Más caga un buey que cien golondrinas

Espacio para la reflexión sobre los aspectos que me llaman la atención y para mis escritos. Gracias por entrar, libre de abandonar.

Summertime 1

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El coleccionista de susurros

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En las noches de los muertos es el frío el que te hace sentir vivo. Días martes, lunes, jueves, son días muertos que mueren dos veces, con sus dos crepúsculos. A las noches nadie se mira a los ojos; no es por miedo, ni por respeto, es solamente que por las noches los ojos no son curiosos. Nadie quiere ver nada nuevo, siguen cabizbajos los caminos de vuelta a sus respectivas casas, mirando ese camino invisible que marcan los adoquines rotos. Cíclicamente, todas las noches, los mismos adoquines rotos son pisados por los mismos decadentes personajes de vuelta a casa, o que huyen de ella. Un día fueron héroes que colgaron la capa y el antifaz para convertirse en seguidores de otros héroes, una nueva generación de héroes que les hace pensar que cualquier tiempo pasado fue, simplemente, anterior. Anterior a su declive, cuando no necesitaban el frío para sentirse vivos y sus ojos no se cerraban, cansados, en un plano demasiado picado como para descubrir de quién serán los pies que pisan sus adoquines rotos.

Con una cámara de infrarrojos, de esas caras de las películas americanas, puesta en lo alto, a la noche todo es azul, oscuro. Y un punto rojo, naranja, blanco se mueve y se muestra irregularmente trazado, desprende calor. Él aún no es otro héroe caído, cabizbajo y taciturno. Él todavía es un héroe en pie, con máscara colorida y espeso antifaz que mira de cintura para arriba. Escondido, tras la sombra compañera de la farola de diseño medieval, observa la escena muerta. De vez en cuando, un coche atraviesa el plano para demostrarle que no es una fotografía lo que está mirando.
La carretera es estrecha y no hay ningún coche aparcado en los lados. A ambas orillas, dos aceras, estrechas también, protegen y separan las casas de cuatro pisos y terrazas que soportan el frío con la entereza de la arquitectura nórdica. Protegen, con su consistente malla de ladrillos humildes, a familias enteras dormilonas que sueñan con pavorosos monstruos de carne podrida o con poseer el cupón ganador del sorteo de lotería y un chalet en la sierra o con la actriz protagonista de la película de la tele tumbada desnuda a su lado. Pero el punto rojo, naranja, blanco permanece bien despierto observando, quizás a la vez soñando más que los de unos metros por encima, pero seguro que cada vez más blanco, más irregular en su trazo y forma.

La observada, ajena a la expectación que crea cuando se agacha para recuperar el trapo del agua gris y opaca, mueve vistosamente el palo de la fregona cambiando el color del suelo tras el paso de las fibras por la superficie. El uniforme, un pijama verde botella y apagado, da fe de su profesionalidad. Una noche, ocho horas, seis suelos: sus números son extraordinarios. Por supuesto, esos números no se los ha inventado. El punto rojo, naranja y cada vez más blanco es muy detallista y calcula todos sus números. Ni siquiera ella, la observada, es consciente de las veces que escurre la fregona o se recoge la coleta cada noche; esos detalles, dignos de coleccionista minucioso, son los que le hacen al héroe levantar la vista al horizonte nocturno, azul oscuro.

Esa noche podrá añadir otro susurro a su colección, todavía no tiene ninguno verde botella. La espera es más larga de lo previsto así que decide encenderse un cigarrillo que por momentos supera el color de su piel tras el filtro infrarrojo. Dos coches cruzan la escena mientras tanto, nada más sucede. Las luces de dentro se apagan y atrapan desprevenido al coleccionista; no le gustan los sobresaltos y apaga inmediatamente la colilla contra los adoquines rotos. La limpiadora ha detectado algo extraño, un pequeño chispazo y un movimiento en la penumbra; no es capaz de discernir figura exacta alguna, pero alguien hay, claro. Hola, pregunta, y nadie responde. Si el coleccionista responde, perderá su colección, ya no habrá susurro. No se sabe su nombre. El verde botella no es tan pálido a la luz de la farola. Nota que tiembla, frío y vida a la vez. Pero pronto no tendrá más frío, se fundirá en azul.

En las noches que nadie mira a nadie, el contacto visual entre dos es extraño y perezoso. Pero la limpiadora, profesional y cada vez más observada, no es capaz de parar de intentarlo, no para de buscar dos ojos que bloqueen los suyos. La fuente de sus temores es a la vez la única manera que encuentra de apaciguarlos, veneno y antídoto a la vez. Se apresura a bajar las persianas exteriores lo más rápido que puede. Afortunadamente nada pasa, no había nadie, alguna luciérnaga traviesa o simplemente un miedo, como casi todos, irracional. Le quedan dos suelos por limpiar y se dirige a la siguiente tienda. Dos calles de casas de cuatro pisos, terrazas y familias dormilonas más allá, en la siguiente tienda, le espera el coleccionista de susurros.
Le pedirá que diga su nombre, que lo repita lo más alto que pueda, mientras le quita el pijama con torpe violencia y le ata el cinturón de cuero a su fornido cuello.
Pero, antes de llegar, levanta la vista perdiendo del plano las baldosas rotas, ya no hay adoquines. Ya no ve las colillas pisadas. Hace que el blanco, amarillo, rojo sea azul, oscuro, y quede una efímera estela que se deshace por segundos.
La noche es tiempo de héroes y coleccionistas.



Soy tu puta farsa

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Javier, de niño, no se portaba bien con los demás niños. Hacía todas las actividades a las que le apuntaba su madre o recomendaba en la escuela y acudía a todas, obligado. Pero había una que realmente le encantaba y disfrutaba: la catequesis. Todo era parte de un Gran Juego, un divertido juego. Cuando tenía que confesarse y contar todas las cosas que había hecho mal, abría las ventanas de su mente y planeaba bajo el paracaídas de su imaginación por las situaciones más rocambolescas que se le ocurrían.
Pero Javier no se portaba del todo mal y tenía que inventarse situaciones, cada vez más oscuras, en las que pegaba, levantaba faldas y robaba chucherías. Todo era para él una pequeña obra de teatro y el cura poseía el foco que apunta al actor principal, él, que se prodigaba en un monólogo de mentiras entre las chiquilladas y el provocador sainete eclesiástico.
El cura recomendaba a Javier rezar para que Dios perdonara sus pecados; pero Javier, consciente de que todo era una gran farsa, empleaba los minutos de rigor posteriores a la confesión, de rodillas en un banco, elaborando las mentiras que narraría excitado durante los cinco minutos de atención semanales en su próxima reunión.

Un día las cosas empezaron a ser diferentes. La iglesia cambió de cura y Javier quiso seguir con su pequeña representación. La primera sem
ana que fue a confesarse tras el cambio de cura no disfrutó como solía; sintió que el cura le tomó en serio, demasiado en serio, y a la vez ignoró su narración. Javier no sabía explicar que pasaba pero detectaba algo extraño, como una tenue fuga de gas en las profundidades de la mina.
Pasaron algunas semanas y el actor estaba desmotivado; quizás demasiadas funciones, quizás el público no aplaudía, quizás la luz no era la misma. Perdía el interés y pronto su narración tropezó con contradicciones. Las incoherencias fueron detectadas por el cura rápidamente. Entonces Javier empezó a rezar, sintió la impetuosa necesidad de pedir perdón por mentir, algo terrible. No sabía explicar por qué, pero se sentía en un gran puc
hero de bechamel caliente apartado del fuego que se endurecía al enfriarse y le apretaba cada vez más, limitando los movimientos de su mente. Todo era puesto en tela de juicio por el cura y siempre Javier era culpable de mentir, calumniar o hasta blasfemar.
Ya no podía inventar un universo de personajes, entre el tebeo del domingo y el recreo del colegio, a los que mover por sus excitantes situaciones como piezas de ajedrez.
Ahora siempre hacía algo malo, incluso sin querer, y se sentía atrapado en el camerino, alguien había cerrado la puerta por fuera. Cada sesión revivía todas las historias que había contado en ese cubículo de madera desde otra perspectiva: ya no era el protagonista sino el director fracasado incapaz de orientar a los actores. Todas las mentiras, la gran farsa, eran un pecado de enormes magnitudes cuyo objetivo era mucho más grave que los hechos que narraban. Parecía ser que había conseguido pecar sin querer, o de diferente manera.
Por eso Javier, de niño, no se portaba realmente bien con los demás niños. Pero lo que Javier no supo entonces, cuando era un niño malo, es que de mayor nunca más podría ser un mayor bueno, sino un niño malo grande. Es posible que si Javier hubiera sabido que de mayor no iba a ser una persona mayor buena, no hubiera intentado ser nunca un niño bueno; tan posible como que Javier no era realmente un niño malo, como que, detrás de la reja los niños buenos no existían. Porque cuando Javier es grande, descubre que nunca fue realmente malo, que la farsa era mejor que la realidad. Sólo se inventaba h
istorias, por placer o atención, y disfrutaba contándolas. De mayor, vuelve a inventarse historias, cosas que les pasan a otros, cosas buenas y cosas malas, en las que a veces es bueno y casi siempre es malo. Pero, como Javier mayor dice, siempre va a ser un gran niño malo actuando que necesitará no ser Javier, inventarse a otro y escribir lo que le pase a otro, para intentar volver a ser un niño bueno; porque, cualquiera que necesite contar la historia de Javier sabe que Javier no es un niño malo pese a que él, el actor, no puede dejar de pensar lo contrario. Y eso, se lo dirá Javier.

¿Me quieres?

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Todo el equipaje que llevaba era el recuerdo, todavía reciente y tierno, de los labios de su amada contra los suyos. Las noches en alta mar eran duras y largas, tanto que ni siquiera las gaviotas se atrevían a dar señales de vida. Tumbado sobre su cama, sin poder cerrar los ojos y evadirse, con la nuca dolorida tras recibir el coletazo de aquel enorme bicho que habían capturado a la tarde, pensaba en ella. Seguro que lo estaría esperando, en el puerto, con el mismo pañuelo en la cabeza con el que había ido a despedirle. “Volveré y entonces todo estará bien, hasta nos casaremos”. Embarcó con idea de hacer una buena campaña y conseguir dinero suficiente para poder comprarle dos buenas prótesis a su amada; perdió las piernas en un accidente en el aserradero de su padre. Dos sensibles muñones con tendencia a infectarse y supurar era la oscura sombra que le recordaba lo que un día fuera carne, hueso. Pese a todo, ella seguía sintiendo que tenía sus blancas, largas piernas. Alguna noche, tras el accidente, se había situado en el borde de la cama para levantarse enterándose, cuando comprobó que no podía introducir los pies en las zapatillas, que sus piernas no eran más que dos fantasmas invisibles.

La campaña estaba siendo muy mala. Seguramente las corrientes frías no lo habían sido tanto ese año y todavía los bancos de peces no estaban dispuestos a moverse hasta allí. El
capitán ya había advertido que seguramente habría pérdidas esa temporada y que se consideraran afortunados si recibían algo.
Él no paraba de darle vueltas a la cabeza, la promesa de las prótesis y la boda se iría al garete de seguir así. Estaba obcecado, no podía pensar con claridad. Sus compañeros de habitación, mientras tanto, generaban una orgánica sinfonía con periódicos movimientos de br
indis a Onán.
Salió a cubierta, tras pasar por la cocina, con una botella de Coñac. Apoyado en unas cajas empezó a beber para escapar de la turbia espiral que le estaba obsesionando; intentaba dejar de pensar en lo que había dejado en tierra y en cómo lo recogería. Pero según se vaciaba la botella se llenaba su cabeza de razonamientos absurdos; su empapado cerebro no era ya capaz de distinguir su locura de su realidad. Un constante y sofocante ruido blanco colapsaba sus oídos y escuchaba todos sus pensamientos distorsionados, como si otra persona aún más borracha se los susurrara debajo del mar sobre el que se encontraba. De repente, lo vio claro.


Arrojó la botella al mar con un mensaje dentro. Días después, sorprendentemente, llegó a la playa. Una niña la recogió y se la entregó a la destinataria con excitación y rapdiez. La amada del marinero no pudo evitar llorar, emocionada, cuando la recibió. “Pronto llegaré, querida. No temas, entonces, no tendrás problemas nunca más. Entonces mis piernas serán las tuyas”. Se lo contó a todos sus conocidos y en el pueblo se esperaba con impaciencia la llegada de la tripulación con sus abundantes capturas. Todo apuntaba, según la animada nota, que había sido una buena campaña. La gente era optim
ista y estaba resplandeciente; pero ese sentimiento no existía entre las húmedas peredes de los camarotes del barco.

Una semana más tarde llegaron a puerto. Todo el mundo corrió pendiente abajo para recibirlos, nadie se lo quería perder. Dos muchachos llevaron a la amada en su silla y los lugareños le hicieron un hueco, todos sabían que era la que esperaba la llegada con más emoción y expectación. Los tripulantes fueron bajando del barco entre silbidos y aplausos de júbilo. Ella no alcanzaba a ver a su amado, no lo encontraba por ningún lado. Cunado hubieron descendido todos, se dirigieron en grupo a ella y le dieron el pésame. Entonces, ella volvió a llorar.

La noche en la que escribió la carta decidió que le haría a su amada un gran regalo. Baj
ó una pesada guillotina de mesa hasta la cámara y se cerró con ella mientras los demás dormían. Tras apoyar el instrumento, se sentó encima de la mesa y dispuso sus rodillas sobre la línea donde caía el filo de la guillotina. La primera vez no empujó demasiado fuerte y sólo consiguió hundir la desafilada guillotina hasta la mitad de su rodilla izquierda, que se quedó colgando como la cabeza de una pescadilla. La segunda vez fue más rotundo y casi consiguió separar las dos, exceptuando algún músculo exterior o tendón de la rodilla derecha que sujetó la pierna a un lado de la mesa, balanceándose como un pesado péndulo. Cuando llegaron sus compañeros estaba congelado y desangrado, pero se notaba la felicidad en su cara, la tranquilidad de un inocente enamorado que le regala a su amada algo que nadie le puede regalar, que nunca olvidará.



Smoke

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Intentas que se crucen las miradas a través de la espesa nube de humo que carga el ambiente de nicotina y drogas de las de fumar. Parece que ella no está por la labor de ponértelo fácil, lo cual lo hace más interesante, lo cual lo convierte todo en un reto; lo cual, realmente, te has imaginado tú, por supuesto. La habías visto alguna vez antes y no es nada especial; bueno, mientes, sí que lo es, pero ante el público no lo admites por miedo al fracaso o a que todos te empujen hasta ella y te veas forzado a disculpar la borrachera de tus amigos sin que se note la propia. Es la chica más elegante del bar, no sabes qué es, pero algo tiene. Todo en ella es digno de contemplar lentamente, sus movimientos son increíblemente armónicos y pausados; está aquí por que le ha tocado, pero no se merece esta ciudad, es digna de la idea que el cine nos ha inculcado de las grandes urbes, de las chicas de los cóckteles de la gran ciudad. Mírala otra vez, acerca el cigarrillo hasta su boca y aspira durante un segundo mientras mueve alegremente sus hombros sin tener en cuenta el ritmo de la música; pero lo hace bien, bailar mal a propósito es quizás más difícil e interesante que hacerlo bien.

Llevas diez segundos mirándola y no puedes creer q
ue hayan pasado, no puedes dejar de mirarla; temes que al parar de hacerlo no seas capaz de recordarla, que desaparezca rápidamente de tu mente como un chiste malo. Quieres que te vea que la miras pero no quieres ser obvio. El juego de la seducción, ese tipo de tonterías que nunca funcionan en la vida real con las mujeres reales, también heredado de las películas. No eres capaz de ir y decirle “¿vienes mucho por aquí, muñeca?”, aún sabiendo de antemano que lo vuestro se limita a la imaginación, y más concretamente, a la tuya. Pero algo te hace pensar que no es una más, una de esas chicas que observas como ganado, por duro que sea admitirlo, tú si que eres uno más de ellos. Ella no es obvia, eso es lo que la hace espectacular. Las demás chicas tienen pecho, en mayor o menor medida, y caderas, y piernas largas; pero ella no, ella es diferente. Por alguna razón no te has parado a pensar en eso, no es una chica física, es de otra dimensión diferente a la física, patéticamente explicado.

Zapatos brillantes, pantalones pegados, blusa, gafas
… Eso es, sólo te interesa lo que lleva, ¿o qué? Quizás ese fetichismo es más turbador que la atracción absoluta por sus atributos físicos. Podría ir disfrazada, ella no ser así. No. Siempre viste así porque se siente tan cómoda que no parece que llevara la ropa, que le sigue con fluidez al son de sus movimientos. Está interpretando una danza ancestral y tú sientes esa criatura a la que invoca dentro. No será lo de siempre, sientes que nunca se manifestará con una obvia e incómoda erección; por muy reducida que sea la distancia, no es la típica atracción sexual. Viene de dentro, es intestinal, es una burbuja de oxígeno que brota entre espesos ácidos internos. Y encima no mira a nadie. Su actitud hacia sus amigas es casi despótica, dura, obviamente no están a su altura. Mantiene el anguloso mentón apuntando al cielo mientras el rubio humo que sale entre sus dientes se cuela por debajo de sus gafas y le hace cerrar los ojos para evitar picores. Tiene los ojos maquillados de negro, muy oscuros; cuando los cierra su faz toma aspecto casi cadavérico, como si de dos hendiduras se tratara. Pero sus labios, rojos rubí, finos y pequeños. No están muy húmedos, claramente no desperdicia saliva con chistes o comentarios vulgares.

Al pasar hacia el baño casi rozas tus hombros con su espalda. Sientes la atracción como si el tren pasara a diez centímetros de tu posición. Cierras los ojos e intentas captar su esencia, sus olores. Es una experiencia horrible, por ahí huele a sudor radical, tabaco rubio, costo quemado y colonias de chicle. Pero parece que hay un pequeño destello entre tan oscuros olores, se te queda incrustado entre la pituitaria y el cerebro. No sabes si será suyo o de otra, o si sólo te lo estás imaginando; pero qué más da, es estupendo. Sueñas con volver del concurrido baño sólo por captar esas sensaciones de nuevo. Pero cuando vuelves ya no está, ha marchado a otro lado. Triste, vuelves a tu grupo de amigos y empiezas a buscar con la mirada alguna sustituta. No creo que la encuentres.

Nota del autor: la imagen no ha inspirado el texto y cualquier coincidencia con la fuente de inspiración es meramente anecdótica.

La triste muerte de Antenas en rojo

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¿Sabéis que por un puñado de euros podéis ordenar matar a alguien? Sí, nuestra vida, a la que tanta estima le tenemos, no vale más de cinco mil o seis mil euros. En un mundo en el que todo se puede comprar, una vida no podía ser menos. La historia nos dice que por lo menos ahora se valora más, antes había vidas incluso sin precio, se regalaban. Siendo lo único con lo que nacemos, es también lo imprescindible; y resulta paradójico que para vivirla necesitemos cosas con más valor que la vida en sí mismo. La vida no vale lo que le añadamos, su precio no se calcula con lo que adquiramos en el camino; la vida sólo vale lo que alguien esté dispuesto a cobrar por quitárnosla.

Estoy seguro de que en cualquier ciudad mediana o grande hay gente dispuesta, más o menos desesperada, a clavarle un pincho en el hígado a otro y luego hacer desparecer el cuerpo en un río. Es muy fácil hacerlo y también, cada vez, más fácil atraparlo. ¿Qué pensarán estos personajes? Si no los ves es porque no te has molestado en buscarlos, pero son asesinos a sueldo. Simple y eficaz, sólo tienes que saber encontrarlos.

Bar. Interior. En una calle histórica y con poco movimiento. Dos hombres sentados en una mesa al lado de la ventana, tomando café.

- ¿Tú como entraste en esto?

- Necesito dinero, como todos. Pero es temporal.

- Ya, pero tú eres listo. Te llaman el lumbreras y ni siquiera se lo que significa. Seguro que tienes estudios, no me jodas. Te estás echando a perder.

- Estudiar en la universidad no te asegura ni trabajo ni dinero. Mira la zorra de mi mujer, casi analfabeta, me dejó sin un duro y ahora se estará follando a un pez gordo. Te juro que no le tengo envidia, eh. Sólo espero el día en que alguien acuda a mi con un pedido para ella.

- No creo que tenga muchos enemigos. La mayoría de la gente es normal, no como los que nos cargamos. Además, si sólo quieres cargártela, vé y hazlo. No esperes a que te lo pida nadie. Tú serás su mayor enemigo.

- No soy capaz, no sale de mí. Si no me lo ordenan no es lo mismo. Además, me gusta un poco esto, lo de matar a los chungos estos. Sé que no está bien, pero algo habrán hecho. Y te juro que cuando les meto la navaja o les ato las cadenas, me siento bien, realizado. Soy el ejecutor, no sé si me entiendes.

- Te entiendo pero no me lo explico. Matar es asqueroso, joder. Yo no puedo cargarme más de a dos al mes o así. Cada vez que veo tanta sangre se me revuelve el estómago. Todo desde aquella puta vez.

- ¿Qué pasó? Sé que algo de un maletero, ¿no?

- Sí, fue hace un año. La primera vez que nos cargábamos a uno. Entonces andábamos en rollos de drogas hasta arriba. Un gitanillo quería cargarse a uno que había dejado preñada a su novia. Nos vio que andábamos pillados de pelas y nos propuso a mi amigo y a mí hacerle el trabajillo. Como éramos nuevos no sabíamos nada.

- Esto fue cuando las dos familias se liaron a tiros en las afueras de la ciudad, ¿no?

- Eso fue después, por lo nuestro. Lo pinchamos sin más, todo fue fácil. Pero se nos olvidó la segunda parte. El coche era un mercedes blanco robado del que nos mandó hacer el trabajo. A la mañana siguiente lo devolvimos y se lo dejamos debajo de su casa, o chabola.

- Creo que ya sé lo que pasó después más o menos. ¿Cuánto lo dejasteis, dos días?

- Desde la noche pasaron tres días. Como después de matarlo estábamos nerviosos, nos pusimos de coca hasta las cejas y nos piramos de allí. A los tres días vinieron a por mí con pipas y la ostia, para matarme. Yo mentí y les dije que había sido mi amigo, y se lo cargaron. Cuando me llevaron a ver el coche, olía a la mierda más fuerte que existe. Ese olor se me ha quedado para siempre.

- ¿Y lo descubrió la parienta o la novia, no?

- La que abrió el maletero por primera vez fue la cría que tienen. Esa pava no va a ser normal, joder. Además cuando mi amigo iba pasado se le ocurrió pinchar al gitano como si fuera un pavo y le salieron todas las tripas y eso. Imagínate. La madre flipaba, era el padre de su crío.

- Jajaja

- Cuando el padre salió dicen que se partió la caja también. La cría le dijo a ver quién era y el debió soltar “jaaai, las salchichas que le gustan a tu madre”.

- Por lo menos se lo tomó con humor.

- Sí, de no ser por eso a mí también me habrían matado por el pequeño descuido. Luego lo quemamos todo y listo. Bueno, se lió la que se lió. Pero como yo no era de su puta familia, ni tan mal.

- Sí. Lo de las tripas es increíble. Yo cunado se las vi a una por primera vez, una puta de esas inmigrantes medio rusas, me recordaron a las salchichas de pollo. Era una cosa muy curiosa, me di cuenta de que somos un bicho más por la tierra, ni más ni menos. Entonces se me ocurrió que igual el cabrón del pollero, un tal Jaime, cuando era un crío y le compraba salchichas, en vez de las de pollo nos daba intestino humano.

- No creo, saldría mucho más caro.

(Risas)

- Bueno, sigue vigilando que yo me voy a meter un par de filas. Esto es lo que tiene.

- Sé rápido que como salga tenemos que pillarlo antes de que haga la entrega.

La tienda que estaban vigilando es una doble tapadera. Aparentemente podría tratarse de un comercio, sin escaparates ni estanterías, en el que se venden productos legales relacionados con el consumo de drogas de abuso. Dentro de la tienda hay una gran colección de pipas, grinders, abonos específicos para marihuana y demás artilugios. Pero obviamente la tienda no se mantiene gracias a la venta de esos aparatos sino de la venta de marihuana, derivados y alguna droga más. No distribuye droga a gran escala, simplemente vende cantidades de consumo a chavales que empiezan y que serán, si necesitan algo más de dinero, pequeños camellos con las amistades de sus institutos. Pero esa clientela no da problemas.

Además de este escaso comercio ilegal a pequeña escala, el dueño de la tienda[1] es un recadista[3] de personas mucho más peligrosas. Es ésta la segunda tapadera, detrás de esa lonja de baldas vacías y polvorientas se esconde un negocio oscuro entre los personajes más peligrosos de la ciudad. Generalmente los recados no los hacen ellos personalmente, sino que mandan a secuaces de confianza para que entreguen o recojan sus encargos. Siempre han de decir dos cosas, nombre de la persona a la que va dirigida el recado y clave que relaciona al que envía con el que recibe. Los datos del caso que nos ocupa son Chixco de nombre y albaricoque de clave. Aunque el que lo va a recoger atiende al sobrenombre Antenas.

[1] Pedro María González de Iurreta, era conocido como Pellas. No sabemos muy bien cómo entró en el mundo de la droga, pero su familia era de clase media-alta y no parece que fuera porque no tuvo otra salida, como en tantos otros casos. Aparentemente, sus padres emprendieron el proceso del divorcio cuando él aún era un niño y lo pasó muy mal. Siempre se ha dicho que los que más sufren con esto son los más pequeños. Como sus padres no le prestaban la atención que requería y seguro que por otro puñado de razones de las que analizan los psicólogos cuando un trauma sale a la luz a los treinta y tantos, empezó a consumir drogas con los chicos menos recomendables de su instituto. Sus comienzos fueron, como los de casi todos, drogas blandas de abuso. Pero pronto llegaron las más duras y a los diecisiete años era un poli toxicómano[2] de lata de cerveza barata y caliente, gorra mal puesta y jeringuilla olvidada en el brazo. Fue entonces cuando alguien desconocido, seguramente no de su entorno, le hizo reconducir un poco su vida y apartarse de ése lado tan salvaje. Lo consiguió a medias y lo cierto es que ya casi no volvió a probar las más duras, abandonó esos hábitos. A los veinte años abrió la tienda, no sabemos de dónde sacó el dinero. Probablemente, aunque nuestras investigaciones todavía no lo han podido confirmar, el dinero para alquilar la tienda y todo lo necesario se lo dejó uno de sus padres.

