Últimas palabras
Nada volvió a ser igual desde que su hermana le confesó con rotunda frialdad lo que opinaba de él y de su vida. En aquellos momentos no sabía cuantas veces se iba a arrepentir y desearía volver atrás en el tiempo para no decirle eso. Las palabras le rondaban por la cabeza sin parar, monótonas e inalterables. Nadie sabría porqué lo hizo, seguramente supondrían que la soledad puede desequilibrar a cualquiera, es capaz de apagar todas las luces y dejar el alma a oscuras consigo misma. Todos dirían que el peor enemigo de cada uno es uno mismo y que él no había sido capaz de enfrentarse a su casa vacía. Pero él sospechaba y su hermana sabía que fueron sus palabras el desencadenante, las hirientes combinaciones de palabros lo habían llevado hasta allí, desnudo y tumbado en la bañera con el machete en la mano.

Su rutina empezaba a las doce de la mañana, cuando se levantaba con la boca negra y reseca, a veces en el sofá, a veces en la cama, pero casi siempre medio desvestido sobre el suelo de su cuarto. La cama no volvió a ser digna de su descanso desde que su mujer la hiciera por última vez, antes de desempolvar su maleta y marcharse al pueblo con su familia. La habitación era el único sitio de la casa que no parecía haber sido destrozado por los delincuentes más violentos del barrio, intentaba mantener el recuerdo de la que la ordenaba dos años antes. Se levantaba e intentaba ponerse lo más erecto posible, algo que era cada vez más difícil ya que su espalda estaba fuertemente dolorida. El espejo enfrente del cual con su húmedo y grasiento peine echaba las eléctricas canas hacia atrás había sido testigo de su metamorfosis y le devolvía cada día la imagen de un gran insecto, famélico, con sus pómulos amarmolados cada vez más marcados y sus ojos amarillos, con dos profundos puntos negros en medio. Su gran cabeza la sujetaba un esqueleto cubierto por una intensa capa de pelo gris que otorgaba un inexistente volumen a su tronco, sus brazos parecían colgar hasta el suelo, eran casi adornos inmóviles.
Se vestía toda la semanas con la misma ropa y llevaba la barba de un mes. Sus zapatillas mostraban por los agujeros exteriores el calcetín azul, llevaban destrozadas meses pero ese no era un problema mientras valieran para aislar sus pies del suelo. Los trayectos que recorría eran muy cortos, nunca se alejaba más allá del cuarto bar de su calle. Los vecinos y los camareros le tenían mucho cariño, “¡pobre diablo!” era la expresión más común tras irse, lentamente, de las tabernas que ejercían de familia para él. Siempre vino, nunca licores, ni cerveza, ni café; siempre un vaso de vino tras otro hasta que el dueño de la tasca se negaba a servirle por pena. Podía pasar días sin comer, no era problema para él y su cuerpo se había acostumbrado malamente a no recibir alimentos. De vez en cuando su hermana le dejaba un emparerado en el buzón, pero no tenía costumbre de comprobar la correspondencia y cuando lo recogía ya estaba cubierto por una blanquecina película de moho, podrido, como él.
“Tu vida ya no vale para nada. Mírate, la gente gira la cabeza al pasar a tu lado. Nos avergüenzas.” No podía pasar de pensar en las palabras, empezaba a olvidar lo fría que estaba la loza de la bañera, y eso su pulso era cada vez más irregular a causa del frío. Ese momento acalorado e incontrolable con su hermana dos meses atrás le otorgó su particular epitafio, frases que no paraba de repetir y reinventar, dándole cada vez un matiz un poco más monstruoso que a la repetición anterior. Los dientes inferiores botaban contra su paladar, podrían romperse en mil pedazos en cualquier momento. Pero ya no se podía echar atrás, había llegado hasta ahí sólo y él lo terminaría. Era la única salida y esa puerta la tenía que abrir él. Cogió el machete temblando y lo hundió en su muñeca izquierda suavemente hasta la mitad del antebrazo. No sintió nada, fue como soltarse las esposas de la vida. Poco a poco fue dejando de temblar y la sangre fluía por su cintura y sus piernas dulcemente. Le proporcionaba un último baño templado y viscoso, cada vez le costaba más parpadear. Hasta que, relajado, decidió no abrir más los ojos y disfrutar de ése segundo.
Fue encontrado tres meses después en lo que los del telediario llamaron “avanzado estado de descomposición”. Los que le conocíamos sabíamos que llevaba muchos meses descompuesto.


