La piedra de Saturno
Señor, he pecado y todo ha sido por mi culpa, mi culpa, mi gran culpa.
La semana pasada no os pude escribir, queridas lectoras, porque me encontraba en esa crítica situación que los estudiantes nos encargamos de dramatizar sobreactuando haciéndoles pensar al resto de los mortales que nuestra vida depende de ello. Lo cierto es que como estudiantes es lo único que se nos exige, por lo menos, aprobar. Seguro que también nuestra madre se encarga de exigirnos como hijos, nuestro perro como dueños y los semáforos como cívicos ciudadanos. El eterno toma y daca, derechos y obligaciones. Pues, que sepáis amigas, que yo disfruto con los exámenes. Me explico.
Son fechas en las que puedo trabajar a la noche, escribir sin temor hasta altas e inconfesables horas, pudiendo al día siguiente dormir hasta las diez de la mañana y utilizar todo el tiempo que me plazca para despejarme como Dios manda. Siento, en cierto modo, que puedo distribuir, alargar o acortar el tiempo a mi manera, como Cronos en sus mejores momentos. - Caramba, del monoteísmo al politeísmo en dos oraciones- . Y os preguntaréis, con razón, por qué he tenido tan desatendida mi publicación virtual. Un sentimiento de culpa se apodera de mi cada vez que quiero realizar una actividad diametralmente diferente a la que a un buen estudiante se le supone, y siendo consciente mientras intento llevar a cabo la empresa de dudosa validez para mis estudios de que debería estar hincando los codos, no consigo llevar a buen puerto mi distracción. Y, por supuesto y como suponéis, tampoco estudio, con lo que consigo sentirme irremediablemente inútil pero felizmente unido a la más profunda vagancia.
Pero todo eso pasó, el viernes se lo quedó. Y fue terminar la semana, agotadito de verdad, y meterme en otro jaleo de no despreciable envergadura: el concierto de los números uno de los cuarenta principales. Me ilusionó que me invitaran y el hecho de acudir a un concierto tras una sequía acústica de unos meses. Pequé, lo admito, sé que habrá puristas y exclusivistas que me tachen de chaquetero, pseudo-rockero y etcétera. Pero el espectáculo fue digno de ver, los fuegos de artificio interesantes y los artistas, en general, se comportaron. Todo eso no hizo que me sintiera un poco descolocado en situaciones adversas, cómo cuando animaban al unísono a la selección española de fútbol con uno insoportable y contagioso berreo. En ciertos momentos odié a todos los allí presentes cuando discutí con un personajillo de poca monta que me increpaba que le estaba pisando la mochila, os juro que antes de la queja involuntariamente, que él tan hábilmente había dejado en el suelo.
Llegados a este punto os diré que me voy una semana a Roses en Girona a disfrutar de unas jornadas encargado de un equipo de baloncesto que, por circunstancias, dirigiré durante el torneo celebrado en territorio catalán. Dado que es muy probable que no toque una tecla en ese período, os publico tras este artículo una pequeña introducción del relato que empecé a escribir durante los exámenes y que espero terminar en mi retorno. ¿En serio os habíais creído que no había escrito nada esta semana pasada? Racionáoslo y que aproveche.

La semana pasada no os pude escribir, queridas lectoras, porque me encontraba en esa crítica situación que los estudiantes nos encargamos de dramatizar sobreactuando haciéndoles pensar al resto de los mortales que nuestra vida depende de ello. Lo cierto es que como estudiantes es lo único que se nos exige, por lo menos, aprobar. Seguro que también nuestra madre se encarga de exigirnos como hijos, nuestro perro como dueños y los semáforos como cívicos ciudadanos. El eterno toma y daca, derechos y obligaciones. Pues, que sepáis amigas, que yo disfruto con los exámenes. Me explico.
Son fechas en las que puedo trabajar a la noche, escribir sin temor hasta altas e inconfesables horas, pudiendo al día siguiente dormir hasta las diez de la mañana y utilizar todo el tiempo que me plazca para despejarme como Dios manda. Siento, en cierto modo, que puedo distribuir, alargar o acortar el tiempo a mi manera, como Cronos en sus mejores momentos. - Caramba, del monoteísmo al politeísmo en dos oraciones- . Y os preguntaréis, con razón, por qué he tenido tan desatendida mi publicación virtual. Un sentimiento de culpa se apodera de mi cada vez que quiero realizar una actividad diametralmente diferente a la que a un buen estudiante se le supone, y siendo consciente mientras intento llevar a cabo la empresa de dudosa validez para mis estudios de que debería estar hincando los codos, no consigo llevar a buen puerto mi distracción. Y, por supuesto y como suponéis, tampoco estudio, con lo que consigo sentirme irremediablemente inútil pero felizmente unido a la más profunda vagancia.
Pero todo eso pasó, el viernes se lo quedó. Y fue terminar la semana, agotadito de verdad, y meterme en otro jaleo de no despreciable envergadura: el concierto de los números uno de los cuarenta principales. Me ilusionó que me invitaran y el hecho de acudir a un concierto tras una sequía acústica de unos meses. Pequé, lo admito, sé que habrá puristas y exclusivistas que me tachen de chaquetero, pseudo-rockero y etcétera. Pero el espectáculo fue digno de ver, los fuegos de artificio interesantes y los artistas, en general, se comportaron. Todo eso no hizo que me sintiera un poco descolocado en situaciones adversas, cómo cuando animaban al unísono a la selección española de fútbol con uno insoportable y contagioso berreo. En ciertos momentos odié a todos los allí presentes cuando discutí con un personajillo de poca monta que me increpaba que le estaba pisando la mochila, os juro que antes de la queja involuntariamente, que él tan hábilmente había dejado en el suelo. ¡Pisa, con doj cojone!Y me quedé perplejo ante situaciones nunca vistas en conciertos al aire libre, como pedir por favor y reiteradamente has que te movías que dejaras un hueco para pasar o gilipolleces del estilo. No deben conocer unas maravillosas articulaciones de las que disponemos entre las muñecas y los hombros, y que la evolución nos ha dado, tan útiles en ese tipo de situaciones, para abrirnos camino.- ¡Y finalmente el ateísmo!-.
Llegados a este punto os diré que me voy una semana a Roses en Girona a disfrutar de unas jornadas encargado de un equipo de baloncesto que, por circunstancias, dirigiré durante el torneo celebrado en territorio catalán. Dado que es muy probable que no toque una tecla en ese período, os publico tras este artículo una pequeña introducción del relato que empecé a escribir durante los exámenes y que espero terminar en mi retorno. ¿En serio os habíais creído que no había escrito nada esta semana pasada? Racionáoslo y que aproveche.


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