[2] Fue en esa etapa, la de abuso de lo primero que pillaba, la que más le marcó. Físicamente ya no iba a volver a ser el mismo, no podía levantar un párpado más de dos milímetros y tenía el movimiento del brazo izquierdo muy limitado. Sus facciones se habían marcado y sus pómulos hundido. Las encías habían empezado a retraerse dejando a la vista la raíz de los dientes. El conjunto de todas estas mutaciones daban a El Pellas un aspecto tétrico y triste. Fue en esta etapa cuando conoció a la peor gente de la ciudad y trapicheó con ellos para conseguir unos ingresos extra. Claro que lo que ellos no comprendieron es que eso iba a acabar algún día y se alegraron enormemente ante la apertura de la tienda, una tapadera [3] perfecta para sus trapicheos. Por encima del mostrador de El Pellas podían haber pasado drogas, dinero negro, armas y hasta instrucciones para sicarios. Él casi nunca sabía lo que movía y ni quería saberlo, sus negocios eran otros.

Bar. Interior. Un hombre mira por la ventana desde su mesa nervioso. En la mesa hay dos tazas vacías. Viene otro hombre y se sienta.

- Joder macho, te ha costado.

- Ya lo siento, no era mi intención. ¿Novedades?

- Nada, sigue ahí dentro. Han salido un par de críos, seguro que tiene a más gente en la tienda y no puede atenderle delante de gente normal.

- Ja, para ti los demás son normales y lo que nosotros hacemos no.

-

- Pero si es tu mundo y es lo que haces todos los días, ¿por qué no te parece normal?

- No te lo voy a explicar porque igual ni lo entenderías, pero para mí que algo sea común no hace que sea normal. ¿Te crees que con esta mierda, por temporal que sea, podemos ser felices? Pues no, joder, es imposible. Por eso no es normal.

- Sí, pues yo sí que soy feliz. Si me llega para lo mío, contento y feliz como una lombriz. ¿Pero tu habías dicho que te gustaba cargarte a estos?

- ¡Claro que me gusta! Porque son calaña, no son gente normal.

- Por cierto, ¿qué habrá hecho el pavo a por el que vamos?

- Me da igual, seguro que algo ha hecho. Me han dicho que es un tal Antenas, debe ser un chico del barrio. Ya sabes esta gente como es, basta con que le haya echado los tejos a su novia para que se la líen.

- Yo lo he visto antes y parecía un tío sano.

- ¿Sano? Lo que tú digas. Sólo se que le tenemos que pinchar, enterrar y pillar el recado que lleve.

- Sí, y no podemos abrir el paquete porque…

- Calla, ya sale. ¿Es ése? Corre.

- Dios, que no pille el coche.

19.45.

655385602

- ¿Quién?

- Jefe, somos nosotros. Tenemos el paquete.

- ¿Y él?

- Sin problemas, nos hemos deshecho.

- ¿Lo habís abierto?

- No.

- No hacerlo. Traédmelo y os pago.

- Vale, adiós.

Chocolatinas

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Uno de los actos que mejor reflejan el amor hacia uno mismo, que también ayuda a reforzar nuestro autoestima y gratitud autosatisfecha, es comprarse una chocolatina. El pequeño dulce representa, tanto en esencia como en contenido simbólico, el capricho y su caprichosa naturaleza. La chocolatina, descompuesta en ingredientes y cantidades, es en sí misma caprichosa: acepta cualquier añadido adicional y en cualquier cantidad siempre que sea el chocolate el actor principal entre el coro de los sabores. Su forma, que es lo que la convertirá en símbolo, aparece ante nuestros blancos ojos con muchas y diferentes características que permiten diferenciar inequívocamente unas de otras. Las hay rectangulares, ovaladas, esféricas, en barritas, en onzas, cubiertas de viruta, bolitas de colores, pastillas, solamente negras, solamente blancas, rellenas, ... y, sin embargo, todas diferentes. Pero, si te enamoras de una, no sabrás nunca diferenciar si lo haces de lo caprichoso de su contenido o de su continente, del símbolo o de la esencia, del todo o de lo demás.

Al comprar una chocolatina estamos incurriendo en un PECADO (capital) pues exaltamos el placer por puro placer, el mejor capricho que podemos imaginar en nuestras lim
itadas y hedonistas mentes. Generalmente no acudimos a la tienda con idea de chocolatear nuestras vísceras, sino que lo hacemos para adquirir otros artículos como bebidas carbonatadas o revistas. Pero cuando nos acercamos a pagar a la caja los diferentes colores y brillos reclaman nuestra atención debajo del mostrador, sin duda el colocarlos ahí es una de las mejores estrategias comerciales de la historia. De repente te sientes atrapado por ese oscuro objeto del deseo que ni necesitas, ni buscabas y ni siquiera puedes pagar porque llevas el dinero justo para tus compras básica. Entonces sucede uno de esos momentos en la vida en los que descubre la debilidad de voluntad de nuestra especie: eres capaz de dejar a un lado algún artículo que tenías pensado comprar por hacer tuya esa chocolatina que has visto triste y desamparada entre chocolatinas extrañas de extravagantes marcas centroeuropeas.


Desde pequeños sentimos atracción hacia las chocolatinas; y el sentimiento hacia el dulce no muta ni palidece con la edad. Aunque intentemos ocultarlo, sufrimos los mismos arrebatos que décadas atrás cuando hacíamos cálculos con las monedas en la tienda de chucherías antes de adquirir el mayor número de chocolatinas posible mientras nuestras glándulas salivares inundaban nuestra pequeña boca. De esta manera podemos encontrar a jubilados en los bancos del parque, a ejecutivos en el metro o a administrativos en su descanso, con los ojos cerrados y sus narices apuntando al cielo, con cara relajada y placentera, en estado de erótica agonía con su chocolatina mordida y a medio pelar entre sus dedos. Es un acto personal y egoísta ya que una chocolatina no se puede repartir; puede que los de la iglesia digan que compartido sabe mejor, con lo que queda claro que sus recortes en los que se les encarna Dios no tiene nada que ver con mis dulces milhojas de chocolate y cacahuete. No predicarían lo mismo si su cuerpo de Cristo se representara en galletitas Oreo o en castizas Príncipe. La chocolatina es la primera patata frita del plato combinado, el primer trago del gintonic o ese último trozo de pan untado en la salsa sobrante, algo que has de degustar tú sólo para que la experiencia sea totalmente satisfactoria.

Todos, y con todos me refiero a los que disfrutamos de estos deseados paquetitos, tenemos una chocolatina preferida. Sería un divertido juego de salón convertir la chocolatina preferida de cada individuo en metáfora de su personalidad o aficiones e intentar obtener rasgos de la personalidad a partir de la elección. Quizás los separatistas tengan el Kit Kat, los monárquicos las Príncipes de Bequelar, los de familia numerosa los M&M, los arquite
ctos el Toblerone, los forenses Huesitos, los astronautas Mars, los deportistas Sneakers, los noctámbulos After Eight,... Son precisamente estas dos últimas mis chocolatinas preferidas y un clásico para acertar conmigo en mis cumpleaños. De las Sneakers admiro lo compactas, concentradas, cremosas y a la vez crujientes que son; es uno de esos inventos junto al rockandroll que hay que agradecerles a los americanos del norte. Por el contrario están las After Eight, delicadas, finas, de sabores aparentemente contradictorios pero que en conjunto las hacen tan especiales, rellenas de bálsamo y adictivas como ninguna otra.

Dedíquense cinco minutos al día y nunca se vayan ustedes a negar un vicio tan reconfort
ante como una chocolatina; tengo la impresión de que el mundo sería un poco más dulce.




El discurso

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Por fin había llegado el ansiado día. Llevaba el último año evitando pensar que haría, cómo se despediría de todos, qué demonios tendría que decir. Esas situaciones son forzadas para todo el mundo, especialmente para alguien cómo él que poco a poco se había forjado una personalidad de hombre de hierro, impenetrable y hermético. La noche anterior se acostó muy tarde, a las dos y media de la noche, pero eso no había impedido que se levantara, como de costumbre, a las seis y media en punto de la mañana. Seguro que eso no iba a cambiar tras su jubilación, seguiría trabajando de mañana, había comprobado que eran las horas más productivas del día. Pero no quería dejar la redacción de su discurso para último momento, prefería rematarlo el día anterior por si las moscas.

Se levantó de la cama de un pequeño brinco y puso las noticias a todo volumen, como de costumbre. Desde su habitación, se oía perfectamen
te debajo de la ducha, solía dejar las dos puertas abiertas para facilitar el camino a las ondas. Se frotaba su rugosa piel con fuerza obteniendo la mayor cantidad de espuma posible; alguna vez, incluso, estornudando sobre su pecho no movía la espesa capa de espuma de Magno. Luego un aclarado rápido y tras pasarse la vieja toalla para captar la mayor humedad posible, se ponía su fino batín que se deslizaba sobre su cuerpo con una agradable e indescriptible sensación de frescor. Con la misma toalla frotaba por encima el espejo empañado para poder afeitarse. Aquel día era especial, y pese a no tocar, decidió que debía de cambiar la cuchilla. Después del cambio, sacó su bote de jabón de afeitar que tras frotarlo se convertiría en crema. Llenó el lavabo y procedió despacio, dándole especial importancia al bigote y la perilla. Tras afeitarse recogía todo, antes de darse con unas palmaditas la crema balsámica, sensación que le agradaba y le daba la verdadera sensación de limpieza; una ducha no sería lo mismo sin ese final.

En su habitación, hacía la cama, y se vestía metódica y ordenadamente. Siempre combinando orden de interior a exterior con orden ascendente, de abajo a arriba. Para su día especial eligió su chaqueta tweed favorita, una de colores
otoñales con grandes cuadros verdes que combinaba muy bien con sus anchos pantalones de pana cobre. Camisa siempre blanca y estrecha corbata con escudo, similar a las de los universitarios de las grandes universidades privadas inglesas de hace cuarenta años. Bajaba al portal a recoger el periódico del buzón; sin duda alguna, la entrega del diario a domicilio es uno de los mejores servicios que pueden haberse inventado. No le gustaba mucho desayunar en cafeterías, básicamente porque a partir de las siete y cuarto no había ninguna en su barrio lo suficientemente tranquila como para reflexionar sobre las clases que impartiría esa mañana ni leer tranquilamente las noticias. Claro que lo de preparase las clases ya no sería un problema.

Cargó la cafetera más de lo habitual, sintió que el cuerpo le pedía una cucharada más de café costarricense de tueste natural; en consecuen
cia, tuvo que presionar más de lo normal la carga para que la pequeña cafetera italiana cerrara antes de ponerla al fuego. Mientras la cafetera se llenaba, de pies ante la encimera, repasó por encima de las primeras páginas de El País. No le interesaban tanto las noticias sino los artículos de opinión y reportajes científicos. Desde joven sentía pasión por las innovaciones científicas y siempre se hacía con algún libro científico que trataba de descifrar con esmero. Hecho el café, se sentó con su taza de loza blanca y roja cargada hasta arriba con una nube de leche, se puso sus grandes y negras gafas de cerca, con una montura con olor a intelectual amante del jazz y activista en pro de los derechos de las personas de raza negra en el Chicago de los cincuenta, y eligió qué artículos leer en profundidad.

Tras su escaso desayuno, había acompañado el café con dos galletas y un pequeño vaso de zumo de naranja, se sentó en su escritorio para re
pasar por última vez el discurso. Empezó por un párrafo de la mitad. “Os confesaré, amada audiencia, que he imaginado y no soñado este momento muchas veces. Me pasa, si me permitís la comparación, como con mi funeral. Desde joven he imaginado cómo sería mi funeral y qué gente acudiría. En un acto excesivo de imaginación he llegado a suponer hasta las causas de mi muerte, siempre trágicas, y el rostro de la gente que acudiría a mi imaginario funeral. Siempre que fantaseé con estas ideas me sorprendía a mí mismo y encontraba caras entre la audiencia que no sabía qué hacían allí. El día de hoy es parecido, para mi supone la terminación de mi actividad laboral y por tanto la muerte técnica de un ciclo de mi vida. Ciclo del que habéis sido juez y parte, alumnos y profesores, compañeros todos.” Se paró ahí, mientras resonaban en su cabeza las palabras juez y parte. Por un momento hizo el amago de sacar su estilográfica para corregir algún detalle, pero pensó que no tenía mucho sentido y decidió dejar allí la lectura del discurso hasta el momento del evento. Miró el reloj, más de y media, y guardó todos los materiales en su viejo maletín de cuero marrón, peinó sus canas con cera de peluquería, se perfumó, se puso su gabardina y su sombrero, y se dirigió al colegio.


El acto de despedida había sido organizado por el jefe de estudios y tendría lugar a las once en punto en el gimnasio, coincidiendo con la hora de recreo. Hasta entonces iba a continuar con sus clases con normalidad, creía que era su deber e incluso mandaría tarea, generalmente lecturas recomendadas de filósofos o escritores relacionados con el tema tratado. Por los pasillos todos los profesores le sonreían de manera especial, algo muy parecido a cuando a un conocido le toca la lotería, esa especie de felicidad aparente y aparentada. Excepto con los profesores más antiguos y por tanto con los que había tenido más relación, con todos los demás mantenía una relación correcta y seria; siempre había alguno que intentaba hacerle llegar su particular sentido del humor, al que le respondía con una forzada mueca que expresaba a la perfección un “Gracias, ya te llamaremos”.

Cuando entró en el gimnasio todos los profesores lo esperaban. Había también un nutrido grupo de alumnos, seguramente forzados a asistir por el profesor que había impartido la clase previa al recreo. Habían dispuesto en medio de la cancha de baloncesto un pequeño púlpito y las sillas estaban ordenadas creando filas de media circunferencia en torno a él. La gente aplaudió al profesor hasta que se situó frente a ellos, se puso sus gafas y abrió sus tres papeles con el discurso. Empezó su despedida y el gimnasio comenzó a llenarse de alumnos rezagados o inquietos y curiosos tras el barullo de los aplausos. El profesor notó,
sin interrumpir su discurso, que había un par de alumnos que se mofaban ante él y repetían sus palabras en tono burlón y socarrón, pero eran rápidamente cortados por el jefe de estudios que amenazaba con expulsarles del acto.

Cuando, en un momento del discurso, expresó las similitudes entre cómo se imaginó el acto y su funeral, uno de los dos alumnos gritó en voz alta: “¡Eso, a ver si te mueres ya!”. De repente hubo un silencio; y cuando todo el mundo los miraba, el chaval de al lado no quería que su compañero se llevara todo el protagonismo y escupió una espesa flema de tabaco y chicle hacia arriba, hacia el púlpito. El escupitajo impactó en la mejilla y la parte inferior de la gafa del profesor, que acto seguido se las quitó con tranquilidad, se limpió con un pañu
elo de tela blanca y dio por finalizado su acto. Estaba más entristecido que humillado. En otros tiempos habría sido capaz de discutir hasta la extenuación las razones de tal acción con el joven, pero ya no tenía fuerzas ni ilusión. Bajó, se despidió tímidamente con un único adiós y se marchó por la puerta de atrás.

De camino a casa sentía que alguien le arrastraba, tenía el camino tan interiorizado que no necesitaba pensar en nada. Cuando llegó a casa, puso a calentar agua y se puso una gran t
aza de té Earl Grey. Se sentó en el sillón de su salón para reflexionar sobre lo sucedido, todavía no le había dedicado ni un pensamiento. Cuando apoyó sus nalgas en el cuero, sintió un molesto pinchazo. Miró hacia abajo y asomaba la punta de su estilográfica que reclamaba su atención. Exclamó en alto:
“¡Ahora me atacas, fiel compañera!”, y se echó a reír.
Menos mal que no cambió aquel maldito párrafo.



Producen monstruos

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No tenía razones aparentes, era una chica feliz, con una vida normal, estudiaba una carrera que no le exigía demasiado esfuerzo y que pese a no ser lo que más le hubiera gustado estudiar, con el tiempo, se había acostumbrado. Realmente, y tras preguntárselo muchas veces, se dio cuenta de que nunca supo que quería hacer y que le había pasado como a muchos otros amigos suyos, se encontró en una medio vida medio montada que le arrastraba por situaciones que ni le encantaban ni le desagradaban. Era algo a lo que no le daba mucha importancia, no, simplemente se dejaba llevar; no era de ese tipo de personas, a las que les encanta pensar, reflexionar, preguntarse por qué pasan las cosas.
Y sin embargo lloraba mucho.

Su compañera ya se había dado cuenta de la situación. A ella le gustaba desde el primer momento que la vio, y nunca se lo había dicho. Es difícil decir esas cosas, solía decir, temo a perderme lo que como amiga me regala. Pero, a la vez, también sentía de vez en cuando impulsos de revelárselo todo, levantar la tela que todo lo escondía. Una farsa, eso creería que había sido todo. Pero ella sabía que no, nada de lo que sentía era mentira, estaba allí por algo y era difícil de llevar. Al final del día, su compañera llegaba a casa y tras saludarla se sentaba en el sofá, mirando la televisión apagada, como si su reflejo tuviera más vida que ella. Y empezaba a llorar sin saber como parar. No eran lágrimas de pena, eran lágrimas casi fisiológicas, como si su único sentido fuese limpiar sus ojos granates. Había veces que hablaba con ella y ni se limpiaba las lágrimas, seguía llorando mientras una mancha que oscurecía el cuello de su fina camiseta se extendía hacia abajo como petróleo en la mar.
Su compañera lo asumió como algo normal, aunque a la vez era consciente de que esa situación no era común; seguro que desde fuera parecería otra cosa, desde luego. Pero no le importaba, quién le diría algo. ¿Por qué se supone que se llora cuando estás triste?, únicamente, vaya. Será como uno de esos sentimientos universales como los gestos del asco y todo ese tipo de cosas. Ella no era una chica triste. Al principio su compañera sí que buscó razones para sus lágrimas, pero nunca dio con ninguna lo suficientemente robusta como para aguantar el huracán de lógica que le aplicaba después. Estudiaba fuera de casa, pero su madre hablaba con ella frecuentemente; no se había muerto ningún ser querido recientemente; no estaba sola, y probablemente no se sentía así, la tenía a ella, su compañera, eran dos en casa, pero dos estaba bien. El piso era suyo, su compañera estaba pagando parte de su alquiler que iba dirigido a su madre. El piso era pequeño, muy pequeño, lo que la gente llama un estudio o apartamento; pero para ellas era lo mejor, menos sitio suponía menos que limpiar y tener sólo lo necesario, sin excesos de muebles, aparatos y demás cacharros. Seguro que en una agencia lo venderían con palabras como piso funcional, recogido… o incluso íntimo; pero realmente era pequeño y cada vez tenía la sensación de que se volvía más pequeño. Era una sensación abstracta, sin fundamentos, así que no merece la pena comentarla. Una de esas sensaciones o ideas en las que piensas y si alguna vez eres capaz de escribir, las destruyes avergonzado al instante, no vaya a ser que las lea alguien. Eso creía, ¡cómo se va a encoger un piso!


En los últimos meses se habían distanciado mucho las dos compañeras. Cada vez coincidían menos, llevaban vidas separadas y no hablaban mucho. La compañera que lloraba cada vez lo hacía más en silencio, por las noches, mientras nadie le oía; o eso creía. Su otra compañera ya no sentía necesidad de hablar con ella como antes, ahora esos sentimientos que experimentó durante las primeras conversaciones habían desaparecido. Ella solía pensar que habían mutado, que su relación era, simplemente, diferente; fruto de los cambios, del paso del tiempo, ahora lo que fuera cariño o ternura era pura rabia contenida, frustración; sentía los síntomas del síndrome de la felicidad aplazada. Tensión en sus músculos con sólo pensar en su compañera, como si le diera una pequeña descarga eléctrica en la nuca. Tanto tiempo negándose a sí misma la habían desquiciado. Volvía a una situación previa, anterior a todo lo que había vivido en ese piso, a antes de irse a vivir allí. Su vida no era tan suya como antes, se sentía dividida, entre dos tierras. Volvía a sentir de forma irracional, como cuando creía que la casa se hacía pequeña, que su compañera le estaba robando algo, pero algo inmaterial, de esas cosas que no se pueden robar. Esas cosas que no son cosas.
Intentaban las dos hacer memoria y ninguna recordaba el momento en el que se con
ocieron, cuando se vieron por primera vez. Todo daba vueltas sin parar, era ciclotímico y aplastante, sin saber por qué estaban metidas en ese torbellino que había desfragmentado su memoria y no les dejaba aclararse. Curiosamente, ambas sentían que se habían llegado a conocer tanto que ya no se conocían. Absurdo, irracional. Como cuando algo te impulsa a cambiar, te das cuenta un día que no puedes seguir siendo como eres. Y cambias tan bruscamente que sabes que ese impulso un día se deshará y tendrás que recomponerte de nuevo. Así se sentía, teniendo que construir algo que no sabía ni quién ni por qué lo deshizo. Entonces cogió el teléfono.

- ¿Hola?

- Hija, ¿Por qué lloras?
- No se, no me encuentro muy bien.
- ¿Por qué no me has cogido el teléfono? Estamos muy preocupados por ti, hemos estado a punto de ir a buscarte.
- No oía le teléfono, mi compañera se pasa el día hablando.
- ¿Quién?
- Mi compañera, la dueña del piso.
- Pero que dices, cariño. Si el piso es nuestro. ¿Estás viviendo con alguien?
- Sí, no te acuerdas. Desde el primer día…
- Hija, pero que me dices. Si vives sola. Sólo hay una habitación y no vive nadie ahí. ¿Qué te pasa?

- …
- ¿Por qué lloras?

La sombra de mis sombras

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Una de las mayores pérdidas por casi todos ya asumida con el cambio del papel al formato digital es la posibilidad de escribir notas al margen. Mientras leo, miles de pensamientos (quiero creer) atraviesan mi cabeza; la relación que mantengan con lo que estoy leyendo en ese momento depende de mi estado de concentración. Algunas veces, de repente, un pensamiento va acompañado de un impulso incontrolable que me obliga escribir al margen del texto unas palabras, una sentencia a lo sumo. Muchas veces estos pensamientos son arbitrarios, sin aparente relación con lo que estaba leyendo; pero son tan fuertes, tan bellos en su voluntad de simplemente sugerir, tan maravillosamente abstractos que se merecen un hueco junto a las letras de la imprenta.

Siempre me he preguntado de dónde vendrá esa necesidad de apuntar cosas, ideas solas, frases sueltas en servilletas de papel o al margen de un libro. Casi siempre se nos pierden o cuando queremos sentir el impulso que nos hizo anotarlas, villano traidor, ese impulso ha desaparecido para siempre. La frase o la esquina doblada del libro quedan allí, inconexas, como suave cicatriz, marca de polvo cósmico del entusiasmo que sintieras cuando una oscura estrella fugaz atravesó tu mente. Pese a volver a leer la página, a intentar leer entre líneas y repetir la cita varias veces hasta memorizarla, pese a todo, no consigo ni un atisbo de claridad en mis ideas. Es un sentimiento de frustración, idéntico al que nos invade cuando tras despertarnos descubrimos que aquella idea que tuvimos antes de cerrar los ojos la noche anterior ha desaparecido sin dejar propina. ¿Por qué soy capaz de recordar que tuve una maldita idea y no soy capaz de retenerla? Pero, aún copiándola cuando se te ocurre, únicamente conseguimos retener la idea sin acordarnos después de que la tuvimos, sin alma, es decir, sin recordar todo lo que hizo que de repente la tuvieramos; y también es absurdo.

Las ideas son en ese sentido como la cerveza, con el tiempo reposan y pierden la vida, el gas en este caso, la gracia que la convierte en atractiva. Parece que estemos sentenciados a la frustración.
Ayer llegaba tarde a una cita con un amigo mío y cogí rápidamente unos libros que me había pedido. Dentro de uno de ellos había un papelito, una pequeña nota, en la que ponía lo siguiente: “Me aterra pensar que soy yo mismo”. No le di demasiada importancia, tenía prisa, y continué camino al bar. Durante la conversación le dediqué diferentes pensamientos a la frase, sin que mi amigo se diera cuenta – espero.

¿Qué quería decir? No sabía a qué me refería, a cuento de qué venía esa frase. Por la letra deduje que se trataba de, por lo menos, cuatro años atrás, más o menos cuando recordé haber leído el libro; recuerdo que no fue un libro especialmente inspirador, quizás la nota acabó allí por equivocación. Era más joven y puede que fuera una frase sacada de un grupo ‘grunge’, influenciado en aquella época por esa moda; pero no, yo nunca había sido capaz de oír esa música durante más de cinco minutos, del mismo modo ahora. ¿Y si fuera una dedicatoria? Podría yo sospechar, hace cuatro años, que al coger ese libro se me caería una nota, esa dedicatoria para mí mismo, para el yo del futuro. Quizás hace cuatro años ya tuve claro que ese no era un libro que iba a releer y por eso lo elegí. No lo creo, ese tipo de planificaciones conscientes requieren de una reflexión pausada y seguro que lo recordaría.

Así que hace cuatro años me aterraba pensar que era yo mismo. Es un pensamiento bastante adolescente ¿no?, el tener que forjarte una personalidad, distanciarte de lo que hasta el momento te había servido de apoyo y ayuda, querer “ser uno mismo”… O quizás creía que era un monstruo, me había ya dado cuenta de que el ser humano es básicamente malo por definición y acababa de salir de esa crisis de creencia en nuestra raza. También se pued
e interpretar como miedo a la independencia, a enfrentarte a tus propias producciones, tus monstruos y sueños.
Creo que ahora no me expresaría así, pero si tuviera que escribirme una nota al futuro no se alejaría mucho de ese pensamiento. Sería un “me da miedo creer que sé quién soy”, más o menos. Lo cual refleja una especie de búsqueda constante, de incertidumbre hacia uno mismo. Es, en cierto modo, una vuelta a la tortilla anterior, el temor a buscar lo que antes temía encontrar. Es un miedo más básico, al proceso en sí en vez de a la meta. Curioso que siempre está ahí el componente del miedo, angustia. Quizás la palabra incertidumbre lo defina mejor. El gusto por la incertidumbre, el eterno adolescente, el misterio de la búsqueda.


Sea lo que sea, cuando vuelva a leer esto, tampoco sabré si lo escribí para el yo del futuro, el del presente o el yo bromista, que es atemporal y siempre me está tomando el pelo.



A mi, sinceramente, cada vez me gustan menos las navidades, especialmente tan adelantadas

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¡Pobre Cronos, dios del tiempo! Cada año, deja embarazada a su esposa Rea, que también es su hermana (todo queda en casa) y cada año, también, el niño le llega antes. Este año parece que va a ser sietemesino, pero en Olimpo no hay unidad de prenatales. Por supuesto, el niño se llama Navidad.
Cada año empieza todo antes, los preparativos para una semana de consumismo del bueno. Pero tengo la sensación que este año va a ser diferente, no se por qué. Las luces de mi calle, peatonal, ya no son horribles y barraqueras. Ahora son adornos, árboles y grandes estrellas, todo muy voluminoso y que aparentemente consume mucha menos luz. Precioso, sí, pero sin el encanto de las lucecitas de feria, que incluso te permitían organizar concursos para adivinar qué querían decir con el dibujo que creaba
n, si sería un cervatillo, un ratón o simplemente un dibujo extraño. Tanta sofisticación nos va a acabar pasando factura, no todo el mundo está preparado para ser elegante ni tiene que serlo. Un exceso de sofisticación crea el efecto contrario, un barroquismo de pichiglás digno de las tiendas más selectas de artículos made in china.

