La sombra de mis sombras
Una de las mayores pérdidas por casi todos ya asumida con el cambio del papel al formato digital es la posibilidad de escribir notas al margen. Mientras leo, miles de pensamientos (quiero creer) atraviesan mi cabeza; la relación que mantengan con lo que estoy leyendo en ese momento depende de mi estado de concentración. Algunas veces, de repente, un pensamiento va acompañado de un impulso incontrolable que me obliga escribir al margen del texto unas palabras, una sentencia a lo sumo. Muchas veces estos pensamientos son arbitrarios, sin aparente relación con lo que estaba leyendo; pero son tan fuertes, tan bellos en su voluntad de simplemente sugerir, tan maravillosamente abstractos que se merecen un hueco junto a las letras de la imprenta.
Siempre me he preguntado de dónde vendrá esa necesidad de apuntar cosas, ideas solas, frases sueltas en servilletas de papel o al margen de un libro. Casi siempre se nos pierden o cuando queremos sentir el impulso que nos hizo anotarlas, villano traidor, ese impulso ha desaparecido para siempre. La frase o la esquina doblada del libro quedan allí, inconexas, como suave cicatriz, marca de polvo cósmico del entusiasmo que sintieras cuando una oscura estrella fugaz atravesó tu mente. Pese a volver a leer la página, a intentar leer entre líneas y repetir la cita varias veces hasta memorizarla, pese a todo, no consigo ni un atisbo de claridad en mis ideas. Es un sentimiento de frustración, idéntico al que nos invade cuando tras despertarnos descubrimos que aquella idea que tuvimos antes de cerrar los ojos la noche anterior ha desaparecido sin dejar propina. ¿Por qué soy capaz de recordar que tuve una maldita idea y no soy capaz de retenerla? Pero, aún copiándola
cuando se te ocurre, únicamente conseguimos retener la idea sin acordarnos después de que la tuvimos, sin alma, es decir, sin recordar todo lo que hizo que de repente la tuvieramos; y también es absurdo.
Las ideas son en ese sentido como la cerveza, con el tiempo reposan y pierden la vida, el gas en este caso, la gracia que la convierte en atractiva. Parece que estemos sentenciados a la frustración.
Ayer llegaba tarde a una cita con un amigo mío y cogí rápidamente unos libros que me había pedido. Dentro de uno de ellos había un papelito, una pequeña nota, en la que ponía lo siguiente: “Me aterra pensar que soy yo mismo”. No le di demasiada importancia, tenía prisa, y continué camino al bar. Durante la conversación le dediqué diferentes pensamientos a la frase, sin que mi amigo se diera cuenta – espero.
¿Qué quería decir? No sabía a qué me refería, a cuento de qué venía esa frase. Por la letra deduje que se trataba de, por lo menos, cuatro años atrás, más o menos cuando recordé haber leído el libro; recuerdo que no fue un libro especialmente inspirador, quizás la nota acabó allí por equivocación. Era más joven y puede que fuera una frase sacada de un grupo ‘grunge’, influenciado en aquella época por esa moda; pero no, yo nunca había sido capaz de oír esa música durante más de cinco minutos, del mismo modo ahora. ¿Y si fuera una dedicatoria? Podría yo sospechar, hace cuatro años, que al coger ese libro se me caería una nota, esa dedicatoria para mí mismo, para el yo del futuro. Quizás hace cuatro años ya tuve claro que ese no era un libro que iba a releer y por eso lo elegí. No lo creo, ese tipo de planificaciones conscientes requieren de una reflexión pausada y seguro que lo recordaría.
Así que hace cuatro años me aterraba pensar que era yo mismo. Es un pensamiento bastante adolescente ¿no?, el tener que forjarte una personalidad, distanciarte de lo que hasta el momento te había servido de apoyo y ayuda, querer “ser uno mismo”… O quizás creía que era un monstruo, me había ya dado cuenta de que el ser humano es básicamente malo por definición y acababa de salir de esa crisis de creencia en nuestra raza. También se puede interpretar como miedo a la independencia, a enfrentarte a tus propias producciones, tus monstruos y sueños.
Creo que ahora no me expresaría así, pero si tuviera que escribirme una nota al futuro no se alejaría mucho de ese pensamiento. Sería un “me da miedo creer que sé quién soy”, más o menos. Lo cual refleja una especie de búsqueda constante, de incertidumbre hacia uno mismo. Es, en cierto modo, una vuelta a la tortilla anterior, el temor a buscar lo que antes temía encontrar. Es un miedo más básico, al proceso en sí en vez de a la meta. Curioso que siempre está ahí el componente del miedo, angustia. Quizás la palabra incertidumbre lo defina mejor. El gusto por la incertidumbre, el eterno adolescente, el misterio de la búsqueda.
Sea lo que sea, cuando vuelva a leer esto, tampoco sabré si lo escribí para el yo del futuro, el del presente o el yo bromista, que es atemporal y siempre me está tomando el pelo.

