Billete de ida y revuelta
Cuando la distancia es un impedimento insustituible y hemos de hacer que nuestras moléculas convivan con las de otra ciudad diferente a las que las tenemos acostumbradas, echamos mano del autobús. Odio viajar en autobús, supone simplemente una enfermedad con turno de mañana que empieza a las seis y media y te hace enfermar hasta que lo abandonas a las dos de la tarde, de vuelta en tu urbe, con tu gente. Tengo posibilidad de utilizar el coche, nadie me lo impide, pero eso supone contaminar y gastar mucho más dinero. Sería un gasto que tendría que pagar en primera instancia y directamente yo, y por supuesto la naturaleza. Seguramente baso mi elección en el problema microeconómico en vez de en la conciencia verdosa, pero ambas son buenas y sendas razones para tomar la guagua.
Recuerdo cuando, hace un par de años, todos me repetían con afán de hacerme cambiar de premonitoria opinión que mi capacidad de adaptabilidad al medio de transporte se sobrepondría sobre los problemas que a priori me iba a causar. Efectivamente, yo estaba en lo cierto y tras cientos de viajes no me he acostumbrado ni siquiera una pizca. Todas las mañanas me levanto con desgana y me apresuro a la improvisada parada, con la misma gente, cuando todavía no somos capaces ni de articular unos buenos días, parece que la capacidad de habla empieza a las siete de la mañana, a esas horas nuestras lenguas encuentran en el paladar fiel compañía y forman una inseparable unión. Subir al autobús, mostrar la horrible tarjeta de estudiante, guardarla apresuradamente en el pantalón y buscar un sitio libre, a poder ser con el asiento contiguo en las mismas condiciones.
Lo que tendría que ser sentarse es, a esas horas, dejar caer arrobas de carne muerta sobre el imperfecto asiento y su tullido respaldo. Si dormir supone, al menos para mi, un acto imposible cuando la cafeína de mi primera dosis recién ingerida empieza a hacer efecto, descansar no lo es menos. Mi ipod es mi compañero, mi amigo, mi confidente. Le confieso mi estado de ánimo seleccionando un disco u otro, ante la aparente libertad que la precarga del aparato te otorga en ese momento. Descubres matices en canciones que generalmente se te escapan y que sin duda serás incapaz de recordar. Crees encontrar en letras de inglés incoherentes y castizas palabras en castellano y tratas de bordarlas en tu memoria, pero ni siquiera eres capaz de enhebrar la aguja, quizás no tenga agujero.

El paisaje del trayecto, inalterable, es el generador y el receptor de desvaríos mentales dignos de ser sepultados en el más latente silencio. Los restos de un accidente en la calzada suponen una alteración de la rutina digna de ser observada y alabada discretamente, esperando lo mejor para sus ocupantes. Seguro que más de uno se da cuanta al mirar por la venta la relatividad de la velocidad, lo rápido que parece pasar la carretera tras el autobús con un color gris apagado y uniforme, cómo los arbustos que crecen inocentemente más alejados parecen pasar más lentos y la casi inalterabilidad de las lejanas montañas, tres velocidades diferentes que unidas crean un repetitivo paisaje. Acontecimientos como la niebla hacen las delicias y el disfrute de los insomnes, las luces de los coches viniendo y agrandándose paulatinamente hasta que nos olvidan; o la lluvia, pómulos contra la ventana y creaciones circulares de vaho, mientras se observan las eléctricas carreras de las gotas de agua, deporte nacional de los desvelados en días de precipitación.
El trayecto de vuelta a casa supone más de lo mismo pero al revés, por increíble que parezca. Eso sí, en esos momentos el cansancio hace mella en mi cuerpo y puedo dormir, que tampoco descansar, hasta que la primera frenada antes del primer semáforo indica la proximidad de la entrada a la ciudad. Todo envuelto en una rutina de la que no nos podemos separar, a la que no me hago y que me repugna. En estos casos en los que no hay otra escapatoria, hemos de acostumbrarnos ya que “no te queda otra” o “qué le vas a hacer”. Claro que la aceptación de una evidencia inalterable no implica que no disfrutes hablando sin consideración ni reparo en contra de ella, y quién sabe, quizás sea psicológicamente recomendable tal actividad a modo de descarga mental. Os hago, queridos lectores, partícipes de mi terapia.

Recuerdo cuando, hace un par de años, todos me repetían con afán de hacerme cambiar de premonitoria opinión que mi capacidad de adaptabilidad al medio de transporte se sobrepondría sobre los problemas que a priori me iba a causar. Efectivamente, yo estaba en lo cierto y tras cientos de viajes no me he acostumbrado ni siquiera una pizca. Todas las mañanas me levanto con desgana y me apresuro a la improvisada parada, con la misma gente, cuando todavía no somos capaces ni de articular unos buenos días, parece que la capacidad de habla empieza a las siete de la mañana, a esas horas nuestras lenguas encuentran en el paladar fiel compañía y forman una inseparable unión. Subir al autobús, mostrar la horrible tarjeta de estudiante, guardarla apresuradamente en el pantalón y buscar un sitio libre, a poder ser con el asiento contiguo en las mismas condiciones.
Lo que tendría que ser sentarse es, a esas horas, dejar caer arrobas de carne muerta sobre el imperfecto asiento y su tullido respaldo. Si dormir supone, al menos para mi, un acto imposible cuando la cafeína de mi primera dosis recién ingerida empieza a hacer efecto, descansar no lo es menos. Mi ipod es mi compañero, mi amigo, mi confidente. Le confieso mi estado de ánimo seleccionando un disco u otro, ante la aparente libertad que la precarga del aparato te otorga en ese momento. Descubres matices en canciones que generalmente se te escapan y que sin duda serás incapaz de recordar. Crees encontrar en letras de inglés incoherentes y castizas palabras en castellano y tratas de bordarlas en tu memoria, pero ni siquiera eres capaz de enhebrar la aguja, quizás no tenga agujero.