La televisión empieza a escupirnos todo tipo de anuncios con un enfoque navideño. Pero aquí también vuelvo a percibir el cambio. Ahora son más sentimentales, las voces en off te recomiendan llamar a tus amigos, ser cariñosos con los demás y disfrutar de la navidad como una fiesta de sentimientos puros y buenos hacia los que te rodean. ¡Qué horror, entonces no podremos beber! Casi están fomentando la austeridad, que por otra parte se merecen que fuera nuestra opción predilecta y que se dieran cuenta de lo que vale un peine, así volverían los anuncios cutrones (permitidme el término) con un toque de humor martesitreciano (éste también). Los que no cambian son los anuncios de juguetes, afortunadamente. Son los anuncios más justos que hay, sólo te comentan las características de sus productos y te intentan convencer de que es mejor que el de la competencia. Se limitan a enseñarte lo que hace el juguete, no te puedes sentir engañado.
No venden sentimientos, venden hechos. ¿Cuántos anuncios de automóviles has visto últimamente que te detallen las características del coche? Y además, si el funcionamiento de un juguete no es autónomo, te lo comentan abajo “funciona a pilas”. En los anuncios de coches no pone “funciona a gasolina” o “más de 60 €”. Aunque si pusier
a algo así, sería razón suficiente para no comprarlo por sentirte insultado, podrías pensar, incluso, que si los de la compañía te creen tan tonto como para advertirte de eso también pensarán que me pueden engañar en otro aspecto. Por eso yo no me fiaría de un horno microondas en el que se especifica en la puerta que no se puede utilizar para secar tu mascota, como pasa en los EEUU.

Aborrezco todo lo atemporal, todo lo que, sea por la razón que sea, está fuera de su lugar específico en la dimensión temporal. No me gustan ni las películas de nieve en verano ni los reportajes de surf en invierno. Cada cosa en su momento, y os confieso, queridas lectoras, que soy un infeliz por naturaleza y siempre deseo lo que no puedo obtener en ese momento; y, claro está, todo este tipo de cosas facilita que mi mente navegue por situaciones que no se pueden cumplir por limitaciones del marco en el que me encuentro. Tan odioso es que se adelanten las navidades como que se prolonguen. Ant
es, todo el mundo da la tabarra y te propones muchas actividades que has de llevar a buen puerto, durante, ni te das cuenta, y después, son el recordatorio de que has tenido dos estupendas semanas y no has llevado a cabo ninguna de las tareas que te habías marcado previamente. Por lo tanto las navidades son ciclotómicas, tristes y traumáticas.

Retomo la percepción anteriormente plasmada que me ha hecho augurar un cambio sustancial en las fiestas de este año. Percibo en el comportamiento de bastante gente, ya no sólo de los que me rodean sino de la gente en general, una saturación fruto de la anunciada navidad. Quizás estemos entrando es una magnífica fase de crisis en lo que respecta a todos los motivos navideños, quizás ya no tengamos que soportar las absurdas felicitaciones de cualquier conociducho con el que te cruzas una vez al año ni los tópicos de nochevieja, sin duda la peor noche del año para ser original. Como ya sabréis, no creo en las revoluciones destructivas sino en las pequeñas reformas, y es posible que sea eso lo que acabe pasando: una reinvención de la navidad. Aprovechar para otro tipo de cosas y comportamientos alejados de los preestablecidos, siendo unas verdaderas y plenas vacaciones. Se me ocurre, a bote pronto, cambiar la dinámica de regalos. Comprar cada uno un regalo, dejarlo envuelto, y que luego otro coja el que le venga en gana. Claro que habría que hacer regalos más generales, yo no quiero la combinación de mi abuela.

Espero que Cronos se de cuenta de que la familia numerosa ya no se lleva y empiece a usar el condón en sus futuros encuentros. Ojalá el año que vi
ene no tengamos nacimiento, por lo menos tan prematuro.

Brain xirimiri

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Empiezas a leer el artículo


Una palabra que llama tu atención, algo que te hace verlo todo en escala de grises excepto la palabra. La descontextualizas, la remarcas, la ves enfocada y todo lo demás está tras una fina e inquietante tela de terciopelo transparente, como si de humo se tratara. Lo ves claro, esa palabra te quiere decir algo, es probablemente más de lo que ninguna otra de las que tiene al lado habría soñado a aspirar jamás. Pero, ¿por qué esa? No lo entiendes, ya que todas son iguales, regularmente perfectas, de tipo Times, sólo hacen que el texto parezca más profesional de lo que realmente es. Unas formas, un conjunto de curvas cerradas que se pueden describir con fórmulas, ese conjunto de pequeñas manchas sobre el papel te secuestran a un pensamiento ajeno, o mejor dicho, te rescatan del tuyo. Y sientes que la apuntas en una hoja, y la englobas en un huevo imperfecto, como el de una gallina novata.

Sin saber que te quiere decir esa palabra juegas con ella. No con su continente, sino con su contenido, su esencia. La acabas secando, pero para entonces ya as plantado semillas y han surgido otras palabras, otros pensamientos que también secarás. Pero no importa, en la segunda recogida de ideas ya nada tiene que ver con lo que lo había generado todo, o por lo menos no con lo que tú habías pensado que iba a generar. Porque las ideas son así, no sabes porqué, pero simplemente mutan y te traen a la prima del pueblo que nunca habías visto con una cesta de mimbre llena de productos naturalmente naturales. Y piensas en qué podrás hacer con ellos, un revuelto de ajetes, un pisto tradicional, un pastel de carne… Y sin darte cuenta estás encerrado en la cocina pensando cómo cocer todo, o freirlo, que ingredientes utilizar y en qué cantidades. Te enfrascas en ese mundo y sin darte cuenta, no te has preocupado por la prima, que se ha quedado en el salón. Quizás te des cuenta cuando hayas terminado de cocinar o cuando te hayas aburrido, pero hasta entoces la prima que espere sentadita. Y cuando sales, te disculpas por haberte descentrado, y la atiendes. Pero lo más importante, lo que nunca te has atrevido a pensar, lo que realmente es emocionante y lo más chocante ni te lo preguntas: ¿ésta es prima mía?

Imaginar es dejarte llevar, una idea lleva a otra y algunas te las pierdes. También es como cocinar, aunque nadie cocina por cocinar, siempre se cocina para comer. Sin embargo, muchos pensamos por pensar, o pensamos en pensar o incluso pensamos para pensar.
Deja de pensar, o vuelve a empezar.


Cállate la boca

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Hay gente que no calla. Hay gente que, simplemente, no puede mantener la boca cerrada. No me refiero a la gente como yo, los que en cuanto tenemos una oportunidad de meter la pata no la sabemos desperdiciar. Sí, somos capaces de sospechar que algo malo ha pasado pero no somos capaces de dejar de preguntar por ello:

(Crees recordar que tiene una hermana)
- ¿Qué es de tu hermana?
- ¿Sara?, pero si se murió hace dos meses.
(Mierda, pregunta por la otra, aunque no sé si tiene más)
- No, lo de Sara ya lo se, lo siento. Me refiero a tu otra hermana.
- Cabrón, eres un desgraciado.
(Parece ser que hace poco que su hermano salió del armario)

Un clásico es la que tras encontrarse con una amiga de la infancia, a los diez minutos de conversación, le dice a un chico negro que estaba al lado: “Perdona, pero no te vamos a comprar nada”, a lo que su amiga le responde: “Es mi marido”. Y es que cosas como esa pasan, así que lo único que podemos hacer es reírnos de nosotros mismos: “Me da igual que sea tu marido, tampoco le voy a comprar nada”. Muchas veces, en vez de salir del hoyo cavamos más hondo, pero por lo menos nos reímos un poco.


A los que me refiero, a los de la incontinencia verbal, es a los que no pueden parar de hablar, parlotear o emitir ruidos sin sentido. Los síntomas son: hablar por hablar, interesarse por cosas de las que no tiene ni idea, preguntar por el estado meteorológico y acompañar cada movimiento con un ruidito característico y único. Todos estos síntomas se agravan con la edad y son degenerativos, siendo las personas mayores especialmente sensibles y padeciéndolos con más frecuencia. El entorno donde se puede hacer un diagnóstico diferencial es el ascensor. Según la edad, los enfermos no pueden evitar realizar estas preguntas:

[0-4 años] (A la madre/padre). ¡Pero qué niño más guapo! Hay que ver cómo crecen.
[5-15 años] ¡Qué grande estás!. Cualquier día pasas a tu padre/hermano. (Especialmente jodido si se lo dicen al hermano menor delante del hermano mayor)
[15-19 años] ¿Qué, al/del colegio? ¿Qué estabas estudiando?
[20-40 años] Parece que ha refrescado.
[41-70 años] ¿Qué es de tus hijos/nietos?

Pero los que padecen esta incómoda enfermedad no se limitan al ascensor. Otro de sus lugares predilectos para contaminar las ondas es el cine. Este tipo de personas no pueden evitar comentar los detalles más obvios de la película, en voz bien alta. Así, cuando sale la torre Eiffel se apresuran a decir: “Mira París”, y algunos pocos terminan la frase con “allí he estado yo”. Son en general gente con moralidad muy definida y extremista, y así con su natural perspicacia sentencian en cuanto ven a un personaje al principio de la película: “Ése es el malo”. Pero si la película no define claramente los personajes, entran en estado de crisis y no paran de repetir durante los créditos: “¿Tú que crees, el mayordomo era el asesino o no?” Es especialmente molesto cuando en las escenas de intriga, en las más emocionantes, te expulsan de la película por muy adentro que ésta te hubiera atrapado con un “uuuuyyy” más que inoportuno o con un “¡Qué susto me ha dado, chica!”.

Si estás haciendo cola para el teatro o el supermercado estás en peligro. Se te puede acercar un pesado y tras la pregunta de clara respuesta “¿Es ésta la cola?” pueden empezar a intentar entablar conversación con obviedades sobre la obra del día anterior o la mortadela con aceitunas, que es la favorita de su nieto (y no me extraña, uno de los grandes inventos de la historia). Generalmente el objeto de esa conversación es que acabes sintiendo compasión hacia ellos y les guardes el turno en la cola mientras ellos hacen otras cosas. Intentar evitar, pues, estas situaciones, nos librará de algún que otro embrollo y repercutirá positiva y directamente en nuestra salud mental.

Pero, ¿qué se puede responder a la pregunta “qué tal”? Sinceramente, el responder bien, como se presupone, no da demasiada información. El decir que mal, da pie a la segunda y de más engorrosa respuesta, a la pregunta “¿Por qué?”, o “¿Pues?- a la vasca”. Trucos como “Jodido pero contento” o “Tirando del carro” nos ayudan de vez en cuando, pero ya son muy típicos. Propongo responder tajantemente a esto con un “¿De qué quieres hablar?” Ya que está claro que detrás de eso hay una necesidad de comunicarse, o quizás de que le des pie para que te cuente algo o una necesidad afecto humano. Es mejor y más eficiente preguntar, directamente, sobre qué quiere hablar el primer conversador, e incluso podremos hacerle ver que es uno más de esos a los que llamamos familiarmente “sobas” y que simplemente necesita dar la paliza para anestesiarse a sí mismo.


Los abuelitos acompañan gestos con ruiditos generados normalmente al soltar la lengua del paladar superior, como si se despegara una ventosa. Los suspiros, también típicos, indican que se han sentado y la tos forzada que la televisión habla ( o grita, mejor dicho, que el volumen siempre es muy alto ) de temas que les desagradan, como violencia o sesso ( problemas de dicción para pronunciar la equis como es debido ). El “¿Qué fue de...?” les da mucho juego, especialmente cuando se juntan más de dos y critican, que mola más que hablar bien de alguien, a diestro y siniestro. Hablar por hablar, eso es lo que hacen. Ejemplo:

- ¿Qué tal tu cadera?
- Va a llover, me duele cuando va a llover.
- Hay que ver...
- La verdad es que sí.
- Si todo fuera tan fácil – y así hasta el infinito.

Guerra a los pesados. Si alguno acecha, huyamos. Basta ya de explicar lo que hicimos un rutinario sábado por la noche, o hablar del partido del equipo local o de tener que decir por qué nuestro perro tiene que llevar eso al rededor del cuello que le hace parecer una lámpara de mesilla con patas.

¿Qué os hace creer que hay que hablar para estar vivos?


Los leones de León

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Sonó el teléfono. Una simple llamada cambió por completo mi vida. En realidad, era el principio del final, vaticinaba malos momentos, una voz fría y quebrada pero a la vez mecánica y humana, como si fuera una profesional de las malas noticias. Me citó en una consulta del hospital, y pese a que mi horario no me permitía acudir, la voz insistió y me dijo que no me quedaba otra opción. Era cosa de vida o muerte; obviamente, no utilizó esa expresión tan peliculera, pero ahora sé que tenía que haber dicho que era cuestión de muerte o muerte. Yo no sospeché nunca lo que me iban a anunciar, seguí con mi rutinaria vida normal, llevando a mis hijos al colegio y amando a mi mujer, una vida a la que nunca había aspirado pero que admití con naturaleza, sin plantearme, hasta entonces, qué quería haber hecho con ella y si realmente era lo que en la juventud soñaba, tomar mis decisiones, improvisar y vivir el momento. Sonaba tan cursi como lejano, parecía el lema de una película de presupuesto medio en la que uno de esos actores ya alcohólicos resucitan en las pantallas interpretando el papel del padre de un hijo problemático y ganan muchos premios y vuelven a estar el la cresta de la ola. Quizás el ejemplo sea mejor de lo que pensaba y más que el lema de la película yo andaba detrás del argumento.

El médico me saludó frió y me estrechó la mano con firmeza, algo que no esperaba. No suele ser común actuar con tanta seguridad a la hora de dar malas noticias, su voz era imperturbable, con un tono terroríficamente constante. Sin rodeos, tenía el sida. El análisis de sangre que me hicieron con la donación así lo había rebelado. Hacía dos días que había ido a donar sangre y por seguridad analizan todas las donaciones antes de entregarlas. El
médico no se explicaba cómo podría ser, y me repitió las preguntas del cuestionario previo a la donación. Yo no lo escuchaba realmente, no había llegado a asimilar lo que me había dicho; su voz sonaba de fondo, música casi ambiental, como cuando pasas al lado de un garaje en el que está ensayando un ruidoso grupo amateur. Percibía sonidos pero no los digería. Pero el médico se paró y alzó el tono “¿Seguro?” Le pregunté qué me había dicho, y me repitió “¿Ha mantenido usted relaciones con personas diferentes a su pareja habitual?, ¿Ha tomado protecciones?”

Mierda, no podía ser. Un desliz, una tontería, parecía sana. Ni siquiera tuve tiempo a contagiarme, fue todo rapidísimo, como la primera y estúpida vez de un principia
nte, no tuve ni tiempo de disfrutarlo. Le respondí que sí, una especie de prostituta. De repente el médico pareció ofenderse, me dijo que cómo había sido capaz de arriesgar la vida de otras personas. Le dije la verdad, ni pensé en ello, respondí el cuestionario sin hacer memoria realmente, el trabajo me agobiaba mucho por esas fechas. Pero ese brote de rabia desapareció rápidamente y su gesto volvió a su antiguo y reposado estado; parecía que la lástima todo lo podía. Me empezó a hablar de tratamientos, de riesgos y posibilidades, al parecer más análisis y pruebas. Me dijo si tenía mujer e hijos, dos y una, respectivamente. Sonrió, creyó que era un chiste pero me salió sin querer. Después empezó a hablar de lo que podía haber llegado a hacer. Yo no estaba para bromas, ni pensé por qué se reía. No era mi mayor preocupación. Le dije que me dejara tranquilo y quedé en ir al día siguiente a su consulta a primera hora, necesitaba pensar en todo. El lo entendió, me dio ese margen de confianza y me fui.

Flotaba, esa era la sensación; andaba por la calle como si estuviera siendo arrastrado atado por la cabeza, a trompicones, medio metro encima de la acera. No podía parar de pensar en esa chica, gritando, llorando. Me sentí muy mal, me la habían jugado. Parecía que todo lo habían preparado, no podía pasar por casualidad, todo era demasiado improbable. Mi situación era la de alguien que se odia, una extraña sensación, saber que tienes algo corriendo por tus venas que es ajeno y a la vez tuyo, que te va matando. Era una especie de suicidio involuntario, me daban ganas de arañarme hasta hacerme sangrar, vaciarme, quedarme sólo con la piel, que parecía ser lo único que no estaba pudriéndose.
No cogí el coche para volver a casa, ni se me ocurrió. Lo normal habría sido pensar en
cómo se lo iba a decir a Marta, qué le diría, que pasaría con los niños. Pero nada de eso pasó por mi mente, no podía pensar en las consecuencias, estaba bloqueado. La cara de la chica en todas partes, sus diminutos e irregulares dientes, quebrados como si hubiera masticado piedras. Y sobre todo su mandíbula, a punto de dislocarse, un grito tan agudo como suave a la vez, un gatito amplificado, como si le hubiera robado algo que nunca jamás le podría pagar; no podía situar el virus en esa chica.

Entré en el portal de mi edificio y me senté en las escaleras. No podía subir, no sería capaz. En este momento no soy apto para explicarlo, pero me tuve que marchar. No fue algo ni impulsivo ni predeterminado, simplemente sucedió. Fui al cajero con naturalidad, saq
ué el máximo que la tarjeta me permitió y me fui a un taxi. Entré sin preguntar, me senté detrás. “A Madrid, al aeropuerto, salidas. Tenga”. No se ni cuanto le di, unos siete u ocho billetes grandes. Al principio pareció negarse hasta que comprobó la cantidad; todo el mundo tiene un precio, y ése era el suyo. Durante el viaje intentó preguntarme un par de veces por mi situación, pero yo le ignoré. Miraba la ventanilla y veía todo pasar, quizás eso era lo que necesitaba, velocidad y que el movimiento me llevara, distraído. Sólo tenía en mente que al llegar al aeropuerto compraría el primer billete a Shanghai. No importaría cuándo, ni cuánto, ni siquiera por qué. A Shangai, sólo eso; y rápido.

El taxista me despidió en el aeropuerto con un falso “Suerte”, y enseguida llamó a su mujer para decirle lo que le había pasado y que llegaría tarde a cenar; me extrañó que le avis
ara tan tarde. Ni se me pasó por la cabeza copiar la acción que estaba realizando el taxista, ni siquiera me sentía mal conmigo mismo, no tenía que llamar a nadie. Avancé rápido y pregunté en el primer servicio de información por el primer vuelo a Shanghai. Me dijeron a qué hora era y dónde tenía que reservarlo, el número de oficina. El primero hacía escala en Frankfurt y perdía seis horas en el aeropuerto entre vuelo y vuelo. Decidí esperar cuatro horas en Madrid y coger el segundo, un inesperado vuelo directo. La vez anterior tuve que hacer la escala y no me veía con fuerzas, quería algo inmediato. Compré uno de los pocos billetes que quedaban, la chica que me atendió me dijo que tenía mucha suerte. Me dio igual. Cogí el resguardo, compré todo tipo de chocolatinas con alto contenido en azúcar y me senté en unas incómodas sillas. Con la cabeza apoyada en la pared, los ojos cerrados y hacia arriba, tragando sin parar. Hice un intento de aclarar mi situación pero resultó en vano, no podía pensar en nada. Ya se me ocurriría algo en el avión.

Me desperté con las piernas doloridas, era el pequeño asiento de clase turista. Había dormido ya cinco horas y mi mente no estaba situada. Hasta ese momento no pasó nada especial, entré en el avión a la hora sin facturar nada, con mi maletín negro de ejecutivo bajo el brazo y me acomodé tanto que rápidamente me dormí. Desperté y me encontré conmigo mismo, era la primera vez desde que había estado con el médico que me enfrenté a mi situación. Treinta y muchos, casado, dos niños, sida. Algo no cuadraba. Pero tampoco pensé demasiado en mis hijos, ni en mi mujer; egoístamente, sólo pensé en mí. ¿Qué me había llevado a actuar así? No era mi manera de actuar, en el trabajo destacaba siempre por solventar con
flictos, siempre me había enfrentado a las situaciones. No recordaba que yo fuera así, me tenía que remontar más de una década atrás. En la universidad, cuando navegaba en un charco de dudas, cuando no era capaz de tomar decisiones, sobre todo en lo personal, era un experto en huir. No me había enfrentado a los problemas, nunca me enseñaron a hacerlo y creía que iba a ser un eterno fugitivo. Pero terminé la carrera, empecé a trabajar y me vi en un papel que me tocaba interpretar superior a mí; y me amoldé, no sabía cómo, no me lo había planteado hasta ese momento. Todo lo demás vino después, Marta, la casa, los niños. Era lo que nunca pensé que llegaría a ser, lo que nunca había sido mi meta, me había convertido en lo que aparecía en el lado oscuro del espejo. Yo era el yo indeciso, el joven de la carpeta que se paseaba por la cafetería de la universidad, que leía cuando quería y al que no le importaba que dijeran de él. No era ese actor de segunda que había hecho tanto la misma función, la misma escena, que no podía escapar de ella. Eso era yo, el yo escapista, el fugitivo otra vez.

A la izquierda una chica con cara agradable me estaba mirando.
- Hola, toma, han repartido comida y te he guardado esto. No quería despertarte con la bandeja.
Gracias, le dije. No quería hablar con ella, estaba intentando centrarme un poco, algo que me costaba y que me gustaba a la vez, no saber qué hacer. El no tomar ninguna decisión e
ra, en sí, la decisión que más me había costado tomar.
- Me llamo Lucía.
Yo soy León, respondí. En ese momento supe que tendría que hablar con ella hasta el final del viaje, lo intuí. La siguiente pregunta fue sutil y lógica, no así la respuesta.
“¿Negocios?” No. Hace unas quince horas que se que tengo el sida. Trabajo en una empresa de grandes máquinas, robots. En un viaje de negocios hace cuatro meses, tras firmar un acuerdo con una empresa china nos emborrachamos y acabé tirándome a una joven, prostituta supongo. Tengo dos niños y estoy casado, seguramente haya contagiado a mi mujer, no estoy seguro. Hasta ahora no me había dado cuenta, tiene gracia. No se, también podría ser e
lla la que me hubiera contagiado. Bueno, no, eso es imposible. Y no sé qué hago aquí, sé que voy a Shanghai. Es curioso, creo que aunque me hubiera contagiado ella y me lo hubiera dicho, también habría actuado así. No le he dicho nada, no he hecho nada y no se que hacer.

No volvimos a hablar en todo el viaje, mis predicciones no habían resultado esta vez, quizás era todo lo que ella quería oír o quizás se asusto; mejor así, yo tenía que pensar.
Llegué a Shangai y tomé un taxi en el aeropuerto, le enseñé la dirección que todavía te
nía apuntada en la agenda, la del hotel en el que me alojé el viaje anterior, el hotel Baolong, un hotel enorme para gente de negocios con un bar muy interesante. Llegué al hotel, cogí una habitación y sin subir a ella fui directamente al bar. Me podía defender con el poco inglés que dominaba y enseñando la tarjeta de crédito como si fuera el carné de identidad. Me senté en una mesa al lado del piano de cola blanco, en el medio de la sala. Al poco vino un camarero de pajarita y me trajo una carta de cócteles y bebidas, no conocía ninguna. Pedí un güisqui llamado Michael Collins, lo elegí porque recordé que era el nombre de uno de los astronautas del Apolo 11, primeros en llegar a la Luna y también el de un revolucionario irlandés que murió en la Guerra Civil de Irlanda. Es probable que yo me sintiera un poco como ellos dos, por contradictorio que pueda parecer. Era una curiosa botella de cuello largo, similar a las de vino. Yo no solía beber güisqui pero reconocía que ése era uno muy fino. La tercera vez que le dije al camarero que viniera le ordené con gestos que dejara la botella entera en la mesa. Se llevó la tarjeta y más tarde me la devolvió.

Bebí hasta no controlar nada de lo que hacía. No se cómo me las arreglé para llegar a mi habitación, no recuerdo si me tuvieron que ayudar, pero probablemente fuera así. Me desperté varias horas después, sorprendentemente sin dolor de cabeza ni nada por el estilo. Me duché y me puse la misma ropa, sudada y maloliente. El reloj de la mesilla marcaba las trece doce. No sabía que iba a hacer, estaba en Shangai, sin rumbo y guiándome por lo
que mi mutado cuerpo me pedía. Podría ser la enfermedad la que mandara; o incluso la enfermedad había servido como antídoto para mi otra enfermedad, la que me había hecho actuar durante quince años o más. Fuera lo que fuera, saqué la agenda de mi cartera y bajé en el moderno ascensor central a recepción, guiado por un impulso.

Conseguí contactar con el traductor de la empresa con la que trabajé en mi viaje anterior. Quedamos a las tres de la tarde en la recepción del hotel y hasta entonces fui a uno de los restaurantes que había dentro. Pedí al azar, fue mi dedo el que mandaba sin ninguna razón especial. Me comí todo excepto unos palitos demasiado salados que contrastaban con l
a salsa dulce recién ingerida. A las tres, puntualmente, nos encontramos en la recepción. Yiang era un chico de padre chino y madre española, una extraña mezcla de razas que le hacía sentirse diferente en todos los sitios. Hablaba perfectamente ambos idiomas, algo por lo que estaba muy cotizado.

“¿Cómo así por aquí?” No te voy a dar muchos detalles, pero necesito datos, algo. ¿Te acuerdas de la última noche, de la borrachera? Asintió con la cabeza. Necesito contactar con la chica, la puta, la de la peluca verde. No me preguntes por qué, sólo dime, fuiste tú
la que la consiguió, ¿verdad?
“Sí, pero ¿qué te pasa?” Nada, no te importa. Sólo dime, por favor.
Esperó un largo rato, una pausa que no me sentó nada bien. Finalmente arrancó. “Las chicas para los visitantes nos las consigue un tal Jimmy Loyin. No es su verdadero nombre, el apellido probablemente sí. No sé donde tiene el prostíbulo o de donde sea que las saca, yo sólo llamo y nos las manda al restaurante o al hotel. Sólo sé eso. La noche que le llamé para tu chica me dijo que no tenía ninguna, pero que algo podría hacer. Nosotros le pagamos a través de un contacto, nunca a las chicas” Yo creo que le había dado dinero a mi chica, no e
staba muy seguro.
Es importante que me ayudes, tengo que contactar con la chica. Por favor, te pagaré lo que quieras. Sólo pídesela otra vez, o iré yo a por ella. Llámale por favor.