Su rutina empezaba a las doce de la mañana, cuando se levantaba con la boca negra y reseca, a veces en el sofá, a veces en la cama, pero casi siempre medio desvestido sobre el suelo de su cuarto. La cama no volvió a ser digna de su descanso desde que su mujer la hiciera por última vez, antes de desempolvar su maleta y marcharse al pueblo con su familia. La habitación era el único sitio de la casa que no parecía haber sido destrozado por los delincuentes más violentos del barrio, intentaba mantener el recuerdo de la que la ordenaba dos años antes. Se levantaba e intentaba ponerse lo más erecto posible, algo que era cada vez más difícil ya que su espalda estaba fuertemente dolorida. El espejo enfrente del cual con su húmedo y grasiento peine echaba las eléctricas canas hacia atrás había sido testigo de su metamorfosis y le devolvía cada día la imagen de un gran insecto, famélico, con sus pómulos amarmolados cada vez más marcados y sus ojos amarillos, con dos profundos puntos negros en medio. Su gran cabeza la sujetaba un esqueleto cubierto por una intensa capa de pelo gris que otorgaba un inexistente volumen a su tronco, sus brazos parecían colgar hasta el suelo, eran casi adornos inmóviles.
Se vestía toda la semanas con la misma ropa y llevaba la barba de un mes. Sus zapatillas mostraban por los agujeros exteriores el calcetín azul, llevaban destrozadas meses pero ese no era un problema mientras valieran para aislar sus pies del suelo. Los trayectos que recorría eran muy cortos, nunca se alejaba más allá del cuarto bar de su calle. Los vecinos y los camareros le tenían mucho cariño, “¡pobre diablo!” era la expresión más común tras irse, lentamente, de las tabernas que ejercían de familia para él. Siempre vino, nunca licores, ni cerveza, ni café; siempre un vaso de vino tras otro hasta que el dueño de la tasca se negaba a servirle por pena. Podía pasar días sin comer, no era problema para él y su cuerpo se había acostumbrado malamente a no recibir alimentos. De vez en cuando su hermana le dejaba un emparerado en el buzón, pero no tenía costumbre de comprobar la correspondencia y cuando lo recogía ya estaba cubierto por una blanquecina película de moho, podrido, como él.
“Tu vida ya no vale para nada. Mírate, la gente gira la cabeza al pasar a tu lado. Nos avergüenzas.” No podía pasar de pensar en las palabras, empezaba a olvidar lo fría que estaba la loza de la bañera, y eso su pulso era cada vez más irregular a causa del frío. Ese momento acalorado e incontrolable con su hermana dos meses atrás le otorgó su particular epitafio, frases que no paraba de repetir y reinventar, dándole cada vez un matiz un poco más monstruoso que a la repetición anterior. Los dientes inferiores botaban contra su paladar, podrían romperse en mil pedazos en cualquier momento. Pero ya no se podía echar atrás, había llegado hasta ahí sólo y él lo terminaría. Era la única salida y esa puerta la tenía que abrir él. Cogió el machete temblando y lo hundió en su muñeca izquierda suavemente hasta la mitad del antebrazo. No sintió nada, fue como soltarse las esposas de la vida. Poco a poco fue dejando de temblar y la sangre fluía por su cintura y sus piernas dulcemente. Le proporcionaba un último baño templado y viscoso, cada vez le costaba más parpadear. Hasta que, relajado, decidió no abrir más los ojos y disfrutar de ése segundo.
Fue encontrado tres meses después en lo que los del telediario llamaron “avanzado estado de descomposición”. Los que le conocíamos sabíamos que llevaba muchos meses descompuesto.


1 comentarios:
I just can’t get my head around what’s wrong with the idea of suicide. It seems to me to be a dignified way to take your life into your own hands. It is, after all, your life. Whatever else it is, it’s a full stop to any problem that has no solution.
Now, I wasn’t talking there about calls for help, there’s got to be some help out there somewhere, but I can’t agree with your final conclusion.
Put yourself into the position of the person in the bar. What does he or she need? From his, or her point of view, the last thing they need is a slap on the back, a superficial joke or a pearl of Coelhoesque wisdom as an image of happiness swings out of the bar to continue having a great time with friends, leaving the victim of this assault of cheerfulness sinking into an ever deeper isolation, hating the wine tinted reflection even more.
What you’re up to, Mr Smiley person, though you don’t know it, is increasing the chances of a sticky end, digging the grave just that little bit deeper, chipping away at the final date on the tombstone,- “TERMINAL LOSER, 1981-200-”
Think, are you really prepared to make a real friend of these people, include them in your group of friends, adopt them? Kiss and hug them? Do you want them in your car? Eating at your table? Sticking their tongues in your ear? In your bed? Do you want to be laundering their underwear? If the answer is yes, then you really are prepared to offer part of a solution. Congratulations, you’re a saintly figure, you’re a better human type person than I am!
If you’re not quite that committed, then, as William S. Burroughs said, while giving some “Words of Advice for Young People”,-
“Avoid fuckups, fools I call them, you all know the type! Anything they have anything to do with, no matter how good it sounds, turns into a disaster. Trouble for themselves and everyone connected with them. A fool is bad news and it rubs off! Don’t let it rub off on you!!”
“Do not offer sympathy to the mentally ill, it is a bottomless pit.
Tell them firmly, “I am not paid to listen to this drivel! You are a terminal fool!”
Otherwise they’ll make you as crazy as they are!”
YOU JUST GOTTA LAUGH!!
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