El paisaje del trayecto, inalterable, es el generador y el receptor de desvaríos mentales dignos de ser sepultados en el más latente silencio. Los restos de un accidente en la calzada suponen una alteración de la rutina digna de ser observada y alabada discretamente, esperando lo mejor para sus ocupantes. Seguro que más de uno se da cuanta al mirar por la venta la relatividad de la velocidad, lo rápido que parece pasar la carretera tras el autobús con un color gris apagado y uniforme, cómo los arbustos que crecen inocentemente más alejados parecen pasar más lentos y la casi inalterabilidad de las lejanas montañas, tres velocidades diferentes que unidas crean un repetitivo paisaje. Acontecimientos como la niebla hacen las delicias y el disfrute de los insomnes, las luces de los coches viniendo y agrandándose paulatinamente hasta que nos olvidan; o la lluvia, pómulos contra la ventana y creaciones circulares de vaho, mientras se observan las eléctricas carreras de las gotas de agua, deporte nacional de los desvelados en días de precipitación.
El trayecto de vuelta a casa supone más de lo mismo pero al revés, por increíble que parezca. Eso sí, en esos momentos el cansancio hace mella en mi cuerpo y puedo dormir, que tampoco descansar, hasta que la primera frenada antes del primer semáforo indica la proximidad de la entrada a la ciudad. Todo envuelto en una rutina de la que no nos podemos separar, a la que no me hago y que me repugna. En estos casos en los que no hay otra escapatoria, hemos de acostumbrarnos ya que “no te queda otra” o “qué le vas a hacer”. Claro que la aceptación de una evidencia inalterable no implica que no disfrutes hablando sin consideración ni reparo en contra de ella, y quién sabe, quizás sea psicológicamente recomendable tal actividad a modo de descarga mental. Os hago, queridos lectores, partícipes de mi terapia.


5 comentarios:
yo tras dos años sigo siendo incapaz de dormir en las idas, aunque otra cosa es a la vuelta, donde alguna vezya me he quedado sobado, pero nunca más de 20 minutos, ya que siempre, o se te cae la cabeza o te pegan un frenazo o alguna puta zorra pega un grito o risotada.
en mi parada eso de no hablar a las 6 de la mañana no lo conocen, y varios días ya me han estado jodiendo bastante el despertar. por no hablar de lo que pasa a la vuelta...
Pues la verdad hasta Siberia no sé cuantos buses hay desde Bilbo pero creo que teneís bastantes, además creo que no se tarda demasiado, desde Bilbo hasta Irún tardas cómo 1:50-2:10 depende de la suerte.
Eso si supongo que hay diferencia entre cogerlo todos los dias o cogerlo todos los viernes y domingos.
Siempre podrias dejar los trabajos sin hacer y hacerlos en el bús. El iPod esta bien para el bús. Siempre puedes echar mano de un libro. Siempre puedes hablar con el que esta al lado... Siempre puedes.
eso de hacer trabajos en el bus es un autoengaño xD
es otra de las cosas que no he sido capaz de hacer.
por otro lado, lo de hablar, hay gente que no entiende ese concepto, o que quiere generalizarlo hasta el extremo de comunicarse con todo el autobús, como bien sabe piru, que en el último viaje (el del día de TP) acabó despidiéndose de sus nuevos amigos.
esos mismos (creo) me contaron (al volumen que hablan di por hecho que me lo estaban diciendo a mí) entre otras cosas, que un amigo suyo se fue con una de 36 años (ellos tendrían 30 creo) una noche de hotel que pagó la tía y que "le enseñó unas cosas..." en fin, no es decir que hay un profesor cabrón, o incluso que los que peor te caen de la clase están en ese autobús, es hablar de sexo tántrico y retroeyaculación. nose, no me parece un tema para romper el hielo.
Ostia mira que soys frikis.
Salir a la calle a divertiros o ¿es que no teneis amigos?????
Para que queremos tanta tecnologia si la gente cmo vosotros se refugia en ella.
¡Qué a gusto se vive en el anonimato! Hasta puedo decir palabrotas sin que mi mamá me riña e insultar por doquier. Por cierto, debajo del título pone bien claro, libre de abandonar. Puede que hasta sea recomendable en algunos casos, en vez de refugiarse en reflexiones ajenas, ¡que para eso no está la tecnología!
Me parece que no soy yo el que lee tu blog, ¿verdad?
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