Me costó convencerle pero finalmente llamó. Mientras tanto yo fui a por un par de güisquis que me acabaría bebiendo yo solo. No sabía para que quería contactar con ella, qué le diría, si realmente me interesaba verla o si me había enamorado. Todas las opciones eran improbables y partían de una situación absurda, insostenible, estaba en una ciudad desconocida, en un enorme hotel de negocios buscando a una puta no sé para qu
é y sin haberle dicho a nadie que estaba contagiado del VIH. Pero seguía sintiendo que algo había pasado, por algo era así todo, yo no tenía otra forma de actuar.
Volví a la mesa y puse los vasos sobre un periódico. ¿Y bien? “El me ha dicho que esa chica no es posible. Le he insistido y me ha dicho que era su hija, que no le gustaba mezclarla en sus asuntos, le he dicho que era normal, no vendrá” No, por favor, vuélvelo a hacer, te pago, dile que le ofrezco diez veces lo que pida, que no hay problema de dinero. Por favor, que venga el, yo le pagaré.
Estuvo a punto de irse, pero finalmente Yiang cogió el teléfono y volvió a llamar. Esta vez sí que le convenció. La chica vendría a las cinco y su padre iría a buscarla a mi habitación una hora más tarde, quería que le pagara en efectivo. No habría problema, sacaría dinero de la VISA. Yiang me dijo que él no quería tener nada que ver y se marchó apresurado. Le d
ejé un gracias en el aire.

A las cinco en punto golpearon la puerta de mi habitación. Yo estaba ya medio borracho, me había tomado unos cuantos güisquis y la botella estaba en la mesilla, por la mitad. No había pensado cómo iba a comunicarme con ella, no creí que supiera inglés. Realmente, no había pensado ni qué le iba a decir, no sabía para que la había llamado. Entró en la habitación, ahora no llevaba peluca sino un traje de colegiala. No parecía un disfraz, era seguramente el uniforme de su colegio, tenía un escudo bordado con dos leones. Entonces me di cuenta de verdad. La falda era demasiado
larga como para excitar a un hombre y llevaba calcetines hasta las rodillas en vez de medias. Me odié a mi mismo como nunca antes, la niña tendría a lo sumo quince años y me la había tirado. Pero alguien lo había hecho antes, alguien la había contagiado y luego ella a mí. Me lo merecía, no tenía perdón. Nunca se está tan borracho como para mantener relaciones y no diferenciar a una niña de una mujer. No había excusa, era, irremediablemente, una niña. Me lo merecía.
Ella pasó y se apresuró a mi bragueta. No, grité. La empujé bruscamente y se asustó. No me podía mover, me derrumbé. Todo lo que había retenido hasta entonces, desde la llamada del médico, se me vino abajo. Ya no valían tonterías ni justificaciones. No buscaba a nadie, ni huía de nadie. Era un monstruo, no podía hacer nada, eso era lo que buscaba, confirma
r lo que sabía desde el primer momento, o lo sospechaba. Siempre lo había sabido, no podía engañarme, seguro que en mis adentros algo me decía que tenía que arreglar el asunto. Me habían contagiado, y a ella seguramente otro tío o quizás su propio padre, y yo luego a mi mujer. Todo había pasado por mi, irremediablemente.

La niña se sentó en la cama. Estuve pensando en pedirle el carné de identidad, quizás sí que era mayor y eso me aliviaría un poco. Pero el daño estaba hecho, mi mujer contagiada, esta chica explotada, mi vida se apagaba poco a poco. Ni trabajo, ni familia, ni vida. Ya no me valía sentirme como en la universidad, allí todo era fácil, mis padres me daban dinero y yo sólo respiraba. Ahora no tenía a nadie. Entonces supe que esa llamada sí que cambió m
i vida. No habría reventado de no ser por eso. No había otra causa, aquel fue el factor detonante; sino, me habría dado cuenta de otra manera que estaba contagiado, ya más enfermo, en otras condiciones. Pero todavía me faltaba atar un cabo. ¿Por qué me acosté con la cría? No tenía respuesta o no podía admitirla.
Agarré a la chica del brazo, cogí la botella por el cuello con la otra mano y esperé una hora. Allí acabó mi viaje, dejó de sonar el teléfono.





Lola en rojo

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Un fuerte golpe me despertó. Fue una sensación extraña, esperas despertar por la luz o por un fuerte ruido a lo sumo, pero no estamos preparados para despertar de un puñetazo. El sueño, que ya de por sí es abstracto, se deshace con ideas que no puedes definir; en ese momento percibes monstruos, mutantes que mezclan lo peor de los sueños y de la realidad. Aturdido, desorientado, sin ser ni siquiera capaz de plantearme por qué me estaba pasando eso. Tomé la decisión inconscientemente, me quedé tumbado en la cama respirando lo más suavemente posible, sin hacer ruido. Realmente, pensándolo bien, en aquel momento no sabía si podría levantarme nunca más o si era realmente yo, el yo despierto, el que quería fundirse con las movidas sábanas de mi cama. No era capaz de ver nada, no sabía ni siquiera si era fruto de la oscura noche o si no había abierto los ojos. Todo era azul oscuro, casi gris, casi negro. Veía un infinito plano negro, como una alejada pared, como si me hubiera elevado metros del suelo de la habitación.

Más tarde me desperté, no sabía cuánto tiempo había pasado. Esta vez el despertar fue normal, excepto el fuerte dolor de cabeza que tenía. Me llevé las manos a la frente y toqué una viscosa capa de sangre a medio coagular. Mi pelo estaba también ensangrentado y duro, la sangre seca ejercía de fuerte fijador. La almohada había filtrado mucha sangre hacia su interior y el plumón estaba empapado por dentro, notaba con mi nuca medianas bolas dentro de la funda, del tamaño de albóndigas pequeñas, que se habían formado mientras yo dormía en esa especie de coma. Definitivamente había perdido mucha sangre y estaba muy debilitado. Cada respiro, cada entrecortada bocanada de aire que tomaba , bajaba
hasta mi estómago y mi organismo intentaba digerirla, era aire oxidado, cargado de olores orgánicos, olía a sangre y a lluvia industrial. Intentaba recuperar fuerzas con lo poco que podía hacer.

Lo primero que hice fue mirar a mi izquierda y busqué a Lola frenéticamente con la mirada. No había ni rastro de ella, aún quedaban las marcas de su cuerpo en las sábanas. No sabía si habría marchado a avisar a la policía o la habían secuestrado, la situación de las sábanas no me ayudaba pues ella se movía mucho por las noches y podría haberse levantado por sí sola dejando la cama así. Aproveché a mirar la hora, 5:12, y el pequeño LED parpadeando en AM. Entonces sí que decidí levantarme y traté de incorporarme con los brazos. Al parece
r no tenía dañado nada en el tronco, excepto la cabeza y un suave dolor en el pulmón izquierdo. Pero al intentar mover la rodilla izquierda me paralizó todo el cuerpo, mandó una descarga eléctrica a todas las direcciones que como una onda expansiva hizo que se me estiraran todos los músculos. Tieso, creo que grité. Intenté subirme el pantalón del pijama para ver la rodilla pero no pude. Aparentemente no había sangre a esa altura, lo que me hizo pensar, entre helados sudores, que me la habían roto con algo contundente. No podía hacer nada, estaba paralizado.

Pasé los siguientes diez minutos pensando en mi situación, en todo lo que podía haber pasado y en dónde estaría Lola. Cada vez se me ocurrían cosas más disparatadas y pesimistas, había pasado de un simple robo con violencia a que un ex novio de Lola, celoso, me hubiera destrozado las piernas, las costillas y la cabeza a golpes con un bate de aluminio. Pero no pude aguantar, era casi tan duro aguantar mis suposiciones mermado como el dolor físico, y decidí volver a intentar levantarme. Esta vez me agarré fuertemente a la sábana bajera y me empujé hasta fuera, cayendo violentamente contra el suelo. Me rompí una muela de la fuerza que hice al apretar la mandíbula para soportar el dolor, estoy seguro de que ahí grité. Desde el suelo tampoco podía levantarme, tenía que ir a rastras haciendo fuerza con mis codos y el pie derecho. Lo que más me costó fue darme la vuelta, una vez boca abajo conseguí una técnica digna de cualquier reptil malherido sin patas.

Empecé a moverme pero paré pronto. Realmente no había decidido si quería salir de mi habitación, podría ser que quien fuera que hubiera hecho todo todavía estuviera en mi casa. No sabía cuanto tiempo había estado dormido y si le habría dado tiempo de robarme, o lo que fuera que hiciera [1]. Pero decidí seguir adelante, que me pasara lo que fuera, si alguien me hubiera querido matar lo habría hecho antes cuando no tenía oposición, y supuse que aunque le pillara ahora tampoco me mataría. Seguí hacia delante y pasé al pasillo. No era capaz de distinguir muchos detalles, todavía todo estaba oscuro; pero el olor volvía a ser tan intenso como el de mi habitación, a sangre agitada y esparcida. No le di demasia
da importancia, podría ser la mía bajando por la cara de nuevo. Aparentemente no había ni rastro de nadie, no se oían ni pasos ni movimientos, aunque percibí que algunos muebles habían sido movidos.

[1] Pensé que lo más probable hubiera sido un robo con violencia, últimamente en las noticias habían dado sucesos de ese tipo en casas unifamiliares. Habían comentado que se trataban de redes de mafiosos de la Europa del Este, muy bien organizados y en su mayoría con entrenamiento militar. No pude borrar de mi cabeza la cara deformada de uno que sufrió una brutal paliza para robarle y pensé que la mía estaría parecida, o peor quizás.

La primera estancia en el pasillo era la cocina [2]. Empujé la puerta hacia delante y conseguí abrirla. Era algo dantesco, me dio una arcada en cuanto lo vi. Todo, absolutamente todo, esta repleto de sangre. Las paredes eran más rojas que blancas, su color original. La luz penetraba por la ventana del fondo proveniente de una farola que había en el exterior de nuestra casa, en la fachada. La escena era repugnante, parecía un matadero, o la imagen que yo tenía del matadero, o algo peor. La pared estaba llena de huellas de manos, por todas partes, y
los cajones abiertos; incluso había un montón de cosas en el suelo, desparramadas, obviamente habían estado buscando dinero, o eso supuse. Pero lo de la sangre me desorientaba, que clase de enfermo haría una cosa así. Nunca había oído que ladrones hubieran manchado de esa manera ningún hogar. No sabía que pensar, ni siquiera de dónde vendría la sangre. Era el primer contacto que tenía con paredes manchadas de sangre y no era la idea que películas de miedo malas habían metido en mi cabeza. Era oscura y brillante, no era tomatera; la luz amarilla de la farola le daba un brillo casi artístico, una belleza grotesca y brutal. Sería sangre de algún pollo o así, pensé.

[2] Era un piso muy pequeño, un pequeño apartamento para el que habíamos trabajado duro. Estábamos de alquiler pero nos costaba llegar a fin de mes. Lola hacía dos meses que había perdido su empleo en la fábrica y con mi sueldo, que no estaba mal, no era suficiente. Los colegios privados pagaban menos que los públicos, pero estaba al lado de mi apartamento y los niños, en general eran educados. Hacía siete meses que vivíamos juntos, fue un paso que nos costó poco dar, fue la evolución lógica, era coherente. Tras un año saliendo, nos planteamos dejar nuestras casas y nuestros padres y tener un espacio común para ganar en intimidad, aunque yo seguí yendo a mi casa cada dos días. A Lola no le gustaba que fuera tanto, “sales conmigo, no con tu madre” me solía decir, pero sus comidas eran insustituibles. Cuando volvía al piso cargado de comida Lola no solía protestar, ya que ella era la primera que disfrutaba con los precocinados de mi madre.

Saqué mi cabeza de debajo del marco de la puerta de la cocina y me dirigí al final del pasillo,
al salón. No me apetecía comprobar en que estado estaba el cuarto de baño tras ver la cocina, supuse que mucho peor. Además, la puerta del lavabo estaba cerrada y me habría costado levantarme tanto como para llegar al picaporte. Me arrastré al salón y antes de entrar sentí miedo, pavor, no sabía si habría alguien todavía. De quedar alguien en la casa estaría allí, era el sitio de donde se podrían robar más cosas. Asomé tímidamente la cabeza y no pareció que hubiera nadie. Seguí hacia delante, poco a poco. El salón era la habitación más grande de la casa y tenía al fondo una mesa antigua de comedor que heredé de mi abuelo. Al lado del sofá había un teléfono, sobre la mesilla, pero se estropeó la semana anterior y tenía que comprar otro. El otro teléfono, el de la cocina, esta demasiado alto como para poder acceder en aquella situación.

Poco a poco llegué al fondo de la habitación. Aparentemente no había desperfectos ni destrozos, solamente estaba algo desordenando. Hace dos noches habíamos dado una fiesta con unos amigos y podría ser por eso, el sábado no nos apeteció recoger. Pero cuando me acerqué a la mesa volvió a venirme aquel maldito olor a sangre. No veía nada, no se de dónde podría venir. Me acerqué un poco más y encontré ropa, desperdigada. Era la ropa de Lola, eran su pantalón y sus bragas de dormir [3]. Estaban juntos, probablemente habían sido arrancados fuertemente o se las quitó ella a gran velocidad, algo que me extrañó. La situación oscurecía por momentos, aunque el no encontrar nada me
hacía sentir más tranquilo. Me volví a apoyar en los codos para llegar al final de la habitación, esperaba tener desde allí una visión más general de la escena, pese a la poca luz que había. De repente me di con la barbilla contra el suelo, se me había resbalado el codo. El suelo estaba húmedo, mi barbilla también. Era una especie de gelatina, era sangre otra vez. Había un gran charco de sangre cubriéndolo todo, no podía imaginar hasta dónde llegaría. Otra vez esa broma macabra, sangre para todos. Pero algo diferenciaba eso de la cocina, la sangre no estaba por todas partes en manchas desordenadas. La sangra estaba concentrada allí, en ese charco. Y todavía estaba fresca y tibia a la vez.

[3] A Lola le gustaba dormir con ropa interior. Era muy meticulosa con la ropa y utilizaba dos mudas al día por lo menos, una antes de meterse en la cama. Se duchaba dos veces al día, antes y después de meterse en la cama. Yo en cambio era más dejado y eso le hacía rabiar. A veces dormía con los mismos calzoncillos que había usado durante todo el día y eso Lola no lo soportaba. Alguna vez incluso estuvo a punto de no hacer el amor conmigo por que llevaba la muda del día debajo del pijama; menos mal que tenía diferentes recursos a los que recurría para volverla a convencer de practicar sexo. Yo creía que necesitaba enfadarse para sentirse viva, no eran grandes peleas pero si pequeños enfados que le hacían emocionarse, y a mi eso me gustaba. Siempre sabía hasta dónde podía protestarle y cómo arreglarlo todo.

Me fijé y la sangre provenía de la mesa. Estaba bajando una fina película constantemente
por una de las patas y de vez en cuando me caía una gota en la coronilla. Lo que fuera que hubiera arriba estaba desangrándose. Pero yo no podía llegar hasta arriba, ni siquiera alejándome sería capaz de verlo. Decidí darme la vuelta. Mirando al techo todo era diferente, parecía más normal. Tuve que moverme un poco porque una gota me entró en el ojo. Se me ocurrió agarrar la pata de la mesa y agitarla constantemente, quizás algo se moviera arriba. Efectivamente, tras unos movimientos secos se asomaron por el otro lado de la mesa unos pelos largos. Eran de Lola, los habría reconocido en cualquier parte.

Estaba arriba, tumbada, malherida. A ella también la habían golpeado y seguramente violado después, sino no entendía lo de la ropa. Quizás ella pudiera llamar a la policía, quizás a ella
no le habían destrozado la rodilla. Tenía que despertarla y empecé a gritar. Ella no se despertó en los cinco desesperados minutos que la llamé. Entonces me moví al otro lado de la mesa, pasé por debajo. En aquella parte no había tanta sangre, casi estaba perfecto. Allí encontré la parte de arriba del pijama, había sido arrancada porque no tenía botones. Me volví a dar la vuelta para mirar al techo y mover otra vez la mesa.

Estuve un buen rato agitando la mesa hasta que me rendí. No se despertaría, quizás se encontraba más grave que yo. Fruto del ajetreo había conseguido que asomara media melena que colaba hacia mí y quedaba a media altura. Había decidido que intentaría ir a la escal
era a gritar y despertar a algún vecino. Pero antes intenté tirar un poco de su pelo, incorporarme a duras penas hasta alcanzar un mechón e intentar por última vez despertarla antes de marchar. Le agarré un buen mechón, más de lo que pretendía, y al bajar mi cuerpo sentí que el mechón no se escapaba de entre mis dedos. Me lo llevé conmigo y noté un fuerte golpe en el estómago. No era capaz de levantar el mechón con mi mano izquierda, pesaba mucho. Miré hacia mi mano y el mechón terminaba en la cabeza de Lola. Sólo la cabeza, le habían cortado el cuello. No podía ser, palpé por encima de la cabeza, temblando, su cara, su nariz. Era ella, la habían descuartizado ahí encima, encima de la mesa.

Me derrumbé, la situación me sobrepasó. Era demasiado para mí, no podía ni moverme
ni empujar la cabeza, la tenía agarrada. Todo me repugnaba y no podía hacer nada, estaba torturándome: el olor, la luz, el silencio. Grité, grité hasta que mi voz desapareció. Me quedé mudo, agarrado al mechón, con la cabeza sobre mi estómago, mirándome [4].

[4] Al parecer un grupo de culto al demonio, algo parecido a una secta Satánica, confundió Lola con una c
hica embarazada que vivía en el piso de abajo. Querían llevar a cabo un sacrificio con un feto y no lo encontraron en Lola. La descuartizaron en el mismo salón con tres cuchillos de la cocina. La Policía llegó tres horas más tarde de mi hallazgo y todavía tenía su cabeza sobre mí. No han detenido a los cuatro asesinos. Se sabe que son cuatro por las huellas, pero como no tienen antecedentes no los han identificado.


Tu plástico

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La señora no se dio cuenta, hasta pasados los tres meses, que todo era mentira. Había comprado una planta de plástico, a un chino plastificado, y no se había dado cuenta de que era una cosa falsa. Cuando llegó a su casa la sacó de la fina bolsa de plástico blanco, y la metió en una maceta, mejor dicho, en un bote de duro plástico marrón. Todas las tardes, porque ella siempre había oído que las plantas hay que regarlas a las tardes, salía al balcón y dejaba caer un fino chorrito de depurada agua sabor a plástico inclinando la regadera de plástico. La planta, obviamente, no absorbía nada sino que repelía las gotas impermeable-mente y hacía que se deslizaran hasta el fondo del gran recipiente. Un trimestre entero, aguantando las lluvias de la zona y los riegos de su dueña, perdiendo el color suavemente por la exposición solar, desfibrándose las hojas por los bordes, torciéndose para abajo.

Allí está ella, en su ventana, muerta de risa. No puede comprender cómo le pudieron engañar de tal manera. Tres meses enteros, sin evolucionar, de vida muerta, de producto industrial acabado. No puede creerlo. Pero tras las lágrimas y las carcajadas, brota la insatisfacción. Algo está mal, ella quería una planta y se ha dado cuenta al desbordarse el agua por los lados del tiesto, que algo va mal. No es de verdad, es
un sueño. Peor, es una pesadilla.

Todo es de plástico. La gente anda por la calle tapada con plásticos. Las motos son de plástico. Bolsas de plástico. Vasos de plástico. Televisiones de plástico y sonrisas de
plástico dentro. Tetas de plástico. Pero la naturaleza puede más que el plástico, que se cae, se deforma, se altera, se pudre y te mata. Fuman plástico. Comen plástico, somos lo que comemos, somos plástico. Los pensamientos son impermeables, blandos, personalidades de plástico. Las casas tienen más plástico, desde abajo hasta arriba. Me estoy dando cuenta de que todo es plástico, y es repugnante. El plástico se muere rápido, es una polilla que nace y muere al amanecer. Tenemos que ser orugas, crecer, agrandarnos y madurar, ser mariposas por fin. Las mariposas se alimentan de flores, plantas. Las polillas comen ropa vieja, sucia, estropean; casi comen plástico. Las mariposas son preciosas, y las plantas, y las flores también. Las de verdad, no las de plástico.


Insatisfecha. Y pronto, destrozada, un mazazo en la cabeza con el martillo de la realidad. No lo entiende, por eso se enfada. Quiere creer que se enfada porque le han engañado, pero realmente se está dando cuenta, pese lo que le pese, que se enfada porque no lo entiende. De no haber sido así, se habría enfadado mucho antes en vez de esa risa tonta. Ella quiere plantas, pidió plantas, las plantas no son de plástico. No puede ser que durante su vida una palabra haya mutado de significado. Antes las flores eran flores, sin ningún atributo especial: olían, tenían color. Se llamaban flores, sólo eso. Ahora no puede ser que por flores se entienda eso, es horrible. Ella no lo entiende, ¿cuándo ha pasado todo?

El plástico es la consecuencia de un largo proceso industrial. Es un derivado del petróleo, es decir, de plantas que hace millones de años se murieron, mejor decir, transformaron y quedaron enterradas debajo del suelo de sus siguientes generaciones. Y maceraron, y se convirtieron en esa putrefacta y viscosa masa negra: petróleo. Y de ahí el plástico,
de los restos de huesos, bichos, heces, fetos, huevos, plantas antiguas. ¡Qué ironía! De lo que fueron plantas antiguas han creado plantas nuevas; plantas falsas, ni eso, han creado nada. Han sacado del todo la nada.

No se puede quedar ahí parada, la respuesta no está en la ventana de su cuarto piso, tiene que ir a preguntar. Porque, pese a estar enfadada, la señora está desorientada. Éste ya no es su mundo nunca más, es una extraterrestre recién llegada, no conoce el entorno ni los habitantes, ni los materiales; se parece a lo que esperaba, a lo que le habían dicho, pero no es exactamente lo mismo.

No puedo quedarme aquí, la gente, con sus cerebros de plástico derretido no me puede decir nada, nadie me lo explica.

Entra en el bazar todo a 1-2-3 euros. Todo barato. Todo de plástico, todo nada.

- ¡Hola! ¿En qué atendel?

Se saca de la bolsa unas hojas estropeadas, que a primera vista ni se distingue que un día hubieran sido una imitación de una planta. Realmente parece que la señora tiene razón, su forma de pensar no es convincente, pero eso no es lo que le vendieron.
- Buenas tardes, vengo a reclamar por este producto. Lo compré hace tres meses en esta misma tienda, a la señorita que se encuentra ahí detrás dándole el biberón al niño, que majico. El caso es que yo le pedí una planta y me dio esto- le señala con desprecio la bola de plástico sobre el mostrador.

- ¿Planta? Eso plantas.
- No, esto no es una planta. Esto es otra cosa, mire, es de plástico. Reclamo una planta de verdad, yo pedí una planta.
- Eso ser planta
- Lo siento pero no, no me iré hasta que me den una planta. No quiero. Tampoco quiero el dinero, quiero lo que pedí, una planta, no estoy loca.

Pasará dos horas de pies. Seguramente después, le pedirá amablemente una silla. El chino no tiene la culpa, ella no busca culpables, busca respuestas. Quiere su planta, que la acredit
e otra vez como habitante de la Tierra, tierra de plantas. El chino intentará devolverle el dinero, ella dirá que no. Incluso jugará con el bebé, le hará carantoñas, se lo pedirá a la madre para tenerlo en brazos. Pero esperará a su planta. A la hora de cerrar, al final, el chino, desesperado, correrá a la maceta de enfrente de la tienda y arrancará sin cuidado una de esas orinadas malditas plantas rojas. Pondrá las raíces en una bolsa y se lo dará a la señora, para que se vaya; y se irá a casa y plantará sus flores de verdad. Esa noche no tendrá pesadillas, tendrá un plácido sueño. Quizás se despierte de la pesadilla. O quizás sueñe despierta, pero ella tiene su planta, de verdad, de verdad.


Ideas y neuronas

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Nuestro cerebro manda, no nosotros. O si prefieres, somos lo que nuestro cerebro, somos cerebro. Cada opción que tomamos, cada respuesta o pensamiento, ha tenido un procesamiento cerebral que ha hecho que lleguemos hasta ella. Normalmente ignoramos esta capacidad, como cuando pensamos en que somos capaces de respirar sin pensar y nos da miedo dejar de pensar en tomar y devolver el aire por si se nos fuera a olvidar. Pero nuestro cerebro, nuestros cien billones de neuronas, nos hacen actuar de una manera; es decir, nuestra experiencia está basada en (o es alterada por) nuestro cerebro. Todo lo que hacemos está basado en lo que nuestro cerebro analiza, gestiona y ordena. Pero si hasta ahí parecía fácil, lo más apasionante es que las experiencias son a la vez las que alteran el comportamiento del cerebro. Es decir, al fin y a la postre, si el cerebro es el que nos hace actuar y son las actuaciones las que modifican el cerebro, el cerebro tiene una capacidad increíble de tomar las decisiones con criterio propio. Pero, ¿suele acertar?

Cada neurona puede relacionarse con otras neurona
s y crear diez mil conexiones diferentes en un segundo. Todas interactuando a la vez es una actividad caótica que ha de ser autogestionada por el propio cerebro que actúa de director de orquesta. Las conexiones son todas diferentes y pueden reforzarse repitiendo una experiencia, pero el cerebro, como nuestro entorno, está en constante cambio. Existe cierta información que permanece y que es la más curiosa: la conciencia de nosotros mismos. Cada mañana que nos levantamos somos diferentes, tenemos distinta cara, nuestra ropa es diferente y a lo largo de los años cambiamos. Pero tenemos un curioso concepto de nosotros mismos, al que percibimos en una tercera persona (el hombrecillo que vive dentro de nosotros) y gracias al cual somos capaces de forjar una personalidad. No podríamos ser capaces de tomar decisiones de no ser por ese concepto del yo, esas conexiones que permanecen inalterables. El setenta por ciento de las conexiones neuronales cambian cada día, la información transmitida toma diferentes caminos internos.

