió una espesa flema de tabaco y chicle hacia arriba, hacia el púlpito. El escupitajo impactó en la mejilla y la parte inferior de la gafa del profesor, que acto seguido se las quitó con tranquilidad, se limpió con un pañuelo de tela blanca y dio por finalizado su acto. Estaba más entristecido que humillado. En otros tiempos habría sido capaz de discutir hasta la extenuación las razones de tal acción con el joven, pero ya no tenía fuerzas ni ilusión. Bajó, se despidió tímidamente con un único adiós y se marchó por la puerta de atrás.
De camino a casa sentía que alguien le arrastraba, tenía el camino tan interiorizado que no necesitaba pensar en nada. Cuando llegó a casa, puso a calentar agua y se puso una gran taza de té Earl Grey. Se sentó en el sillón de su salón para reflexionar sobre lo sucedido, todavía no le había dedicado ni un pensamiento. Cuando apoyó sus nalgas en el cuero, sintió un molesto pinchazo. Miró hacia abajo y asomaba la punta de su estilográfica que reclamaba su atención. Exclamó en alto:
“¡Ahora me atacas, fiel compañera!”, y se echó a reír.
Menos mal que no cambió aquel maldito párrafo.


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