Siempre me he preguntado de dónde vendrá esa necesidad de apuntar cosas, ideas solas, frases sueltas en servilletas de papel o al margen de un libro. Casi siempre se nos pierden o cuando queremos sentir el impulso que nos hizo anotarlas, villano traidor, ese impulso ha desaparecido para siempre. La frase o la esquina doblada del libro quedan allí, inconexas, como suave cicatriz, marca de polvo cósmico del entusiasmo que sintieras cuando una oscura estrella fugaz atravesó tu mente. Pese a volver a leer la página, a intentar leer entre líneas y repetir la cita varias veces hasta memorizarla, pese a todo, no consigo ni un atisbo de claridad en mis ideas. Es un sentimiento de frustración, idéntico al que nos invade cuando tras despertarnos descubrimos que aquella idea que tuvimos antes de cerrar los ojos la noche anterior ha desaparecido sin dejar propina. ¿Por qué soy capaz de recordar que tuve una maldita idea y no soy capaz de retenerla? Pero, aún copiándola
cuando se te ocurre, únicamente conseguimos retener la idea sin acordarnos después de que la tuvimos, sin alma, es decir, sin recordar todo lo que hizo que de repente la tuvieramos; y también es absurdo.Las ideas son en ese sentido como la cerveza, con el tiempo reposan y pierden la vida, el gas en este caso, la gracia que la convierte en atractiva. Parece que estemos sentenciados a la frustración.
Ayer llegaba tarde a una cita con un amigo mío y cogí rápidamente unos libros que me había pedido. Dentro de uno de ellos había un papelito, una pequeña nota, en la que ponía lo siguiente: “Me aterra pensar que soy yo mismo”. No le di demasiada importancia, tenía prisa, y continué camino al bar. Durante la conversación le dediqué diferentes pensamientos a la frase, sin que mi amigo se diera cuenta – espero.
¿Qué quería decir? No sabía a qué me refería, a cuento de qué venía esa frase. Por la letra deduje que se trataba de, por lo menos, cuatro años atrás, más o menos cuando recordé haber leído el libro; recuerdo que no fue un libro especialmente inspirador, quizás la nota acabó allí por equivocación. Era más joven y puede que fuera una frase sacada de un grupo ‘grunge’, influenciado en aquella época por esa moda; pero no, yo nunca había sido capaz de oír esa música durante más de cinco minutos, del mismo modo ahora. ¿Y si fuera una dedicatoria? Podría yo sospechar, hace cuatro años, que al coger ese libro se me caería una nota, esa dedicatoria para mí mismo, para el yo del futuro. Quizás hace cuatro años ya tuve claro que ese no era un libro que iba a releer y por eso lo elegí. No lo creo, ese tipo de planificaciones conscientes requieren de una reflexión pausada y seguro que lo recordaría.
Así que hace cuatro años me aterraba pensar que era yo mismo. Es un pensamiento bastante adolescente ¿no?, el tener que forjarte una personalidad, distanciarte de lo que hasta el momento te había servido de apoyo y ayuda, querer “ser uno mismo”… O quizás creía que era un monstruo, me había ya dado cuenta de que el ser humano es básicamente malo por definición y acababa de salir de esa crisis de creencia en nuestra raza. También se puede interpretar como miedo a la independencia, a enfrentarte a tus propias producciones, tus monstruos y sueños.
Creo que ahora no me expresaría así, pero si tuviera que escribirme una nota al futuro no se alejaría mucho de ese pensamiento. Sería un “me da miedo creer que sé quién soy”, más o menos. Lo cual refleja una especie de búsqueda constante, de incertidumbre hacia uno mismo. Es, en cierto modo, una vuelta a la tortilla anterior, el temor a buscar lo que antes temía encontrar. Es un miedo más básico, al proceso en sí en vez de a la meta. Curioso que siempre está ahí el componente del miedo, angustia. Quizás la palabra incertidumbre lo defina mejor. El gusto por la incertidumbre, el eterno adolescente, el misterio de la búsqueda.
Sea lo que sea, cuando vuelva a leer esto, tampoco sabré si lo escribí para el yo del futuro, el del presente o el yo bromista, que es atemporal y siempre me está tomando el pelo.


3 comentarios:
vaya jugo que les has sacado a un despiste (una nota olvidada)!!
seguro que hubieras salido de dudas preguntándoles a tu amigo... o no?
voto pa ti! nos leemos ;)
Yo también te voto.
¿Por qué no querías que lo supiese tu amigo?.
Me quedo ansioso tratando de saberlo
Uf... mis mayores paranoias surgen de una frase, de una palabra, de un recuerdo olvidado evocado por una palabra. Entonces lo vuelves a pensar, y te viene a la cabeza una idea que no resulta muy racional a primera vista, pero que parece demasiado reveladora como para dejarla escapar.
Puede que estés con gente a la que la idea le parezca divertida y completamente loca, en cuyo caso terminará en un agradable momento de risa compartida. O puede que estés con alguien que lo haya vivido las suficientes veces como para tomarte en serio y añadir valor al hilo del que tú has empezado a tirar, y del que seguiréis tirando todo el tiempo del que dispongáis.
Me gustan estos últimos, pero también me gusta que ocurran poco.
El día que creamos saber quiénes somos y cuál es nuestra función... morirá el ser humano tal y como lo conocemos.
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