Conocer las capacidades de nuestro cerebro es imprescindible para cumplir con todos los objetivos que nos propongamos en todos los aspectos de la vida. Incluso es necesario para plantearnos los objetivos, la mayoría de los fracasos vienen dados por la mala elección de los objetivos, por pasarnos o quedarnos cortos. Conocernos supone saber a qué atenernos. El trabajar ciertos aspectos concretos nos ayuda a mejorar en general, ya que el cerebro toma parte en todas las actividades cotidianas y extraordinarias. La creatividad, por ejemplo, la tenemos que mantener siempre lo más excitada posible y hacer actividades que la fomenten, ha de ir ligada a nosotros en todo. Se ha demostrado que la creatividad y la inteligencia, pese a lo que se creía, no van de la mano. En las personas inteligentes, con mayor coeficiente intelectual, se observa mucha menos actividad cerebral que en las demás ante los mismos estímulos. Ciertamente es lógico, ya que para llegar a las mismas conclusiones necesitan menos recursos. Por otra parte, la creatividad no es tan eficiente sino más rebuscada, al fin y al cabo se trata de crear diferentes conexiones neuronales.

En resumen, las personas inteligentes no tienen por qué ser creativas pero trabajando la creatividad estaremos fomentando a la larga, y muy probablemente, la inteligencia; sin la premisa de que los inteligentes son creativos, se habla de “inteligencia-creativa”. Comenta el creativo director David Lynch sobre las ideas: “Las ideas es como ir a pescar. Cuando vamos a pescar necesitamos diferentes instrumentos, entre ellos una caña, un anzuelo y cebo. Si queremos pescar un pez pequeño nos basta con introducir un poco el anzuelo. Pero, por lo contrario, si queremos pescar el Gran Pez tenemos que ir más profundo. El deseo es el cebo, deseando enfocamos, concretamos, y donde centramos
nuestra atención eso se convierte en algo vivo. Entonces, enfocar en el deseo es poner el cebo. Cuanto más abierta es tu conciencia eres capaz de ir más profundo y todas las cosas, todos los pensamientos, provienen de ese sentimiento de unidad. Todo lo que cogemos de ahí abajo es más puro, más poderoso, abstracto. Todo lo que podamos hacer para captar más peces grandes es beneficioso para nosotros. […] Los peces son alcanzables y son preciosos, interesantes.”


El niño que miraba el infinito

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Cuando todos los demás jugaban, cuando sus compañeros recogían la pelota y la lanzaban contra los demás, mientras algunos intentaban cazar mariposas y otros recolectaban todo tipo de basura para no sabían muy bien qué, mientras todo eso, el niño que miraba el infinito miraba el infinito. Ninguna de sus profesoras se quiso de dar cuenta de lo que le pasaba, quizás sería así, quizás viera cosas diferentes o quizás, simplemente, fuera un poco rarito. Sus padres parecían normales, buena gente, gente de fiar; eran ese tipo de personas a las que le confiarías las llaves mientras estás de vacaciones para que te rieguen las plantas y te bajen y suban las persianas una o dos veces al día. Como nadie se quejaba, todo iba bien.

Los recreos eran para el niño el mom
ento de ir a las escaleras, sentarse en la última y cruzando los pies como los indios de las películas cuando fuman la pipa de la paz mirar a los grifos. No seguía con la mirada ni a las avispas que en verano se acercaban a la fuente ni a los demás niños sedientos que mojaban sus bocas escandalosamente empapándose a la vez las camisetas. Él estaba ahí sentado, en su mundo, el infinito. Pero, como algunos temían, ése no era su mundo sino la salida que encontraba a su mundo, el que tenía que ver, vivir, respirar en su casa; y sin poder lamentar. Ése era su llanto, su manera de llamar la atención. Gritos desgarrados que se perdían en el silencio más sepulcral de los que lo miraban.

Desde el detalle más insignificante hasta el más inmenso cielo, todo valía, todo captaba su atención. En su esquina sólo estaba él. Sus gestos no correspondían con su edad pero tampoco parecían imitados; se sujetaba la mandíbula con la mano extendida sobre el pómulo y con la otra mano el codo; o se tapaba los ojos ante su imaginario muro de las lamentaciones. Alguna vez se distraía pintando con una tiza en el suelo, garabatos enfermizos y repetitivos, hacía bucles, espirales sin parar que también le recordaban su amado infinito, el lugar en el que hasta lo más discreto es abstracto. Y el niño miraba y miraba, aunque pareciera que no veía nada.

Pero todo se pasó. Un día el niño que miraba el infinito dejó de mirar el infinito. Más aún, dejó de mirar. Incluso podríamos decir que el niño que dejó de mirar al infinito dejó de ir al colegio. Todos creían que estaba enfermo, pero su enfermedad la sufría mucho antes, ahora se había curado. Simplemente el niño dejó de mirar al infinito porque dejó de ver, de
vivir, dejó de respirar; incluso no tuvo que lamentar. Ahora eran otros los que miraban al infinito por no cruzarse las miradas, por vergüenza. Esa era la forma que tenían que lamentar, al igual que el niño y como lo hicieran antes, en el más absoluto silencio. Silencio sepulcral tenía ahora más sentido que nunca.

Por favor, que ningún niño tenga que mirar al infinito.

Tras la caída

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Los domingos a la una de la tarde mi abuela me cree en misa en la iglesia de San Pedro, próxima a nuestra casa. La verdad es que no anda muy desencaminada, ya que no estoy en la iglesia pero sí en un bar próximo a ella. Sus creencias no son geográficamente exactas pero lo considero una mentirijilla piadosa para la felicidad común. En el bar, de decoración minimalista y moderna, pintado en blanco aséptico que en ocasiones te puede hacer sentir fotófobo -como si estuvieras en un quirófano para extraterrestres-, siempre pido un cortado desde el fondo de la barra ya acomodado en una amplia banqueta. Reconozco que no es casual la elección del lugar, sino que lo frecuento para leer una revista semanal que no encuentro en ningún otro bar de mi zona y que en mi casa, tradicionalmente fieles a otro periódico, no se adquiere. Siempre leo los artículos de los cuatro escritores que tienen en plantilla y alguna entrevista, si se me sugiere interesante.

Hoy me ha llamado anormal y poderosamente la atención un cartel de película que ocupaba toda una página impar allá por la mitad de la revista
. Se trataba de una película sobre el ya desgastado 11S, en la que aparecía un bigotudo Nicolas Cage con la mirada en el infinito y un casco de bombero. El cartel era el resumen de lo que etiquetamos como americanadas, toda la composición te intentaba convencer de la carga dramática que tiene la película: los tonos sepia, las miradas perdidas y compasivas (de los que seguramente acaben muriendo), la ciudad destruida y sobre ella los rostros de los protagonistas, elevándolos a categorías celestiales. No lo recuerdo bien, pero creo que había un negro o hispano al lado de Nico y he pensado: “coño, seguro que es el que la palma primero”. No creo que vaya a ver esa oda visual a los bomberos, pero me ha llamado la atención la temática y el marco de la película, parece que pasados ya cinco años de autocensura americana ahora nos toca reconstruir los hechos desde su óptica, la de los superhéroes de Marvel o DC con chalecos antibalas de la NYFD.


Recuerdo que tras los atentados hubo una oleada de chistes macabros sobre la tragedia. Muchos sociólogos creían que era natural y que el humor era un buen flotador al que agarrarse tras los momentos de depresión popular post-traumática. Más adelante vino la censura silenciosa, la más peligrosa, la que se impusieron así mismos los propios americanos. De repente, desaparecieron todos los comentarios, imágenes de la reconstrucción, relatos de los afectados o llamadas telefónicas de los secuestrados. Los que se atrevían a hablar sobre el tema eran tachados de antiamericanos y seguramente serían cacheados en todos los aeropuertos del país. Por momentos, parecía como si hasta las acciones que tomaba su presidente en su particular batalla contra el “eje del mal” estuvieran justificadas y fueran la respuesta que todos necesitaban. Afortunadamente, esa etapa ya ha pasado y parece que ya han despertado de su traumático letargo causado por el veneno presidencial (Huguito Chavez sobre George W Bush: “Ayer estuvo aquí el demonio, todavía huele a azufre”. Sin comentarios).

De repente los medios se han visto saturados con reportajes, noticias, anuncios de películas y documentales sobre el tema que nos ocupa. Tengo la sensación de que una manipuladora e invisible mano ha abierto la caja de Pandora donde habían guardado todos esos sentimi
entos de frustración e impotencia. Solo que, sorprendentemente, son devueltos convertidos en heroicidades y acciones supra-humanas. Estos cinco años han valido para que los recuerdos de la gente palidecieran y se desgastaran, el ignorar todo lo relativo a la tragedia parece la técnica perfecta para pasado este considerable tiempo reavivar y activar solamente los aspectos más favorables para el gobierno y sus secuaces. Ejemplo claro de esta manipulación es el estreno hace unos días de una película con un formato parecido al documental, en realidad falso documental, en el que nos venden una inocente reconstrucción de los hechos sucedidos en un avión que los secuestrados pasajeros decidieron estrellar contra suelo americano frustrando las posibilidades de atentado. Parece ser que al director se le olvidó incluir el pequeño detalle de que dos F16 fueron los que dispararon contra el avión que se dirigía al pentágono para así evitar males mayores, como intentan demostrar solitarios defensores de la verdad, por supuesto tachados de rebeldes en el país de las barras y estrellas.

Una vez más, y siendo consciente de la manipulación que sufrimos en todo momento, prefiero apartar de mis pensamientos tanta maldad. Seguiré el consejo de mi amigo, ante todo, poner todo en duda (e informarnos, claro está). Pasemos página.

En la misma revista, un par de páginas más adelante, me encuentro un divertidísimo an
uncio del canal temático sobre cine clásico TCM. En él, la foto de un edificio y de un vecino que cuelga en su balcón una pancarta acusadora en la que pone: “mi vecino no ha visto en el nombre del padre”. Caramba, que razón tiene, hemos de luchar contra la incultura acusando y recomendando. No podemos permitir que la gente se pasee por los platós de la tele orgullosa de la incultura y que sea aplaudida por gente todavía más inculta. Pero eso es tema para otro día, que veo que la gente ya sale de la iglesia. ¿Qué les habrán dicho, será más productivo que mis reflexiones?


My generation, my accomodation

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En los últimos años, más de una década, se viene repitiendo en medios de comunicación que mi generación, a la que nos toca pertenecer todos los que somos jóvenes actualmente, es una generación acomodada. Es un tema al que se le ha dedicado mucha tinta y bits, tanto en artículos como en columnas o blogs, y que generalmente -excepto en muy escasas e independientes opiniones- concluye de forma pesimista que estamos perdidos en un océano de inmaduras dudas trascendentales que resolvemos escurriendo el bulto, dejándolas pasar y flotando a la deriva. Los articulistas u “opinadores profesionales” que nos regalan sus pensamientos están cortados por el mismo patrón: pertenecen a otra generación, esencialmente diferente a la actual, en la que el bien y el mal estaba muy diferenciados y actuar consecuentemente contra un frente común era casi instintivo. Se podría decir, que defendían valores que estaban presentes, eran el pan de cada día, y esa lucha les hacía ser un núcleo muy bien fusionado.
Muchos de los críticos de nuestras actuaciones se autoinculpan y terminan sus espléndidos relámpagos de lucidez literaria entonando el mea culpa por habernos dejado en intangible herencia esta sociedad y no haber sabido mantener sus ideales vivos, por hacernos la vida tan fácil.

Estoy harto, y espero no ser el único, de las críticas de usar y tirar que no aportan nada nuevo. Somos conscientes de que hay cosas que están mal, pero el análisis no tiene sentido si su objetivo no es el de conseguir una reacción, cambiar algo. Todos somos capaces de deducir que las cosas no van bien y quizás, con ayuda de sociólogos, somos también capaces de discernir las causas. Pero de nada nos sirve todo eso si no lo utilizamos a nuestro favor, al fin y al cabo, con esas críticas no constructivas se fomenta todo contra lo que despotrican los que tan mal nos ven: hay que dar un paso más. Y creo que esta vez, somos nosotros los jóvenes, los que hemos de dar la vuelta a la tortilla sin importarnos de quien haya pelado las patatas con anterioridad. Tenemos que ser los protagonistas de nuestro cambio, hemos de ser nosotros los que decidamos para nosotros mismos. Ahí radica el primer cambio: un cambio de actitud.


Reconozco en mi generación un pasotismo atroz que podría resumirse en: “dame de comer y déjame en paz”, posiblemente una incorrecta interpretación del lema hippie “hakuna matata: vive y deja vivir”. No me voy a centrar en las causas, probablemente casi todas basadas en la Educación y pérdida de valores, sino en las consecuencias, tales como inmadurez, falta de iniciativa o apatía, y qué podemos hacer para ser más felices. No creo que nos debamos proponer hacer cambiar de opinión a nadie, sino hacer que las cosas sean más fáciles para los que no nos conformamos con lo que nos echan. Defender lo que creemos, no dejarnos llevar ni caer en la tentación de las modas, corrientes que poco favorecen nuestros propósitos. Tenemos que revindicar nuestros valores en todo lo que hacemos, en cada aspecto de nuestra vida, sin que eso suponga tener que imponerle nada a nadie. El cambio de actitud ha de estar presente desde en la panadería hasta en la universidad, al llamar por teléfono o al navegar por internet. Revelarse es muy sencillo, hasta los bebés lo hacen, pero tenemos que tener claros nuestros objetivos y contra que nos revelamos. Como puedes comprobar, un punto de inflexión vital, y necesario.

Echando la vista atrás, hace décadas, distingo una significativa diferencia con respecto a los movimientos juveniles que se dieron entonces. Es una muy importante carencia que tenemos, algo que va más allá de las causas que originan el movimiento social: antes iba acompañado de la cultura, había reivindicación artística. Tanto antes como ahora, los mayores consumidores de música eran los jóvenes; pero nada tiene que ver ni la intención artística de los creadores ni la predisposición de los jóvenes de ahora en contradicción con la de los de entonces. Me aterroriza pensar en que haya jóvenes ya viejos, o que no
han buscado nunca nada, que simplemente se han acomodado. La música, la literatura, la pintura… consigue enlazar fuertemente pensamientos y consolidar actitudes frente a la vida que nos hace desarrollarnos intelectualmente y cambiar la sociedad. Pero parece que no hay ni variedad en la oferta ni iniciativa. No tenemos que quedarnos ahí parados, tenemos que movernos, poner en común nuestras ideas. Y no se me ocurre otra vía mejor que esta, la digital, para expresarnos y revindicar. Tenemos acceso a la tecnología y capacidad para desarrollarla, unámonos pues. No quiero con esto apartar las otras vías artísticas tradicionales, aún creo que son más fuertes que ésta, pero como apoyo no podemos desperdiciarla.

De lo pasado podemos aprender, y mucho. La herencia que nos han dejado es buena, no podemos refugiarnos en las críticas a lo que nos toca, sino construir puentes desde
donde estamos hasta donde queremos ir. Seguro que todos los que se movían antes ni sabían que lo que hacían valdría como referencia futura, pero se lo plantearon. La ‘beat generation’, el movimiento hippie, el punk, el posmodernismo…, mamemos de esas corrientes para elegir nosotros. ¿Por qué no empezar desechando la idea de que uno sólo no es capaz de conseguir nada?



Prohibido, naturalmente

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Artículo vacacional y de póstuma inspiración escrito detrás de dos manteles de papel estampados con la isla de Tenerife y sus principales atracciones turísticas.

Tengo la sensación de que la segunda vez que me ha visto deambular por delante del mostrador la recepcionista me ha mirado con desprecio, con el mismo gesto que se le queda a una madre tras parir y darse cuenta que podría donar eso al museo de la ciencia: “¿me quedo con el niño o con la placenta?” El caso es que ha debido darse cuenta de que lo que llevo atado al cuello, mi artesanal cabestrillo y que hace que parezca un jorobado – que un brazo mío pesa los suyo - , está elaborado con lo que antes fuera una sábana del hotel. Quizás ella tenga razones para poner ese gesto, era la segunda vez que la molestaba para preguntarle por el centro de salud de “ala güelta dela equina” que final y sorprendentemente se encontraba a la vuelta de la esquina, pero con el que, por supuesto, daría tras un torpe y preguntón rodeo por los alrededores. Todo por caer en la tentación de la máquina de los sueños.

Literalmente, según la RAE, que viene a ser una fiesta de disfraces en la que cada uno tiene que ir de una letra – yo elegiría la Ñ, siempre quise tener tupé -, prohibir significa impedir el uso o ejecución de algo, mientras que atraer es acarrear, ocasionar o dar lugar a algo. Creo difícil que la prohibición sea atractiva, ya que sentimos, en mayor o menor medida, un impulso biliar que nos hace enfrentarnos contra lo establecido. Está en la anteriormente citada contradicción, cuando la prohibición es aplastada por la atracción intrínseca que conlleva, la base de nuestra vida actual y de la evolución. Durante la adolescencia la rebeldía nos rebosa por los poros, somos carne de cañón, y es una pasión tan fuerte que no consigue cicatrizar en el resto de nuestras vidas. Seguramente, ese período marca el principio de lo que será nuestra vida desde entonces en adelante, el gran salto, empezar a correr en contra de muchas ideas por necesidad, otras por que te da la gana, puro ocio, y otras en las que no te das cuenta de que estás yendo contracorriente hasta que te tropiezas. La madurez no está en dejar de luchar por ideas, sino en saber por qué ideas merece la pena luchar y ser consciente de en dónde estás en todo momento.

No consigo imaginarme un mundo sin reglas, normas. No soy ni siquiera capaz de categorizarlo de utópico, pues no puedo ni definirlo. El único sentido que tienen las leyes, prohibiciones y normas de conducta es romperlas; siendo todas un invento humano, utilizan novedosamente el miedo para que nos las creamos, nos intentamos controlar instrumentalizando el miedo, nuestra herramienta para construir esa casa utópica. Pero de nada vale construir la casa con buenas herramientas si te equivocas en el material; las leyes nos suponen de madera pero somos permeables y endebles como el cartón. ¡Pero si hasta las herramientas son de cartón! ¿Qué fue antes, la ley y el castigo o la desobediencia? Seguro es difícil responder a eso con datos históricos; acaso tiene sentido una norma si todos la cumplen; se sobreentendería y obviaría. Pero también, hasta que no existe norma alguna, como se cataloga la desobediencia, si su definición se basa en hacer lo contrario de lo que la norma cite, también se sobreentendería.

No es que puesta la ley, puesta la trampa; ni siquiera van de la mano, ni siquiera, es antes la trampa que la ley. La ley la hacemos para poder hacer la trampa. La vida es un cúmulo de pequeños o mayores retos, que si no nos imponen nos imponemos. Pero esos retos tienen más de un camino y por lo general escogemos el más sucio y engorroso por instinto, es lo que nos motiva con más fuerza. Aparentemente nuestras predicciones siempre fallan, por lo menos desde un punto de vista pragmático. A la pregunta, ¿por qué necesitamos leyes, por qué limitarnos?, muchos responderán suponiendo la maldad como impulso vital. No hay que llamarle maldad a una producción intelectual elaborada y basada en reflexiones propias que se opone a otra producción individual o colectiva y socialmente admitida, como una norma de conducta, ley o moda. Aún entendiendo la maldad como una (auto) instigación interna e incontrolable, sería ese chispazo el que nos hace pararnos a pensar en qué elección tomar, guiándonos por la opuesta a lo que previamente conocemos como establecida y buena. El ir contra lo establecido no es, en sí, malo sino necesario; la definición de la maldad no puede albergar el impulso de sublevarnos.

Es por todo ello que considero que la naturaleza humana nos hace rebelarnos, es la pequeña bestia que tenemos dentro y que tenemos que sacar a pasear de vez en cuando, esté o no más o menos domesticada (con la esperanza de lectores maduros). Y las normas, leyes y demás, como invención nuestra están precisamente pensadas para hacernos felices, rompiéndolas con la ya definida madurez, por supuesto, desafiándonos a nosotros mismos.

Y yo con mi hombro dolorido. Creí que de repente habíamos entrado en guerra, igual los islamistas radicales se habían creído que las viñetas de mahoma las firmaba Forges, el ambulatorio de a la vuelta de la esquina parecía un hospital de campaña. Nunca había visto tanta gente enferma en el mismo sitio, bueno, excepto en los festivales que suelo frecuentar. La espera era tan larga que calculé que se me curaría el brazo para cuando me atendieran. ¿Directamente a la farmacia? Tomé la decisión de tomar la calle para poder tomarme un anti-inflamatorio en dos tomas diarías. No, el farmacéutico no se llamaba Tomás.

Una vez de vuelta en la playa, mis amigos se bañaban y me miraban con esa cara con la que se mira al que te pregunta si abandonas el aparcamiento que acabas de encontrar y al que le dices que no con el dedo índice. Ese triple gozar, ese orgasmo múltiple. Claro que bañarse no suponía nada atractivo, la bandera sólo era amarilla. Ayer la bandera era roja y las olas enormes, una competición en la que siempre ganaba el mar: te tragaba la ola y tú te tragabas todo el fondo marino. Te vomitaba en la orilla mareado, en otro mundo, tras experiencias intensas. El mar furioso es la máquina de sueños musculada, te lleva a otras dimensiones con impactos, mecánica, a base de su físico. Al final un fuerte golpe en el hombro y la cabeza me hizo tirar la toalla, o mejor dicho, tirarme sobre la toalla. El mar pudo conmigo, pero yo pude con la bandera roja.

Único, y familia

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Nuestra sociedad está planificada para la vida familiar. En esta frase, aparentemente inofensiva y casi tópica, he de matizar dos aspectos que me parecen cruciales. En primer lugar he de admitir que yo mismo tengo la tendencia de generalizar, para comunicarnos es necesario e imprescindible, y hablar de ‘la sociedad’ como si tuviera vida propia o fuera el sumatorio de todas nuestras vidas discretas. La sociedad es un término inestable y débil como una fina nube de humo, fácil de mentar pero imposible de definir. También aclarar, aunque mis lectores más detallistas ya se habrán percatado, que hablo de la planificación de la sociedad como si otro ente superior a esta controlara todo lo relativo a sus movimientos a lo largo de la historia. La sociedad ha heredado y disimulado el control que la religión ha ejercido sobre ella, los valores de los que moldeaban a la masa han sido transmitidos de tal manera que hoy en día nos cuesta diferenciarlos de nuestras producciones propias, personales. Reconocer esa meta-sociedad, intrínseca en nuestros prejuicios, nos da las claves de lo irracional de muchos pensamientos tan automáticos como extender los brazos hacia delante tras un tropezón.

La resaca de la reunión de las familias católicas en Valenci
a me dura hasta ahora. Sin duda aquello parecía algo tan anacrónico, tan retrógrado, que picaba mi curiosidad. Muchos de los allí presentes creían que el final de la familia estaba muy cerca porque el actual y democráticamente electo gobierno había dado la posibilidad a parejas del mismo sexo de regularizar su situación, mostrándose a la vez reticentes ante la otorgada capacidad para adoptar niños. Claro, esas familias no estaban invitadas al evento. Para ser una familia “como Dios manda”, has de estar casado por la Iglesia católica, apostólica y romana, y tener varios retoños frutos del amor verdadero que sólo un hombre puede sentir hacia sólo una mujer y viceversa; bueno, y hacia Dios. Y, es más, argumentan que tener hijos es un símbolo de generosidad, de querer compartir su vida y que por eso es el ejemplo de familia a seguir. Yo digo que no, que realmente todos los que tienen hijos son unos egoístas porque en lo que piensan es en que alguien tendrá que mantenerles cuando se jubilen, una generación para que su vejez sea más próspera. Entonces, cuantos más hijos mejor. ¿Acaso alguno de esos dos argumentos justifica la intransigencia con respecto a otras elecciones, todas respetables? NO.
Por lo tanto, ninguno de nuestros discursos es válido.

Tenemos dos opciones con respecto al término fa
milia: regalarles a los de Valencia la palabra y que la disfruten y exploten, como hicimos con la palabra ‘dios’; o podemos redefinirla, actualizarla y entrar en un conflicto permanente. Yo prefiero la segunda, es la sal de la vida. Así podremos llegar al feliz día en que el término familia tenga otro sentido tan diferente que ahora nos parezca que carecería de todo sentido: llegará el día de la familia de una única persona; vivir solo, pero, sólo con tu familia, o solo,… sólo. ¡Ah!, y seré feliz.


Creo definitivamente en la soledad buscada. Esa soledad es un privilegio en el que sólo tú has tenido que ver y con el que, por lo tanto, no le has de rendir cuentas a nadie. Cierto que si la soledad no es elegida es una maldición, un sentimiento de incomprensión y angustia permanente; eso es otra cosa. Pero siempre que sea con lo que te sientes cómodo, adelante. Todavía hoy en día, las personas que viven solas por elección propia arrastran comentarios y sospechas de los que les rodean, no son capaces de entender que la soledad no sea el resultado de un infructuoso intento de la vida en pareja o en familia. Diré más, aún en la vida en pareja o en familia, entiendo la necesidad de soledad o la búsqueda de esa sensación tan rica en matices. Son momentos de apacible seguridad en la inseguridad, es la lucha de lo que sientes contra lo que crees que debes sentir, o te han querido hacer sentir, y, si disfrutas de eso, finalmente consigues reventar un globo con sentimientos conglomerados y ordenarte un poco la cabeza.

Romper con los tópicos, no tropezar con las piedras que otros nos colocan. Pese a que la v
ida esté preparada para las parejas y familias (incluso la declaración de la renta sale más barata) tomemos nuestras propias elecciones. No es autocompasión, no es autosuficiencia, es una elección hacia la felicidad.


En cierto modo, elijo soledad. Siempre he dormido poco y las noches me gustan. Quizás he aprovechado y he conseguido hacer del defecto virtud, pero es el momento del día preferido, no se si por necesidad o por elección propia; seguro que por las dos cosas. A las noches, frente a la calle, te sientes solo pese a tener gente en la habitación de al lado; y me gusta. Muchos escritores pedantes hablan del acto de escribir, ese ceremonioso momento
que preparan en soledad, son los que disfrutan releyéndose una y otra vez. Panflinas, no quiero caer en eso.
Por otra parte, nunca veréis a que hora termino los artículos en mi página web. Me avergüenzo.


Vive le créativité!

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Es curioso, los humanos somos tontos. Diría que el hombre es tonto, pero esta vez también os pasa a vosotras, queridas lectoras. Ahora quedaría bien lo de que el humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero eso no es del todo cierto, que a mi pez hay veces que en vez de comida le echo pedacitos de Starlux y siempre se lo come. Bueno, llevo nueve peces. ¿Cuántas veces nos repetirán los informáticos, los de verdad, que los documentos importantes los guardemos en diferentes soportes? Reconozco que incluso yo he dado ese consejo alguna vez, creyéndome hábil y lo suficientemente eficaz como para no perder nunca en la vida ni un mísero archivo de texto. Hace una semana, esa cara que se nos queda ante el programa bloqueado que es precursor de la rabia y ganas de autodestrucción por no haber pulsado el pequeño iconito de guardar ni una sola vez, todos esos gestos agónicos se instauraron magnificados en mi generalmente jovial faz: perdí mi disco duro, mis proyectos, mis trabajos; parte de mi vida por el inodoro.

Han tenido que pasar siete días para que me vuelva a relacionar con el teclado, no quería ni encender el portátil. Por suerte he sido capaz de recuperar algo, una pequeña parte, realizando habilidosas y nada recomendables técnicas de informático chapucero, un Benito y Manolo de poca monta, con las que no os aburriré. ¿Dónde estaba el clip del Word ahora que lo necesitaba? Ni siquiera al pequeño Einsten se le encendía la bombilla. Bill Gates, el todopoderoso, estaba en una conferencia sobre el SIDA así que no perdí tiempo en llamarle. Por cierto, dicen que tiene toda su casa informatizada, tendrá el Windows XP Home Edition (permitídmelo). Pero vaya castaña, como un día se le cuelgue el sistema esa casa puede ser un caos: las persianas que no suben, las luces no se encienden, en la ducha no para de salir agua caliente… Y el iluso, escaldado en el baño, más quemado que la moto de un hippy, diciendo: “¡Resetea, resetea! Controla y Altera y Suprime” Y encima la casa: “¿Está seguro de que quiere reiniciar? Tiene el programa C:/Baño/DuchaCaliente.exe en ejecución” Y el pobre será el hazmerreír de la oficina:

- Habéis visto al jefe, parece un cangrejo, dicen que se la ha rebelado la ducha.
- ¡Eso no es nada! Me ha contado el de contabilidad que vive al lado suyo que la otra noche lo vio atado en el suelo, desnudo, y su mujer dándole con la alpargata en el culo. Dice que cada dos zapatillazos se subían y se bajaban las persianas. Jijiji…

Como necesitaba una dosis de Internet he navegado un poco, sin faldas y a lo loco, por diferentes páginas en las que usuarios cuelgan fotografías increíblemente repetitivas y egocéntricas. Hay muchísima producción con esto de que Internet sea accesible a todo el mundo, pero prolifera la basura. ¡No sé cuántas fotos habré visto de gente que retrata sus All Star o a sí mismos con cara de perdonarte la vida! Como le comentaba el otro día a un amigo, la mayoría de lo que escribimos en los blogs, de nuestra producción literaria, es un deshecho intelectual que no merece ni ser leído; hay veces que siento hasta vergüenza de lo que fui capaz de escribir en tiempos pretéritos. Siento una sensación extraña, como cuando encuentras un cuaderno de la infancia y al leerlo te sientes incómodo y con añoranza a la vez, como si sintieras compasión por una persona que no eres tú pero que se parece mucho a ti y que fue capaz de escribir eso que tanto se parece a lo que tú crees recordar que viviste. Estas frases reflejan las atroces consecuencias una infancia muy traumática.


He visitado páginas personales de estudiantes de publicidad y de gente que se cuelga la medalla de creativos. O la creatividad está en crisis o me equivoco con el término. Muchas de sus fotografías son producciones del Photoshop y siempre me asalta la duda de si habrán llegado a ellas por casualidad, como admito me ha pasado muchas veces, o el resultado obtenido era el buscado. La mayoría de sus obras son plano detalle de objetos que no transmiten nada y el único valor que tiene la fotografía lo otorga la cámara con la que están hechas. Mucho juego de reflejos, mucho efecto de simetría pero al final: nada de nada. Creo que hay mucha gente embriagada por las sobre valoradas películas de corte intimista - en las que tardan quince minutos para bajar a comprar el pan y te quieren hacer creer que todo el mundo tiene que tener conversaciones consigo mismo -; estoy de acuerdo en que la esencia es lo más importante y muchas veces es lo básico, pero es fácil perder el sentido de lo que se hace si te encierras demasiado en ti mismo, siempre ‘lo escaso’ está más cerca de ‘la nada’ que de ‘lo mucho’.

Cada vez con más frecuencia tengo brotes de creatividad. Se los podemos achacar a una mezcla de cafeína y la filmografía de Woody Allen, que me ha influenciado este verano. Por supuesto yo no me siento como el bueno de Woody ni tengo sus problemas, para eso has de tener un físico insignificante como el suyo; pero él describe muy bien en muchas películas esa necesidad de crear, de escribir, de pensar. Estoy seguro de que muchas de las que leéis esto sabéis de lo que hablo; pero estad tranquilas, queridas, que los momentos de creatividad se me pasan enseguida.

Los todo a chino

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¿Os habéis fijado que las tiendas de los chinos no cierran nunca? Puede ser que no se hayan adaptado todavía por el “jetlag” y no tengan el sueño hecho a nuestro horario. Bueno no, que casi todos vienen en camiones. Puedo entender que abran un supermercado 24 horas, pero, ¿por qué abren una bisutería todo el día, y la noche? Que yo me imagino la escena:

- Cariño, ¿has encontrado levadura a estas horas?
- Levadura no, pero mira que diadema de falsos diamantes te he comprado en los chinos. Como ponía Royal en el plástico...

A los tíos siempre nos pasa igual, si decidimos que esta noche vamos a... montarnos u
n buen bizcocho, siempre se nos olvida la levadura y, claro, el bizcocho no sube. Al final os tenéis que conformar con un bizcocho borracho.
Pero volviendo con los chinos, los que no abren 24 horas, ¿dónde duermen? Lo digo porque yo veo al de debajo de mi casa bajar la persiana desde dentro. Y pensaréis, pues duerme dentro, gilipollas. No no no, eso es imposible. Dentro no hay sitio para nada más; ¡si en los pasillos de la tienda tengo que ir de perfil! El otro día nos cruzamos un abuelo y yo en un pasillo y no veas la que montamos para pasar, el bastón volando, el señor agarrándose a la balda que luego se rompió y del susto perdió la dentadura postiza. Media hora nos costó encontrar los
dientes entre ceniceros de Bob Marley y calaveras con serpientes en los ojos.

Con los chinos hay que tener cuidado, que los chinos no miran, están todo el rato sospechando. Ellos tienen la vista en 16:9, la vida les parece de película. Por eso cuando entras en una tienda no paran de asentir, como si les diera un ataque. Es porque como ven una tira sólo, necesitan mover la mirada arriba y abajo para verte entero, como un escáner. Y están siempre tan contentos y felices que hasta te da mal rollo comprarles champiñones; mira a ellos como les sientan, que parecen electroduendes con sueño.

Además los chinos crecen de una manera increíble; no de altura, claro, que son todos com
o el Fary. Se reproducen de una manera... Estás paseando por la tienda, y de repente, toma, un chino nuevo, ¿de dónde saldrán? Y por el otro lado, otro; y entre los peluches, ¡otro! Que tú te empiezas a agobiar y buscas el teléfono para salir de ahí, que eso parece Matrix.
Pero es curioso, en una tienda de chinos encuentras de todo, menos lo que buscas. Quieres un abrebotellas, entras…, y sales a los cuarenta y cinco minutos sin abrebotellas, rendido y hasta mareado de ver tantas cosas juntas; ¡hasta puedes llegar a pensar que las vírgenes de escayola con la aureola de neón te siguen con la mirada!
Y sales de la tienda, como un perdedor con el rabo entre las piernas, y con la sensación de qu
e no lo has encontrado pero que tiene que estar, que en los chinos hay de todo. Así que te armas de valor, o de paciencia, y vuelves a entrar a preguntarle al chino de la puerta:

-Perdón, ando buscando un abrebotellas.
- Sí – te dice el chino, y se queda tan tranquilo. Que tú piensas, me ha entendido, no me ha entendido, o… o se está riendo de mí. ¡Y por qué no para de mirarme!
-Sí, abrebotellas – y le intentas hacer con gestos como es un abrebotellas, aunque con lo q
ue haces se podría creer que buscas un paraguas o un futbolín.

Aquí entra en juego una tercera persona que está presente en todos los comercios chinos: el jefe, o Fu Manchú. El jefe es el chino mayor, peinado a raya y que nunca habla castellano. Es el que en los restaurantes está tieso en el medio, no habla, y sólo se encarga de las toallitas calientes y las patatas sabor gamba.
Pues le pregunta el dependiente en chino batua a Fu Manchú a ver si tienen abrebotellas, o eso quieres pensar tú, que te ves volviendo a casa con un paraguas del gatito Kitty. Y te traen un abrebotella; si sí, en singular, que sólo te abre la primera, después se jode. Porque en los chinos todo lo que venden es de usar y tirar; hasta el champú es para una vez, que aprietas, se cae el tapón y se sale todo. En esos momentos te acuerdas en toda la patria china; bueno
, y también cuando te lo untas y no sale espuma, que parece que te has lavado el pelo con manteca.

Los chinos hacen su agosto con los regalos de los amigos invisibles. Como no sabes que regalar, pues te vas al chino, ¡que tienen de todo! Los regalos comprados en el chino no son regalos, son putadas: a ver dónde pones eso. Que abres el regalo, emocionado creyendo que te van a regalar algo tan chulo como lo que tú has regalado… y un perro de escayola horrible con un corazoncito y claro, como no sabes quien será el del regalo, pones buena cara y te lo llevas. Y encima seguro que hay algún cachondo que dice:

- ¿Pero no habíamos puesto cinco euros máximo? Que suerte tienes mamón, ese regalo es super chulo.

Tan chulo que se lo estamparías en la luna del coche a la salida, socabrón.

Lo que no se te puede ocurrir es robar en los chinos que tienen un sistema de seguridad muy avanzado. Los modernos tienen unas treinta cámaras en todas partes y en la tele de la entrada va saltando cada segundo la imagen de una cámara a otra; osea, que tienes 29 segundos
para robar. Y los chinos de toda la vida, los originales, al final del pasillo tienen un espejo redondo y cóncavo. A mi alguna vez me han dado ganas de robar sólo para ver si son capaces de verme desde la otra punta. Y digo yo, si son capaces de verte desde allí, ¿para qué coño quieren el espejo?
Por lo menos, los chinos son los más honestos de todos. Nunca te venderán ninguna imitación. Podéis estar seguro de que, todo lo que compréis en un chino, va a ser ‘Made in China’.



Edan, ian, lo

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Tengo el estómago cerrado, es una molestia constante. Ayer me desperté y enseguida noté, con el primer vaso de agua, que los de la terminal T4 de mi estómago estaban en huelga. Creo que es la cardias, la válvula por la que pasan los alimentos al aparato digestivo interno ( la de salida creo que es el píloro ). Es la terminal de Arrivals, de llegadas, parece que ha cerrado indignada por la cantidad de trabajo que le mandado estos días festivos en los que la cerveza se mide por decilitros y la comida triplica la cantidad coherente y recomendable para el cuerpo humano, el de toda la vida. En esta tierra parece que cualquier gran acontecimiento tiene que ir acompañado con un desfase gastronómico y etílico; hasta hay veces que el gran acontecimiento es únicamente el interminable banquete, comer y beber durante horas mientras que lo demás queda relegado a un despreciable tercer plano al que se le otorga la etiqueta de “honorable tradición” y que se encargan cuatro jubilados de mantener con la débil inercia de lo que en su añorada juventud supuso el inocente fervor propio de las fiestas.

Las fiestas tienen dos tipos de actividades diametralmente diferentes y excluyentes: las diurnas y las nocturnas. Generalmente eliges unas u otras, pero participar en las dos con las aptitudes humanas que caracterizan a nuestra especie es imposible. Yo siempre elijo las nocturnas, y así me va. A la noche, tras la copiosa cena, de barra en barra. Lo más común suele ser beber en la calle, con las charangas tocando los éxitos festivos de toda la vida y esperando que ningún iluminado decida ducharte
con el contenido de su jarra, que los hay muchos con muchas. Orinar es una odisea y ante la impresionante cola que hay en los bares y en los escasos váteres de plástico que nos disponen las cabezas pensantes del ayuntamiento, te decantas por hacer pis en cualquier esquina o garaje o lo que sea. Toda la noche en la calle. A las siete de la mañana, puntual como reloj, el equipo de limpieza asalta las calles con sus flamantes nuevas máquinas para recoger todo lo que se nos cae involuntariamente a todos. El fuerte aroma que desprendía el desinfectante de este año era nuevo y diferente al de limón que nos tienen acostumbrados; creemos quería ser pino, pero hay multitud de opiniones al respecto y tanto la ambigüedad del olor como el estado en el que nos encontramos a esas horas no favorecían la uniformidad de las opiniones. Al final, hechito polvo, a dormir a casa hasta que te despierta tu madre para que lleves tus carnes hasta la mesa y comas. Suele ser muy común encomendar el aparato digestivo al Almax antes o después de comer.


Hablaba con un amigo, hace ya tiempo, y me comentaba que detestaba la obligatoriedad que nos auto-imponemos todos de pasarlo bien en fiestas. Todo el mundo parece sobreactuar, forzando muecas y gestos, la fiesta te impone un listón muy alto de disfrute que parece superarte todas las noches y al cual sólo llegas durante dos minutos de éxtasis en total, como si de cualquier otra noche se tratara, o menos incluso. De repente te encuentras con tu reflejo tras la barra de un bar, bebiendo un combinado en un asqueroso vaso de plástico – no hay cosa más odiosa en este mundo que beber en plástico o cartón-, y te sientes mal contigo mismo, interpretando un papel para el que no has ensayado demasiado. Los chistes malos toman por momentos una dimensión diferente, cualquier excusa es buena para carcajearse sin tapujos, risotadas de A ( mayúscula ), desencajar la mandíbula hasta la dislocación con una broma por la que cualquier otra noche no habrías más que fruncido el ceño. Noche tras noche, seis noches seguidas, al final acabas psicológicamente agotado y con un cuerpo que en nada se parece al que se te supone en vacaciones: cansado como si te hubieran apaleado un grupo de cabezas rapadas y vacías.

Descubrieron hace unas semanas unas inscripciones en euskara antiguo de hace muchos siglos en las que se leen palabras sueltas. Entre ellas “edan, ian, lo”, o lo que es lo mismo: beber, comer,
dormir. Parece que estaba equivocado, ahora y siempre las fiestas han supuesto esos tres conceptos básicos, ¡elemental!.


Teru ella y Teru él

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He estado en un campo de trabajo, que tenía más de campo que de trabajo. Cuando, desde el desconocimiento, escuchamos campo de trabajo lo relacionamos inconscientemente con campo de concentración. Cierto es que en muchos campos de trabajo se requiere de un esfuerzo físico para llevar a cabo los objetivos propuestos, pero generalmente suele ser un trabajo a media jornada de lunes a viernes, que ni tan mal. Los otros campos de trabajo, los de acción socio-cultural, trabajan con los que necesitan de nuestra ayuda: niños, discapacitados, inmigrantes,… Finalmente queda un único campo de trabajo que nada tiene que ver con los anteriores, en el que yo he estado. Me explico.

“Amor y arte en Teruel” era el engañoso título que le dieron al campo de trabajo. Nuestra labor consistía, básicamente, en sacar adelante entre veinte personas con experiencia teatral prácticamente nula una obra de teatro e interpretarla en Teruel unas cuantas veces. Lo conseguimos, por cierto. Tras estar más de dos semanas dándole vueltas a las obra, ensayar hasta días enteros, eliminar las siestas, madrugar, sudar sangre (bueno, me he pasado), tras todo eso, tengo la sensación de que el trabajo que hemos realizado no ha sido para tanto. Quizás he heredado una forma de pensar demasiado obrera e inconscientemente relaciono el trabajo físico con el “trabajo de verdad” y menosprecio el trabajo intelectual. O quizás, realmente, no ha sido para tanto, no sé.

La obra, como no podía ser de otra manera, los amantes de Teruel; entre tú y yo, tonta ella y tonto él. “Un pavo se encoña de una jamba y como no tiene chasta pa pillar una lonja pa pirarse con ella, se mete en las fuerzas armadas. El chaval vuelve pero pa cuando llega se la ha beneficiao un ricazo y el la palma de pena. Luego la espicha ella, también”. Así os explicaría el argumento algún amigo de mi hermana, para que veáis cómo está el país. Hicimos tres sesiones en Teruel capital en un escenario con muchas luces y sonidos, quedó muy bien. También hicimos una sesión en Concud, en el frontón del pueblo, sin luces ni sonidos, pero quedó mucho más entretenido. Si tuviera que expresar con un término anatómico como ha sido mi estancia diría que me lo he pasado teta.

Cómo ser original y no morir en el intento - dedicado a Iris

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Patrick Smith se despertó entre sudores, todo a su alrededor estaba empapado. Su mujer se había marchado de la habitación harta del espectáculo gástrico de su apestoso marido. La digestión del cubo de alitas de pollo al estilo barbacoa americana estaba siendo horrible. De repente, su pulso de adelantó y su corazón golpeó con fuerza el costillar de Patrick. Se paró. La muerte irrumpió en la habitación, bajando por la chimenea.

Muerte- Lo siento, sé que llego tarde. He tenido un caso difícil, un preso irakí, cuánto les cuesta morirse. Menos mal que me han echado un cable.

Patrick- ¿Eres Papá Noel?
M.- No, ése no existe, son los padres, hohoho. Yo soy la muerte, estoy más relacionado con tu suegra, tenemos el mismo jefe.
P.- ¡Lo sabía, esa vieja arpía! Supongo que vienes a por mi alma.
M.- Ya me advirtieron que eras un poco idiota. El alma no existe, eso os lo inventáis cada uno para justificar las chorradas que pensais.
P.- ¿Entonces qué es lo que quieres?

M.- Vengo a por lo único que me pertenece: tu originalidad.
P.- Puedes llevártela entera, hace años que no la utilizo.
M.- Pero mira que eres tarugo. ¿No te das cuenta de que si te quito la originalidad, eso que nace en ti, te quito todo lo que merece la pena?
P.- Tiene gracia, ya casi no se ni lo que significa ser original. Si te refieres a vestir como el payaso de Micolor o a ver los documentales de La Dos, entonces nunca he sido original.
M.- No hay que ser un excéntrico para ser original, eso sólo se lo pueden permitir
los que tienen suficiente tiempo y dinero como para pensar en tonterías, como los estudiantes y los artistas. Me refiero a decidir cada opción y disfrutar eligiéndola más que del resultado en sí.
P.- Perdona Muerte, pero estoy muy espeso y no te entiendo nada. ¿Crees entonces que soy original?
M.- El que no lo es se muere, de eso me encargo yo. Tú estás a punto de morirte, por
cierto.
P.- No, no quiero morir. Pese a que mi vida es muy apática y repetitiva quiero seguir aquí, entre los que tienen sexo, no como los ángeles. Eso sí que tiene que ser aburrido.
M.- Pero en mi lista pone que eres el siguiente. Ya has tenido una vida para ser original y la has tirado por el baño. Ahora te toca terminar, limpiar el váter con la escobilla.
P.- Si ser original supone disfrutar tomando decisiones, por pequeñas que sean y que nazcan de ti, te puedo demostrar que estoy muy vivo.
M.- Te doy una oportunidad, pero aprovéchala. La hora y media que tengo para el café empieza dentro de dos minutos y no quiero perder ni un segundo.

P.- Tú también eres funcionario, eh. No me extraña que seas la representación de la monotonía.
M.- Touché, vas por buen camino. Dime, ¿dónde reside la originalidad en tu vida?
P.- En todo lo que hago. Siempre le doy un matiz personal a lo que hago. Cuando me tomo un café, en vez de echar el azucarillo, lo poso sobre la superficie para ver cómo se va empapando. Cuando me visto me pongo primero los zapatos y después los pantalones. Cuando veo a mi mujer fregando el suelo...
M.- ¡No, para! No has entendido nada. Eso no es ser original, eso lo hace mucha gente. Pero contármelo sí que es original, el querer serlo, aún sin lograrlo, te hace tener originalidad.
P.- Crees que debería escribirlo, contarlo para que todo el mundo pueda tener también originalidad.

M.- No vas a conseguir nada, es imposible hacer que la gente sea original. Realmente, no hay nada original. Pero es cuando dejas de creer en lo que haces cuando empiezas a morir. Tú, por todo esto, estás resucitando. Vuelve a tu vida.
P.- Lo escribiré de todos modos, y cuando lo escriba no buscaré la originalidad. Quizás así la consiga. Gracias Muerte y espero que hasta nunca.


Últimas palabras

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Nada volvió a ser igual desde que su hermana le confesó con rotunda frialdad lo que opinaba de él y de su vida. En aquellos momentos no sabía cuantas veces se iba a arrepentir y desearía volver atrás en el tiempo para no decirle eso. Las palabras le rondaban por la cabeza sin parar, monótonas e inalterables. Nadie sabría porqué lo hizo, seguramente supondrían que la soledad puede desequilibrar a cualquiera, es capaz de apagar todas las luces y dejar el alma a oscuras consigo misma. Todos dirían que el peor enemigo de cada uno es uno mismo y que él no había sido capaz de enfrentarse a su casa vacía. Pero él sospechaba y su hermana sabía que fueron sus palabras el desencadenante, las hirientes combinaciones de palabros lo habían llevado hasta allí, desnudo y tumbado en la bañera con el machete en la mano.


Su rutina empezaba a las doce de la mañana, cuando se levantaba con la boca negra y reseca, a veces en el sofá, a veces en la cama, pero casi siempre medio desvestido sobre el suelo de su cuarto. La cama no volvió a ser digna de su descanso desde que su mujer la hiciera por última vez, antes de desempolvar su maleta y marcharse al pueblo con su familia. La habitación era el único sitio de la casa que no parecía haber sido destrozado por los delincuentes más violentos del barrio, intentaba mantener el recuerdo de la que la ordenaba dos años antes. Se levantaba e intentaba ponerse lo más erecto posible, algo que era cada vez más difícil ya que su espalda estaba fuertemente dolorida. El espejo enfrente del cual con su húmedo y grasiento peine echaba las eléctricas canas hacia atrás había sido testigo de su metamorfosis y le devolvía cada día la imagen de un gran insecto, famélico, con sus pómulos amarmolados cada vez más marcados y sus ojos amarillos, con dos profundos puntos negros en medio. Su gran cabeza la sujetaba un esqueleto cubierto por una intensa capa de pelo gris que otorgaba un inexistente volumen a su tronco, sus brazos parecían colgar hasta el suelo, eran casi adornos inmóviles.

Se vestía toda la semanas con la misma ropa y llevaba la barba de un mes. Sus zapatillas mostraban por los agujeros exteriores el calcetín azul, llevaban destrozadas meses pero ese no era un problema mientras valieran para aislar sus pies del suelo. Los trayectos que recorría eran muy cortos, nunca se alejaba más allá del cuarto bar de su calle. Los vecino
s y los camareros le tenían mucho cariño, “¡pobre diablo!” era la expresión más común tras irse, lentamente, de las tabernas que ejercían de familia para él. Siempre vino, nunca licores, ni cerveza, ni café; siempre un vaso de vino tras otro hasta que el dueño de la tasca se negaba a servirle por pena. Podía pasar días sin comer, no era problema para él y su cuerpo se había acostumbrado malamente a no recibir alimentos. De vez en cuando su hermana le dejaba un emparerado en el buzón, pero no tenía costumbre de comprobar la correspondencia y cuando lo recogía ya estaba cubierto por una blanquecina película de moho, podrido, como él.

“Tu vida ya no vale para nada. Mírate, la gente gira la cabeza al pasar a tu lado. Nos avergüenzas.” No podía pasar de pensar en las palabras, empezaba a olvidar lo fría qu
e estaba la loza de la bañera, y eso su pulso era cada vez más irregular a causa del frío. Ese momento acalorado e incontrolable con su hermana dos meses atrás le otorgó su particular epitafio, frases que no paraba de repetir y reinventar, dándole cada vez un matiz un poco más monstruoso que a la repetición anterior. Los dientes inferiores botaban contra su paladar, podrían romperse en mil pedazos en cualquier momento. Pero ya no se podía echar atrás, había llegado hasta ahí sólo y él lo terminaría. Era la única salida y esa puerta la tenía que abrir él. Cogió el machete temblando y lo hundió en su muñeca izquierda suavemente hasta la mitad del antebrazo. No sintió nada, fue como soltarse las esposas de la vida. Poco a poco fue dejando de temblar y la sangre fluía por su cintura y sus piernas dulcemente. Le proporcionaba un último baño templado y viscoso, cada vez le costaba más parpadear. Hasta que, relajado, decidió no abrir más los ojos y disfrutar de ése segundo.

Fue encontrado tres meses después en lo que los del telediario llamaron “avanzado estado de descomposición”. Los que le conocíamos sabíamos que llevaba muchos meses descompuesto.



Billete de ida y revuelta

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Cuando la distancia es un impedimento insustituible y hemos de hacer que nuestras moléculas convivan con las de otra ciudad diferente a las que las tenemos acostumbradas, echamos mano del autobús. Odio viajar en autobús, supone simplemente una enfermedad con turno de mañana que empieza a las seis y media y te hace enfermar hasta que lo abandonas a las dos de la tarde, de vuelta en tu urbe, con tu gente. Tengo posibilidad de utilizar el coche, nadie me lo impide, pero eso supone contaminar y gastar mucho más dinero. Sería un gasto que tendría que pagar en primera instancia y directamente yo, y por supuesto la naturaleza. Seguramente baso mi elección en el problema microeconómico en vez de en la conciencia verdosa, pero ambas son buenas y sendas razones para tomar la guagua.

Recuerdo cuando, hace un par de años, todos me repetían con afán de hacerme cambiar de premonitoria opinión que mi capacidad de adaptabilidad al medio de transporte se sobrepondría sobre los problemas que a priori me iba a causar. Efectivamente, yo estaba en lo cierto y tras cientos de viajes no me he acostumbrado ni siquiera una pizca. Todas las mañanas me levanto con desgana y me apresuro a la improvisada parada, con la misma gente, cuando todavía no somos capaces ni de articular unos buenos días, parece que la capacidad de habla empieza a las siete de la mañana, a esas horas nuestras lenguas encuentran en el paladar fiel compañía y forman una inseparable unión. Subir al autobús, mostrar la horrible tarjeta de estudiante, guardarla apresuradamente en el pantalón y buscar un sitio libre, a poder ser con el asiento contiguo en las mismas condiciones.

Lo que tendría que ser sentarse es, a esas horas, dejar caer arrobas de carne muerta sobre el imperfecto asiento y su tullido respaldo. Si dormir supone, al menos para mi, un acto imposible cuando la cafeína de mi primera dosis recién ingerida empieza a hacer efecto, descansar no lo es menos. Mi ipod es mi compañero, mi amigo, mi confidente. Le confieso mi estado de ánimo seleccionando un disco u otro, ante la aparente libertad que la precarga del aparato te otorga en ese momento. Descubres matices en canciones que generalmente se te escapan y que sin duda serás incapaz de recordar. Crees encontrar en letras de inglés incoherentes y castizas palabras en castellano y tratas de bordarlas en tu memoria, pero ni siquiera eres capaz de enhebrar la aguja, quizás no tenga agujero.


El paisaje del trayecto, inalterable, es el generador y el receptor de desvaríos mentales dignos de ser sepultados en el más latente silencio. Los restos de un accidente en la calzada suponen una alteración de la rutina digna de ser observada y alabada discretamente, esperando lo mejor para sus ocupantes. Seguro que más de uno se da cuanta al mirar por la venta la relatividad de la velocidad, lo rápido que parece pasar la carretera tras el autobús con un color gris apagado y uniforme, cómo los arbustos que crecen inocentemente más alejados parecen pasar más lentos y la casi inalterabilidad de las lejanas montañas, tres velocidades diferentes que unidas crean un repetitivo paisaje. Acontecimientos como la niebla hacen las delicias y el disfrute de los insomnes, las luces de los coches viniendo y agrandándose paulatinamente hasta que nos olvidan; o la lluvia, pómulos contra la ventana y creaciones circulares de vaho, mientras se observan las eléctricas carreras de las gotas de agua, deporte nacional de los desvelados en días de precipitación.

El trayecto de vuelta a casa supone más de lo mismo pero al revés, por increíble que parezca. Eso sí, en esos momentos el cansancio hace mella en mi cuerpo y puedo dormir, que tampoco descansar, hasta que la primera frenada antes del primer semáforo indica la proximidad de la entrada a la ciudad. Todo envuelto en una rutina de la que no nos podemos separar, a la que no me hago y que me repugna. En estos casos en los que no hay otra escapatoria, hemos de acostumbrarnos ya que “no te queda otra” o “qué le vas a hacer”. Claro que la aceptación de una evidencia inalterable no implica que no disfrutes hablando sin consideración ni rep
aro en contra de ella, y quién sabe, quizás sea psicológicamente recomendable tal actividad a modo de descarga mental. Os hago, queridos lectores, partícipes de mi terapia.


Relato - Borrador II

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A media mañana los franceses no habían llegado todavía y madre empezó a personificar en padre el origen de tal situación y por tanto el de todos los problemas; aseguraba ella, con su heredada pasión de siglos de nobleza y mandato, que padre había sido escueto en sus explicaciones escritas de cómo encontrar la residencia. De todos modos, hijo mayor no se encontraba aún en casa y sería un momento vergonzoso para la familia no poder presentarlo, teniendo que encubrirlo una vez más, como ya iba siendo habitual en ceremonias religiosas y otro tipo de actos sociales. Hijo mayor hacía tiempo que no paraba por casa, iba a dormir de vez en cuando o sus secuaces lo tiraban junto a los caballos, siempre borracho y drogado como un cualquiera de bajo barrio. Lo que en un principio era una pequeña enfermedad fácil de ocultar, y tratada con las hierbas de una curandera gitana que le prestó sus servicios a cambio de un chusco de pan, se empezaba a convertir en una erupción por todo el cuerpo que le daba al joven un aspecto angustioso y le hacía más difícil encontrar prostitutas cada noche. La amenaza con navaja al cuello era ya casi un acto rutinario para conseguir que las putas aceptaran su llagado sexo.

A eso de las doce y media el mayordomo irrumpió en la sala. Padre estaba observando sus tierras con la copa de cognac en la mano mientras madre le catapultaba hirientes observaciones recién recogidas del pozo de las infamias. Se habían acostumbrado a e
se tipo de conversaciones en las que dialogar suponía esconder los deseos casi incontrolables de insultarse y agredirse verbalmente el uno al otro.

- Por fin, ¿han llegado ya los franceses, Pepe? - preguntó padre ilusionado al mayordomo.
- Los invitados, el señor y la señora de Dubois están en el recibidor - respondió Pepe con su marcado acento sureño, que casi le imposibilitaba pronunciar el apellido sin babear.




Nota: No voy a colgar la continuación del relato. Creo que es más conveniete leerlo seguido, tal como está pensado. Si alguien está interesado que contacte conmigo y le enviaré
el relato entero. ¡Nos vemos!

Relato - Borrador I

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Todos los domingos sin excepción la familia se reunía en torno a una mesa abastecida hasta los límites propios de la superficie del mueble, núcleo del gran salón de estar que de tantas anécdotas históricas había sido fiel cómplice. Frente a las tres generaciones de comensales, un opíparo banquete, que haría enrojecer hasta los lejanos miembros de la ya débil y puntiaguda familia real, conocedores de la precaria situación del miserable pueblo llano, los más hambrientos de entre los comunes. Los carruajes de la familia no tenían ventanucos para evitar cruzarse las miradas con los indeseables, aquellos a los que Dios juzgaría severamente por no haber podido pagar en vida lo que después les acredita un buen asiento entre los ángeles.

El festín de aquel domingo de mayo iba a ser especial por los invitados que recibía la familia, una pareja joven de recién casados franceses que por carta recomendó conocer el señor Hurtado a padre, quien excusándose en sus negocios textiles como motivo principal de la pomposa ceremonia obtendría con la misma suficiente material de anecdotario para fanfarronear de sus relaciones internacionales en el club durante un largo período. El menú fue atentamente elaborado por madre, quien apostó por la más exquisita cocina francesa en copiosas cantidades españolas, y sacaría pecho ante sus invitados al observar en los reflejos de sus ojos sus irrecuperables gestos de humilde perplejidad ante el volumen de las raciones. Las intuiciones de que aquel encuentro iba a ser algo especial estaban basadas únicamente en la extravagante procedencia de los invitados y la incertidumbre de no conocerlos en persona, pero todos ignoraban que esa iba a ser algo más que una espléndida reunión, iba a ser la última de sus reuniones.

La piedra de Saturno

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Señor, he pecado y todo ha sido por mi culpa, mi culpa, mi gran culpa.

La semana pasada no os pude escribir, queridas lectoras, porque me encontraba en esa crítica situación que los estudiantes nos encargamos de dramatizar sobreactuando haciéndoles pensar al resto de los mortales que nuestra vida depende de ello. Lo cierto es que como estudiantes es lo único que se nos exige, por lo menos, aprobar. Seguro que también nuestra madre se encarga de exigirnos como hijos, nuestro perro como dueños y los semáforos como cívicos ciudadanos. El eterno toma y daca, derechos y obligaciones. Pues, que sepáis amigas, que yo disfruto con los exámenes. Me explico.


Son fechas en las que puedo trabajar a la noche, escribir sin temor hasta altas e inconfesables horas, pudiendo al día siguiente dormir hasta las diez de la mañana y uti
lizar todo el tiempo que me plazca para despejarme como Dios manda. Siento, en cierto modo, que puedo distribuir, alargar o acortar el tiempo a mi manera, como Cronos en sus mejores momentos. - Caramba, del monoteísmo al politeísmo en dos oraciones- . Y os preguntaréis, con razón, por qué he tenido tan desatendida mi publicación virtual. Un sentimiento de culpa se apodera de mi cada vez que quiero realizar una actividad diametralmente diferente a la que a un buen estudiante se le supone, y siendo consciente mientras intento llevar a cabo la empresa de dudosa validez para mis estudios de que debería estar hincando los codos, no consigo llevar a buen puerto mi distracción. Y, por supuesto y como suponéis, tampoco estudio, con lo que consigo sentirme irremediablemente inútil pero felizmente unido a la más profunda vagancia.

Pero todo eso pasó, el viernes se lo quedó. Y fue terminar la semana, agotadito de verdad, y meterme en otro jaleo de no despreciable envergadura: el concierto de los números uno de los cuarenta principales. Me ilusionó que me invitaran y el hecho de acudir a un concierto tras una sequía acústica de unos meses. Pequé, lo admito, sé que habrá puristas y exclusivistas que me tachen de chaquetero, pseudo-rockero y etcétera. Pero el espectáculo fue digno de ver, los fuegos de artificio interesantes y los artistas, en general, se comportaron. Todo eso no hizo que me sintiera un poco descolocado en situaciones adversas, cómo cuando animaban al unísono a la selección española de fútbol con uno insoportable y contagioso berreo. En ciertos momentos odié a todos los allí presentes cuando discutí con un personajillo de poca monta que me increpaba que le estaba pisando la mochila, os juro que antes de la queja involuntariamente, que él tan hábilmente había dejado en el suelo.
¡Pisa, con doj cojone!
Y me quedé perplejo ante situaciones nunca vistas en conciertos a
l aire libre, como pedir por favor y reiteradamente has que te movías que dejaras un hueco para pasar o gilipolleces del estilo. No deben conocer unas maravillosas articulaciones de las que disponemos entre las muñecas y los hombros, y que la evolución nos ha dado, tan útiles en ese tipo de situaciones, para abrirnos camino.- ¡Y finalmente el ateísmo!-.

Llegados a este punto os diré que me voy una semana a Roses en Girona a disfrutar de unas jornadas encargado de un equipo de baloncesto que, por circunstancias, dirigiré dur
ante el torneo celebrado en territorio catalán. Dado que es muy probable que no toque una tecla en ese período, os publico tras este artículo una pequeña introducción del relato que empecé a escribir durante los exámenes y que espero terminar en mi retorno. ¿En serio os habíais creído que no había escrito nada esta semana pasada? Racionáoslo y que aproveche.


Pequeñas tonterías para ser más feliz

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Katie Melua me susurra al oído y os puedo asegurar que me está volviendo loco, cada frase parece intemrinable, los bellos de mi cuerpo hacen la ola a la vez que el timbre de su voz se vuelve más grave. Os voy a hacer una pequeña y oscura confesión, os la merecéis por haber llegado hasta aquí; cuando he abierto el editor de textos mi intención era criticar y despotricar a discreción contra los asquerosos que han creído que la muerte de la folclórica nos merecía la pena y han ordenado sitiar la casa de su agonizante familia. Estaba también seguro de que finalmente acabaría arremetiendo contra los políticos en general y los nuestros en particular, o mis deseos de suprimir el circo de los diputados. Pero no puedo, Katie me transmite un bienestar, es tal gozada oírla que sería traicionarme y traicionarla. Dejemos las grandes cosas para mañana y vamos a centrarnos en las pequeñas, las que nos hacen sentir lo que sentimos.

A los quince años dejamos de desarrollar nuestra inteligencia, en cierto modo, a partir de esa edad vivimos de las rentas. Podían haberme avisado y habría leído más libros o escuchado mejor música; aunque si a esa edad los jóvenes tienen la cabeza llena de pájaros, los de la mía eran tordos y yo uno más. Sucede que un fatídico día te das cuenta de que eres mayor y la gente ya no te trata igual. Ya no se te perdonan las tonterías, tienes que pensar lo que dices y empiezas a ser responsable de tus acciones. Es un cambio tan brusco que nunca llegamos a asimilarlo del todo, como todos los cambios violentos de esta vida, como la muerte de un ser querido, para cundo quieres pararte a pensar qué hacer ya es demasiado tarde y el mundo ya lo ha olvidado. El tiempo se te escapa entre los dedos de la mano de lo trascendental y en cambio, es el mismo tiempo el que tienes que arrastrar pesadamente atado a la otra mano, la de los errores rutinarios.


“Los mayores no juegan con juguetes y si lo hacen está mal porque son mayores”. Pese a parecer el razonamiento de un niño son los adultos los que realmente lo piensan apretados en un cinturón de “castridad”, externamente impuesto, que no deja germinar la imaginación. Debemos jugar con muñecos, pintar a nuestra familia de la mano bajo un arco iris, comernos los flanes sobre el plato de una absorción, volver a merendar Panteras Rosas, hacernos caras en las yemas de los dedos, chuparnos el dedo, sacar la lengua a los condctores desde el coche, sentarnos en el suelo del salón como los indios, tomar Petit Suisses de postre, escondernos debajo de la cama, reírnos sin condiciones, etc. Os lo propongo, no es sólo hacer el tonto (porque desde nuestro punto de vista, lo es), te enteras de muchas cosas que antes no habrías ni sospechado. El mundo no se ve igual si te arrastras por los suelos de la casa. Seguro que en algún taller de risoterapia (por cierto, horrible el término) aplican esto para hacer que la gente se suelte.

Creo que la inocencia es irrecuperable, pero no necesitamos ser inocentes para ser expontáneos con nosotros mismos. Podemos dedicarnos veinte minutos al día a hacer cosas que hacíamos de pequeños como legos y pintar comics, nada de tele. Es una actividad muy reconfortante y no nos supone demasiado tiempo si lo vemos relativo (como nos propuso Einstein) y lo comparamos con todo el tiempo que dedicamos a otras tonterías de mayo
res. Algunos pensadores opinan que a lo que los mayores llamamos “búsqueda de la felicidad” no es más que intentar revivir lo que nos pasó de pequeños, la infancia perdida. Puede ser y lo cierto es que es divertido intentar recuperarla.


Amina, Lin, Max, etc.

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Max era un niño rumano aparentemente feliz. Sus padres fueron pronto advertidos por los profesores que el chaval destacaba por su inteligencia y les recomendaron cambiarle de colegio y que se preocuparan especialmente por la educación del pequeño, algo por desgracia poco frecuente en su empobrecido país. La madre emigró hace un año a España para poder comprarle al niño un ordenador para ayudarle económicamente en los estudios, quería que tuviera lo que a los demás se les niega. La semana pasada el niño bloqueó la puerta de la cocina, ató una cuerda con un clavo en la pared de la fachada de su casa y se colgó. La madre, destrozada, ha vuelto a su país donde se ha armado un gran revuelo por el suceso y se la culpabiliza a ella del suicido del niño que embaucado por la tristeza de no ver a su madre se ahorcó.

Lin era china y trabajaba en una casa española como asistenta. Además, los sábados por la noche iba de bar en bar vendiendo rosas para así p
oder ganar un dinero extra. Todo el dinero que acumulaba cada dos semanas lo enviaba a su país de origen con el sueño de que un día su marido y su hijo pudieran venirse a vivir aquí, aparentemente un sitio con más oportunidades. Manolo, el jefe de Lin, el dueño de la casa que con tanto esmero limpiaba, ofrece hasta treinta mil euros al que sea capaz de dar pistas sobre el asesino de su empleada, aquel que el sábado pasado le cortó el cuello en un parque de Madrid y sobre el que la policía no tiene ninguna pista. Aparentemente no fue el escaso dinero que se le encontró a Lin en el bolsillo el móvil del asesinato, si es que lo hay.

Amina es una jóven de catorce años subsahariana. Lleva año y medio en el país viviendo con una familia de acogida que colabora con una ONG. Vino sin ningún conocimiento del castellano, nunca había ido a la escuela, era analfabeta, y ha conseguido adaptarse al nivel de sus compañeros hablando perfectamente la lengua. Pero se le acaba el permiso de acogida por refugiada política –su país está en guerra- y Amina teme que al volver a su hogar su madre le practique la clitoridectomía y su padre la case con algún señor mayor que pueda mantenerla como a otra de sus muchas mujeres. Es posible que por problemas burocráticos ese sea su futuro inmediato.

Son sólo tres ejemplos capturados al azar (si es que existe) de algún informativo y lo poco que he podido leer el periódico la semana pasada. Pasamos de puntillas sobre la sección de sucesos, es información de segunda, la crónica negra. A mucha gente, en la cual me incluyo a veces, no le apetece leer esas noticias y pasa de ellas como de las necrológicas, cogiendo páginas de tres en tres. Cada pequeña columna o apunte del periódico se convierte en rutina y relatos impersonales, ya sea por la forma en la que están narrados o porque nos hemos acostumbrado a leerlas y se nos hacen todas iguales. No somos capaces de ver la historia que hay detrás o simplemente no nos importa.

La tendencia natural de las personas es quedarse a vivir dónde nacen, en principio es lo común si se cumplen unos mínimos para la vida. La mayoría de los inmigrantes, o los que consideramos como protagonistas de “El Problema de la Inmigración”, vienen huyendo de situaciones miserables en las que no existe calidad de vida alguna. Los movimientos migratorios no atienden a caprichos de los individuos, sino a la necesidad de una vida con condiciones básicas e incompletas en el país de origen. En general se nos hace difícil imaginar lo que han de haber pasado porque nuestra situación personal es muy satisfactoria y nuestros pensamientos casi siempre está dirigidos a los sueños o a algo mejor, nunca a lo mal que podríamos estar. Relativizamos nuestra situación respecto a los que están mejor que nosotros y no tanto respecto a los que están peor.


Detrás de la chinita que tanta gracia hace cuando entra en el bar a la noche, y a la que intentamos regatear el precio de una flor que nunca le vamos a comprar, puede estar Lin. La madre de Max puede ser una de esas putas que está todas las noches en la rotonda y que de día te intentan vender paquetes de pañuelos de papel mientras esperas a que se abra el semáforo centrando tu mirada en el infinito, evitando la violenta situación de mirarla a los ojos. Detrás de Amina no hay historia, esas no hacen ruido.
Nosotros que podemos elegir, ¿a dónde vamos?.


¡ Anunciado en TV !

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Andrej Dragan es un tipo de veintiocho años que estudió física y actualmente trabaja como profesor en una universidad de su Polonia natal. En el 2003 empezó a adentrarse en el mundo de la fotografía y se hizo con varios premios. Hasta aquí todo podría ser normal, lo es y debería seguir siéndolo. A lo largo de su corta carrera fotográfica el polaco ha trabajado con diferentes agencias de publicidad en muchas campañas, como por ejemplo con J. Walter Thompson en la campaña para Converse en Polonia. Normal, ¿verdad?. Con la aparición de la fotografía anteriormente expuesta para dicha campaña, y reitero, sólo se vio en Polonia, muchos han puesto el grito, o berrido, en el cielo al darse cuenta del increíble parecido del neo-Ché con alguien, que por tan obvia similitud, me parecería insultante citar.

El bueno de Andrej, en la última semana, ha recibido un aluvión de correos electrónicos criticándole de los que están con el Ché y de los que están con el Jo-Ché María, vaya lo dije, diciéndole que bárbara la osadía de enfrentar un personaje tan amado para unos con otro tan odiado, y para otros viceversa o lo que demonios sea. El receptor de los mails ha respondido a todos, a los que ha respondido, diciendo que centra su actividad en sus clases de física en la universidad y le dejen de mojigangas. ¡Hasta la FAES, bendita sea, está preparando un comunicado, si es que no lo ha dado ya! Todo por un maldito fotomontaje, por cierto bastante logrado, como los que podremos obtener haciendo la prueba de poner la p
alabra clave “Aznar” en el potente buscador de imágenes del Google. Hasta dónde habrá llegado la polémica que el propio autor en su página web ha puesto un ‘cómo se hizo’ para mostrar a todo el mundo que se inspiró en un modelo, no en Ansar, cosa que yo no me creo ni de coña y hace que la polémica quede un poco aguachinada, como cuando dejas una gaseosa veinte minutos al sol.

Esto de los fotomontajes, que nunca dejan de sorprendernos vía electrónica - sobre todo por la rapidez de los creadores con respecto al acontecimiento distorsionado- , viene mu
y de lejos. El dadaísmo ya los utilizó en su época, muchas décadas atrás, y el pop-art mamó de ese movimiento en cierto modo. Coger una imagen, reproducirla hasta la saciedad, explotarla, que se convierta en símbolo, para muchos es una mutilación y para otros un honor o un fiel reflejo de la sociedad de consumo en la que vivimos. ¿Pero a quién en sus cabales se le puede ocurrir hacer un cuadro en el que aparece algo que ves todos los días, como tu cepillo de dientes? ¿Y quién los compra?. El que piense eso seguramente es el que luego va al supermercado y se compra galletas maría en vez de las que no tienen marca porque, sin saberlo, le ha afectado el anuncio que vio ayer en el intermedio de ¡Mira Quién Baila!.

El arte mientras critique mola. El problema de hacer arte para todos, el que su objetivo sea llegar al mayor sector de público posible, es que casi siempre se acaba desvirtuando el objetivo y una supuesta crítica a la sociedad de consumo se acaba convirtiendo en un elemento más de consumo, me entristece que autores tengan esa premisa como punto de partida ante un proyecto supuestamente artístico.

Seguro que los seguidores del Ché o de su ideología están contentos y orgullosos de que haya jóvenes por las calles que porten en su pechera la reiteradamente utilizada imagen tomada por Alberto Korda, que inspiró y levantó pasiones en toda una generación. Del mismo modo, se mostrarán radicalmente en contra del fotomontaje ya que aliena lo que el Ché representó
y quieren siga representando. Estoy seguro que si se toma al azar de nuestras calles una docena de chavales con la estampa del Ché como bandera, justo te podrán dar un par de datos sobre su ídolo, como si de otra estrella de Operación Triunfo se tratara. Sinceramente, no se qué es peor, pero no me parece coherente dar palos a algunos y zanahorias a otros cuando quizás en busca de culpables deberían mirarse un poco el ombligo.

Yo quiero más Andrejs, más caricaturistas de Mahoma,... más chicas guapas (por pedir que no quede). Pero no os rasguéis las vestiduras ni los Chéchereos, sobre todo si lleváis el estampado de Korda, ni los Ansaristas tampoco, él no lo haría. Dejémonos de de dónde venimos y pensemos en a dónde vamos y cúanto queda para llegar. Por cierto, le he manda
do al polaco una foto mía y otra de Jonathan Rhys Meyers, a ver si me hace un apañito, que al ex-presi lo ha dejado muy guapete.


El falso gusto por lo falso

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Os propongo un pequeño y melancólico esfuerzo para recordar por momentos la historia de Pinocho, o Pinocchio que dirían los pedantes, para humedecer los recuerdos de la infancia y lo que nos intentaron transmitir con cuentos de ese tipo. Pinocho seguramente tuvo una infancia traumática, en el colegio sería tachado de rarito y marginado sin ningún tipo de romántica piedad infantil. Era por eso que su única salida era la de llevarle la manzana bien brillante al profesor, para que por lo menos, ya que no tenía ningún amigo, obtener algún punto extra del más repugnante y lícito peloteo. El sujeto, el pobre, era de madera. Pero no le bastaba con eso, aparte de esa traumática situación recordad también, ex niños, que cada vez que mentía le crecía la nariz. He ahí el quid de la cuestión.

Mentir es malo, pero
nos gusta. He de reconocer que, pese a ser buen intérprete, no soy un gran mentiroso y seréis capaces de reconocer una mentira proveniente de mis entrañas sólo con mirarme a los ojos. Odio no ser capaz de mentir en condiciones, uno de los lastres culturales que arrastramos como los valores de justicia y honradez judeocristianas hizo mella en mi joven y moldeable mente haciéndome sentir ahora, cada vez que lo intento, prisionero de la mentira y en definitiva, mal conmigo mismo. Nuestro Pepito Grillo particular, el que nos dice qué está bien y mal, ha sido maniatado y posteriormente castrado por valores que nuestra generación, la última en mostrar los síntomas, admite y muestra dificultades ante la radical ruptura con ellos. Por eso no miento bien.

La mentira supone un reto interesante, como el robar un chupachups sin haberlo hecho nunca antes y consciente de que te pueden atrapar, sientes las libélulas revoloteando en el estómago (las mariposas son en el amor), y te sientes vivo. En cambio, cuando mientes por necesidad, cuando no te queda otro remedio, ahí es otro cantar, principalmente porque no solemos planificar todas las opciones posibles que puede tomar la mentira, cuando sientes que se escapa, que tú únicamente enciendes el interruptor y se genera un ectoplasma inmaterial con vida propia e historia independiente a la que tu querrías que contara. Eso, a la mayoría de los mortales, nos hace ser miedicas e intentar siempre y a toda costa las situaciones en las que o enseñamos nuestras cartas o nos quedamos a lavar los platos; nos hace ser enclenques ante la incertidumbre de “lo que tendré que explicar”.

Siempre he tenido curiosidad por lo gratificante del sentimiento de haber creado una mentira tan perfecta que jamás se sabrá la verdad. Mientras que se nos supone desnudos ante nuestra propia conciencia tras la farsa inducida llevada a buen puerto nos sentimos bien con nosotros mismo. El mentir nos supone una dosis de autoestima a la vez que de miedo a las consecuencias del descubrimiento de la verdad más verdadera, y ése es un cóctel que
no solemos rechazar. La mujer que engaña a su marido suele sentirse mal por lo que está haciendo, pero siendo muy fácil dejar de sufrir en silencio (ya sea diciendo la verdad como dejando de beneficiarse alcobas ajenas) no lo hace hasta que es atrapada con las manos en la cosa, digo masa. Ese regocijo por creerse más, que generalmente suele estar mezclado con sentimientos tan viscerales como la venganza o el odio, nos lleva a mentir tan vil como patéticamente.

Las falsedades son invenciones nuestras, nacen en nuestra mente y nos sentimos autores de ellas. Pero tras crearlas nos damos cuenta de que no somos domadores y nuestras capaci
dades no evitarán una morbosa catástrofe en la jaula. Huir puede ser la solución, o algo peor, intentar matar a la fiera. Está en nuestras inexpertas manos, y eso es lo peligroso. Ojalá nos creciera llamativamente la nariz cada vez que mentimos, nos daríamos así cuenta de cuántas veces entramos en la boca del lobo sin poder salir. Por lo menos por donde hemos venido, siempre habrá otra salida, otro orificio.


Bailar pegaos

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Bailar está más de moda que nunca. Gracias al programa de la uno ¡Mira quién Baila!, que tan bien ha sabido explotar el formato de televisión familiar, entre tu y yo, para las viejas y los más pequeños de la casa que no tienen ni voz ni voto en la elección del canal de la televisión, sabemos que la edad no es un impedimento para mover el esqueleto al ritmo de la música. Me estoy provocando náuseas sólo de leerme, y eso que no soy bulímico - algo de anorexia sí debo de tener, me miro al espejo y me veo gordo-. El programa no es nada nuevo, pero está arrasando y ya existe un crucero en el que Poti, el coreógrafo con nombre de mascota, te enseña como si fueras la Carmen Sevilla a romperte en la pista y se ha planificado una gira por todo el territorio nacional, también llamado España, para la orquesta del programa. Que se van de verbenas, vamos.

Últimamente están proliferando los grupos de baile que se reúnen dos veces por semana para ejercitar los músculos a base de extravagantes sonidos tropicales. Los grupos de salsa ya no son esos rebaños llenos de frikis que se reúnen porque no saben como charlar en condiciones normales y se apuntan para tener una excusa, algo de lo que hablar con sus recién estrenados amiguitos. Ahora se reúnen en gimnasios y academias, todo muy profesional, y cada vez más deportivo que nunca, fenómeno de metamorfosis que también están viviendo de similar forma los sujetadores o los coches.

Ya no se puede decir en el post de una boda que no sabes bailar. Ahora está
prohibido escaquearse con lo de “yo voy pidiendo”, o decir que te duelen los pies y que te aprietan los zapatos. Ahora has de dejar el cubalibre en el suelo, nada de ponértelo en el bolsillo de la camisa, y bailar como dios manda el chá-chá-chá o lo que sea que el destino te depare. La conga ha muerto, ese divertido tren chuchú que tanto ha fascinado a sociólogos por su espontaneidad y la coordinación que suponía, algo nunca antes visto.

Para mi el bailar siempre ha sido la acción vertical de un propósito horizontal. Creo que soy un gran bailarín, pero bailo mal a propósito. En estos tiempos todo el mundo sabe bailar medianamente bien, lo que más merito tiene, sin ningún género de duda, es
bailar mal: moverse descoordinado, aplaudir cuando no toca, colarte con la letra de las canciones, berrear al oído de tu partener,... eso mola y lo demás son tonterías. Prometo subir a modo de post una divertida entrada sobre las bodas y especialmente sobre los bailes que a modo de monólogo escribí hace ya un tiempo. Mientras tanto, undostres, undostres, tacón punta, etcétera.


Lo que el crepúsculo esconde

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Los pájaros, probablemente grajos y golondrinas, se atreven a salir de sus árboles que hasta hace poco les sirvieron de cobertizos y protección ante el intenso chaparrón. Es ya la segunda vez en menos de siete días que cae sin avisar y sin que nos de tiempo a reaccionar una gran tromba de agua sobre la ciudad. El cielo cuando he llegado a casa, a las ocho de la tarde, era tan espectacular que he sentido la obligación de enfocar mi cámara hacia él e inmortalizarlo en modernos pixels. El crepúsculo tenía más matices de lo habitual, lo que se suele denominar un cielo de postal, con unos colores cambiantes que iban desde el naranja calabaza hasta la claridad de los últimos rayos del sol atravesando las oscuras nubes que por momentos adquirían una oscuridad premonitoria del descargue de agua acumulada.

Lástima que nuestra raza sea tan mala prediciendo acontecimientos ante las situaciones de incertidumbre. Es un pensamiento que merodeaba mi cabeza asomada por la ventana blanca de mi cocina dirigiendo la mirada hacia tres chicos que a duras penas se resguardaban, el gran ejemplo estaba en sus chancletas playeras tan poco apropiadas para la lluvia como para el suelo lleno de arena a causa de unas obras de transformación a peatonal de la calle paralela. Unos instantes después subía de manera nerviosa la vecina del primero sus persianas de baja calidad, y salía con vieja torpeza a recubrir las flores más delicadas, protegerlas de la lluvia, algo que casi siempre que el viento era compañero del agua resultaba tan inútil como ella se sentiría si no lo hiciera.

Un tío mío es un enamorado de la lluvia. Dice que le encantaría andar kilómetros y más bajo la lluvia, sólo con un chubasquero y consigo mismo, notando los suaves golpes de las gotas sobre su capuchón. Nunca lo hace pero siempre lo dice. Tiene clavada en su corazón esa espinita, esa romería hasta el santo y vuelta pisando charcos y agitando los brazos para quitarse el agua acumulada cada cinco minutos, diez quizás. Es bonito verle hablar de eso, como con los dientes superiores se agarra el fino labio de abajo sin dejarlo escapar hacia su posición natural, hacia fuera, entre frase y frase. Los ojos le brillan y alza sutilmente el mentón, hacia donde la imaginación reside, hacia el paraíso de los sueños no cumplidos.

Ahora ya ha parado de llover. La tormenta fue pequeña en duración y grande en volumen. Por momentos parecía que un gran caldero de la posguerra se hubiera volcado sobre nuestro recalificado suelo en venganza por todos los males del mundo generados por el humo humano. Pero el fin ha sido tan brusco como el inicio, parecido al génesis y al apocalipsis tan magníficamente narrados en la Biblia. Todo ha vuelto ya a la normalidad, las abuelitas se quitan las bolsas de plástico que les protegían el tocado, casi todos los paraguas se cierran excepto los más despistados, los portales se liberan como por arte de magia... ya vuelven a cantar los pájaros.

Pero, ¿quién dice que los pájaros no cantaban mientras llovía? Soy tan básico que tiendo a quedarme en lo superficial. La lluvia, en este caso, ha sido la distracción que me ha hecho caer en la trampa. En los trucos de magia se da el mismo fenómeno, mientras el mago llama nuestra atención en un punto concreto por otro lado nos engaña y nos hace creer que lo que no hemos visto no ha pasado. Quizás no oía a los pájaros. Siempre hemos de darle otra vuelta de tuerca a los acontecimientos, por simples que parezcan muchas veces inducen al vil engaño. Las teorías hoy más admitidas un día fueron extravagantes propuestas.


Metainspiración

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No puede ser, he de parar el dichoso parpadeo de la barra del maldito procesador de textos. Estoy seguro que si sigo mirándola, sin escribir nada, nos quedaremos así hasta el día del juicio final. Por eso creo que nunca seré un escritor, uno de esos genios que son capaces de sentarse ocho horas delante de la pantalla, supongo que con sendas pausas para atracar la nevera o liarse un cigarrillo a la antigua, y escribir sin pausa y metódicamente. Es muy atractiva la vida del escritor, apartado y disfrutando de la vida a la vez, no se puede permitir el lujo de aislarse en un microcosmos, en su burbuja, perdería el contacto con la realidad que tanto necesitan para escribir y reinventar.

Poder disfrutar y organizarte el tiempo puede ser un lujo o una desgracia a la vez, como todo, según la personalidad. Yo creo que disfrutaría, he de admitir que cuando más contento estoy es durante las fechas de exámenes ya que por extraño que parezca, me encanta hacer las cosas a mi manera, como Frank Sinatra. Entiendo que para mucha gente el disponer de demasiado tiempo libre pueda ser una cruz y que no les den la receta de qué es lo que tienen que hacer durante el día su particular via crucis. Siempre se ha dicho que es más fácil mandar que ser mandado, aunque sea a uno mismo, y la sabiduría popular, que hoy en día es más sabia que popular, una vez más da en el clavo.

He leído por ahí que se están diagnosticando casos clínicos de psiquiatría en los que el paciente cae en depresiones por disponer de mucho tiempo libre, no son capaces de disfrutar solos; pedir el nombre de la enfermedad es demasiado para esta ajetreada mente. Una pena que la gente no disfrute de su tiempo, al menos desde mi punto de vista, el de uno que tanta satisfacción obtiene con sus pequeñas cositas y demás entretenimientos, que nunca pasatiempos. El trabajar desde casa, repito, me parecería genial pero también necesitaría ese contacto humano, la calle.

Y si la inspiración nace del trabajo o el trabajo de la inspiración; creo yo, que a los verdaderos inspirados no les preocupa eso. En una película reciente un escritor, interpretado por el que ha sido elegido pensionista más sexy del Reino Unido ( me iría del país si me otorgaran ese premio de nombre tan repugnante) Sean Connery, incitaba a un joven escritor a escribir sin pensar, lo que le saliera de la cabeza, la unión de palabras en la mente y que las teclas le otorgaran un sentido. Al final lo conseguían, pero creo que eso es imposible para alguien como tú o como yo. Eso es más que arte, es algo que surge en el entramado cerebral y muere en el sonido de la tecla al pulsarla.

He de confesar, avergonzado y escondiendo la cabeza bajo tierra cual avestruz asustadiza, que esto, lo que lees, es un
patético intento de escritura instantánea como el Nescafé. Siempre que lo intento, sentado sin inspiración ante la pantalla, acabo o cerrando la aplicación o rompiendo la hoja mareado por la frustración. Es más, me atrevería a decir que en estos escritos acabo siempre hablando de lo que hago o pienso en el momento que escribo sin originalidad, una descripción plagada de repeticiones y descafeinada, como el Nescafé. Escribir así es como hacer la lista de los reyes magos, escribir aún a sabiendas de que nunca te van a traer lo que quieres.



Café cortado

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Se publicó hace unos días los resultados de un estudio de la asociación “American Heart Association”, una de las más prestigiosas en el ámbito de la cardiología y vienen a actualizar información sobre la relación del consumo del café y los problemas relacionados con el corazón, como la hipertensión. Pues bien, ahora resulta que el café que durante tantos años hemos satanizado y al cual hemos culpado de muchos de los problemas que hacen que nuestros conductos sanguíneos sufran más presión de la debida y que nos hace ni dormir ni pensar bien, todo eso, no se puede fundamentar científicamente.

El estudio se realizó a población sana y tomando dos cafés al día, concluyendo que n
o hay evidencias de que perjudique la salud en dosis responsables. No es la primera vez en la historia que un alimento pasa de ser considerado peligroso en términos médicos a inocuo o hasta de muy recomendable consumo. Acordaros sino del aceite de oliva, del pescado azul, del salmón,... Son modas, que algunos tratan de justificar con estudios, y que ninguno se atreve a admitir que hay objetivos comerciales detrás. Al fin y al cabo, la vigilia la inventaron para que se consumiera más pescado los viernes, día en los que los mercados, en tiempos de antaño, estaban rebosantes de alimentos del mar en dudoso estado de conservación tras varias jornadas en las despensas. No quiero con esto acusar al bueno de Juan Valdez ni a su burrito de conspiradores, sino únicamente resaltar lo influenciables que somos y lo influenciados que estamos hoy en día con clichés impuestos, véase la leche y los huevos que tan mala fama empiezan a adquirir.

Nunca me he rasgado las vestiduras ante este tipo de acusaciones. Me declaro aquí y ahora un amante del café. Desde que empecé a consumirlo creo que nunca lo he dejado más de una semana seguida. Aún siendo políticamente incorrecto os confieso, afinad el oído ante el cuchicheo, que paso las mañana únicamente con dos cafés. Sé que está mal, que rindes menos, que el cuerpo necesita alimento a las mañanas, ... pero es lo que hago. Me levanto por la mañana y son esos diez minutos que me concedo para ser persona, desde que preparo mi cortado hasta que me lo tomo en dos rápidos sorbos que hacen que mi garganta sienta cada vez menos, los qué mejor me sientan del día.


La mejor compra que he podido hacerme en mi vida ha sido y será la cafetera exprés. Hace un café riquísimo, concentrado, negro como el betún, intenso. Centilitros de placer. Por las mañanas es toda una ceremonia el cargar el brazo con el café molido de la caja metálica que cual tesoro escondo en la parte superior de la nevera. Aplastar un poco pero no demasiado, no se filtra bien si está muy prensado, y accionar el botón que pone en funcionamiento el agua y su calentador. Dos deditos de café y uno de leche, es mi medida para el café de Costa Rica, no muy fuerte pero de riquísimo sabor. Disfruto casi tanto con el aroma que desprende mientras centro mi mirada en el infinito más abstracto, que puede obtenerse de los botones de la lavadora o en cualquier baldosa del suelo. Y tras planificar tan mal como brevemente la jornada, me digo a mí mismo que ya es hora, y para dentro como si de licor se tratara.

A media mañana tomo un café de máquina. Si el anterior era agua de manantial éste lo es de alcantarilla, con un sabor que intenta emular al del café pero se pierde por el camino de la imperfección industrial. De este ya no disfruto, ya no obtengo ningún beneficio salvo el de mantenerme en condiciones respetables en el entorno académico al que estoy atado. Es curioso como se repite entre los estudiantes la máxima de que a pesar de que la máquina posee muchos botones, pulses el que pulses, siempre te escupirá la misma mezcla de tan poco atractivo sabor. Y es verdad, no se puede diferenciar entre el moccachino, capuchino o cortado azucarado. Sucede lo mismo últimamente con la televisión, la de no pago, que pulses el botón que pulses tendrás que ver la telebasura.

Y durante el día también tomo algún cafelito, el de después de comer o el de la conversación con un amigo a media tarde. Son pequeños momentos que sin duda se van tatuando en tu retina, o mejor dicho en el cerebro, y que sin ninguna duda recordaré con tendencia a la aromática melancolía años adelante. Siempre cortados, eso sí, nunca café con leche, que más vale corto pero intenso que largo y aguachirriado.

Ahora mismo, un domingo a la una menos diez, debería estar en la cama. No obstante, a media tarde me he tomado un cortado, delicioso por cierto, y del cual todavía tengo aquí a mi lado la taza con el fondo marrón y seco. Sigue desprendiendo un potente aroma del cual disfruto como del incienso, y que por momentos, lo disfruto en mis inexplorados adentros. Me gusta su aroma, me gusta su sabor.


Que no se note

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Las clases de estadística me aburren muchísimo. Si alguna característica diferencial tenemos los estudiantes, ésa es, sin duda alguna, la capacidad para aburri
rnos. A los profesores no les importa que te aburras, mientras no molestes, pero la mayoría se siente mal si se enteran que te aburres, o sea que el tema es aburrido, o sea que el profesor es aburrido. Algún profesor, especialmente los que llevan ya tiempo en la docencia, que no decencia, tiene admitido que el alumno es un ser con tendencia al aburrimiento y no le importa que te aburras, incluso lo celebra siempre que sea un aburrimiento que no derive en interrumpir charlando o un aburrimiento “modo ahorro de energía”, en el que te quedas mas quieto que un gato de escayola.

Hoy en clase de estadística me he dado cuento de que soy un gran mentiroso. Ante el aburrimiento se puede reaccionar de dos maneras diferentes, se puede mostrar sin pudor alguno el aburrimiento o se puede intentar ocultarlo. A
mi como me da apuro y vergüenza que los profesores me vean aburrido, que uno tiene sus valores aunque no lo parezca, engaño a los profesores vilmente haciéndoles creer que me interesa lo que dicen. Tras años de aburrimiento escolar he depurado un método que nada le tiene que envidiar al creado, y póstumamente publicado, por Stanislavski.

A modo de decálogo y resumidamente muestro aquí mis cartas, sin que sirva de precedente, y me revelo como el actor que siempre he sido para disi
mular con éxito el aburrimiento. Eres libre de seguirlas y seguro que se puede aplicar en otras ocasiones, pero sé consciente que conlleva riesgos y gran capacidad de improvisación.

1. Mirar a los ojos

Increíble lo que se puede conseguir mirando a los ojos. Es lo que más resultado da, la gente se cree que mientras la miras la estás escuchando, y nada más lejos de la realidad. Además aprovéchate que a la gente le incomoda que la miren a los ojos y así evitará preguntarte cosas. ¡Guau!

2. Siempre positivo

Hay que asentir con la cabeza de vez en cuando. No demasiado, pero cada vez que el profesor haga una pausa está bien decir que sí, él se sentirá bien porque se quieren creer que sabes de lo que está hablando.

3. Prohibido bostezar

El bostezo delata. Hay que evitarlo siempre que podamos. Con taparse la boca con las palmas de las manos no es suficiente ya que los ojos se cierran de manera espectacular y muchas veces derraman una pequeña y chivata lágrima tras el acto. Mi consejo: si vas a bostezar tira el lapicero al suelo y agachadito debajo de la mesa como si de un simulacro de incendio se tratara bosteza libremente pero sin audio a poder ser.

4. La pizarra que todo lo sabe

Si estás aburrido y tienes algo en lo que te apetece pensar sin distracciones, acomódate en la silla, mira al frente y desenfoca la mirada. Así harás creer al profesor que está
s concentrado en algo escrito en el encerado y no te distraerá. Importante: tiene que haber algo escrito en la pizarra, sino se da cuenta de que estás mirando al infinito.

5. Garabatos

No recomiendo el hacer garabatos en los márgenes de los libros o apuntes. Como generalmente garabateamos repitiendo un patrón se dan cuenta rápidamente de lo que haces ya que no mueves el lapicero del mismo sitio. Aprovecha para desarrollar tus habilidades artísticas y dibuja tu robot perfecto o al profesor vestido de pornochahca versión látex.

6. Secretitos a la oreja...

Hablar no está bien, y lo sabes. Pero hay profesores que si notan que estás comentando algo de clase no les importa y les llena de orgullo y satisfacción. Para ello, mientras le dices al oído a tu compañero lo que quieras, señalas algo en la pizarra para hacer creer al profesor que te refieres a algo que él ha escrito. Si el profesor se mosquea y te pregunta haber si tienes algún problema, niégalo rotundamente y hazle saber que ya lo habéis resuelto. Se creerá que eres aplicado y capaz.

7. Si no juegas no ganas

En muchas ocasiones los profes hacen preguntas para comprobar que tu actividad cerebral es de un valor diferente a cero. Está prohibido decir que no sabes o que no has prestado atención, eso es admitir la derrota. Siempre responde a la pregunta, juégatela. En muchas ocasiones la respuesta está en la pizarra, pero no seas zoquete y si te pregunta un número le respondas una fórmula, por ejemplo. Pedir una pista no se lleva, eso para los concursos de la radio. Con un poco de intuición lo sacarás adelante de manera acertada.

8. Siesta matutina

Nunca es mal momento para la siesta, incluso adelantarla es conveniente. El problema es que dormirse en clase, aparte de un clásico, es demasiado explícito. Mi consejo: pon un hoja de apuntes sobre la mesa, apoya los nudillos en las sienes, los codos en la mesa y baja la mirada. Es recomendable decirle a un compañero que prepare el codo por si el profesor te mira, pero por lo general parece que estás concentrado y no te molestan. Si te increpan que te duermes no es conveniente echarle la culpa a Buenafuente, hay profesores con menos sentido del humor que Bin Laden con almorranas.

9. El reloj, el enemigo

Hay gestos prohibidos como el de mirar al reloj o el de recolocarse la goma trasera del calzoncillo. Por diferentes razones que aún no he llegado a comprender, a los profesores no les gustan. Si eres de los que no llevan reloj y de los que preguntan constantemente al de al lado, una técnica muy buena para que te diga la hora sin que nadie se entere es preguntarle el resultado del ejercicio anterior. Si te dice quince, queda un cuarto de hora para terminar. La invención de códigos es entretenida y resultona.

10. Gestos

Si dominas tus gestos, lo dominas todo. Los gestos que indican reflexión son los que mejor llevan los profesores y la manera de desconectar más apropiada. La mano pellizcando la barbilla, las manos unidas palma con palma estilo primera comunión, el índice señalando la oreja mientras sujetas la boca,... Todas las tonterías que hacen que parezcas un intelectual de pichiglás surgen efecto en los profesores y hará que no te molesten con sus mojinadas.


Esta pequeña guía es libre y os recomiendo la apliquéis. Finalmente decir que valoréis la situación antes de mentir, una mentira siempre lleva a otra y la situación se puede volver insostenible. Como anécdota comentaros que yo durante el bachillerato aproveché las clases de matemáticas para recuperar el sueño que perdía a las noches leyendo. Un día después de una clase, la profesora vino a hablar conmigo para comentarme que ese mismo día iba a llamar a mi casa con objeto de que mis progenitores fueran conscientes de esta tendencia mía tan alejada de sus clásicos métodos docentes y que tanto distaba de mis técnicas revolucionarias de aprendizaje.

¿Qué se me ocurrió en un momento de inspiración divina? Le dije que estaba tomando una fuerte medicación para el corazón que me provocaba evadirme y viajar por las más oscuras tierras gobernadas por el dios Morfeo. Su cara expresó muchas cosas a la vez, pero sobre todo vergüenza. Desde entonces disfruté como nunca cada vez que venía a preguntarme por mi salud cardiaca. Hasta que un día me preguntó por el nombre del medicamento y me dijo que su marido era doctor en medicina. Horror. Le dije que ya había dejado las pastis y que me encontraba mucho mejor. Uf.

Por eso cuidado con las mentiras y su efecto bola de nieve.

Si-mio, No-tuyo

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El Proyecto Gran Simio lleva desde hace más de una década pidiendo que los simios, chimpancés o gorilas, tengan unos derechos básicos que sólo se nos otorgan a los humanos con el simple hecho de nacer y que no se nos quitan hasta que morimos o nos matan, como el derecho a la vida que tan a la torera se salta el sistema judicial de Estados Unidos al condenar a muerte. No quiero pensar que haya gente que esté a favor de que se torturen los animales a los que más nos parecemos, con los que compartimos hasta un 98,4 por ciento de los genes y que se ha demostrado tienen capacidad de mantener conversaciones con un lenguaje de hasta quinientas palabras diferentes a través de dibujos. El PGS ya ha presentado con éxito su propuesta de otorgarles unos derechos a los simios, como el derecho a la vida o contra la esclavitud, en diferentes gobiernos de todo el mundo, algunos conservadores como el de Nueva Zelanda.

El reconocerles en el congreso de los diputados unos derechos supone una cosa tan simple e importante a la vez como el mostrarle a la mayoría de la sociedad que no está bien que se adentren en la jungla para matar gorilas, cortarles las manos y así los humanos puedan retorcer los restos de sus cigarros en ellas a modo de cenicero. No está bien que laboratorios paguen millones por chimpancés para utilizarlos pinchándoles cientos de agujas y probando sus medicamentos en ellos. Es simple, pero creo que visto así son obviedades que no negamos y que nos parece lógico y elemental posicionarnos en contra.

¿Qué pasa cuando una propuesta de este tipo llega a España? Pues que se pudre y se politiza siendo utilizada como una excusa para enfrentarse al partido que la propone. No se si contemplaron esto los buenos de PGS antes de intentar sacarla adelante, quizás no merece la pena llegar al foro en el que la sociedad está representada pagando el precio de la desvirtuación de la propuesta. Se han dicho ‘animaladas’ como que ZP busca el voto de los simios, como que van a poder casarse los monos, incluso la Iglesia, esta vez la institución, no la que forman los
que van a oir misa los domingos, ha dicho que "por hacer el progre se puede hacer el ridículo". En el siglo diecinueve, cuando se proponía abolir la esclavitud de los negros en las colonias de Cuba, los progres se enfrentaron a los que comerciaban con ellos.

La crispación del panorama político nos afecta aunque intentemos pasar de él creyendo que somos impermeables a la avalancha de opiniones condicionadas en interesadas, que no interesantes. Estamos viviendo y aceptando como normales actitudes que en política no deberían serlo, si es que el objetivo de la política sigue siendo el obtener lo mejor para la mayoría de la gente posible. Durante estos tiempos que corren no se si los que pensamos como yo somos muy inocentes, o los políticos son demasiado malvados, o un poco de las dos cosas. Lo que ha pasado con el PGS es sólo un ejemplo de por dónde nos están llevando los políticos.

La consecuencia de la tergiversación y manipulación de una digna y lógica propuesta ha llevado a que se tome a modo de mofa algo serio e incluso que la mitad de la sociedad votante desprestigie la propuesta por el mero hecho de proponerla el incorrectamente llamado ‘partido opuesto’. En la página web de un periódico de tirada nacional se pueden ver los resultados de una encuesta realizada a más de 45000 votantes a través de la cual el 77 por ciento de los encuestados expresa que no es partidario de que se le otorguen a los grandes simios algunos derechos propios de los humanos. Es decir, tres de cada cuatro votantes se niega a que un mono viva en libertad o no les importa que se esclavicen. Creo que ese es el resultado de frivolizar la propuesta o de orientarla hacia objetivos políticos.

No creo que la gente piense así, pero me da pena que la persona que lee, escucha o mira no ejerza su capacidad de crítica y razonamiento que según ellos tan diferentes y exclusivos nos hace ante los monos. Si no somos iguales, si nadie ha dicho eso, lo único que se ha dicho es que ‘casualmente’ coinciden unos derechos que tenemos nosotros y deberían tener los simios. Ni vamos a ser más monos ni ellos más humanos con esto; seremos, si acaso, al entender la propuesta, nosotros más humanos de los que nos creíamos.

¿Podemos esperar un análisis coherente e independiente del país de la cultura del maltrato y tortura de los toros por puro divertimento? Este es el país donde más animales de compañía se abandonan en el mundo. Seguro que cuando la propuesta del PGS llegue al parlamento francés o italiano, que llegará, y se apruebe, que se aprobará, nos pondremos a la carga a todo correr con ella. Hagámoslo ahora, vamos a demostrarles a los que nos quieren mandar que no queremos esas políticas barriobajeras del navajazo trapero, queremos gente digna que haga lo que deba en el parlamento, no somos unos paletos en el último vagón del tren al desarrollo cultural, el que se traga el humo de los anteriores. Si no confiamos en nosotros mismos, nadie lo hará.

Un final

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Piiiiiiii...

Toc. Pasó a toda velocidad levantando tras él una gran polvareda. Toc. Noté como todas las partículas flotantes atravesaban mis agujeros nasales más allá de los pelitos adheridos a los orificios después de los dos golpes secos. Tuve que parar mi ritmo para llevarme la mano a la boca y toser como un envejecido minero, con los pulmones negros como la pez y pudriéndose al ritmo del golpe del pico contra la pared. No cabía duda, la calle estaba en obras y el camión había pasado a más velocidad de la que aquel joven camionero, cinco años atrás cuando se examinaba para el permiso de tipo C1, hubiera podido imaginar mientras intentaba torpemente manejar la palanca de cambios que tan extraña se le hacía.

Toc. La superficie en la que me encontraba era lisa y fina. Toc. Era una lámina de chocolate, dura y delicada. Toc. Estaba elevada del suelo, debía de tapar algún agujero importante. Las ruedas del camión al pasar la habían hecho vibrar con tanta intensidad que todavía percibía cierto temblor en mis entrañas, como un músico tocando la nota más grave de su contrabajo. Toc. Retomé el camino hacia adelante, poco a poco, como la situación de la vía requería. Toc. Bajé el pequeño escalón producto del parche para el socavón. El suelo era mucho más familiar. Toc. Eran baldosas grandes, como hojas de periódicos. Su superficie era muy rugosa, sin duda era un aglomerado de piedrecitas de diferentes tamaños y no estaba lijada. Esos suelos proporcionaban seguridad, aún lloviendo sabías que no te podías resbalar, las piedras absorbían el agua por sus recovecos más ocultos.

Toc. Seguí para adelante, siempre cerca de la pared, no fuera que volviera a pasar otro camión y me provocara otra revolución en la pituitaria. Toc. Nunca me habían gustado las obras de las calles, esa necesidad de cambiar las cosas cada cierto tiempo, destrozar todo y volverlo poner hasta que a otro encargado público se le volviera a ocurrir invertir unos fondos públicos en lo mismo. Siempre era lo mismo, siempre el polvo, siempre los ruidos, siempre esa incómoda sensación de suciedad, de viejo, siempre lo mismo. Recuerdo que solía huir de las obras como de las comidas familiares, constantemente me planificaba un recorrido o plan alternativo para evitar esas situaciones. Pero no existía el plan perfecto y esa mañana me tuve que conformar con pasar por ahí.

Toc. Un oasis de olores me atravesó y me llevó lejos, muy lejos, a las misma casa de dulces donde Hansel y Gretel tuvieron su primera sobredosis de azúcar. Olor a almíbares de todo tipo de frutas tropicales, y bizcochuelos, y mantequilla de la de verdad, no esos sucedáneos que llaman margarina para intentar engatusarnos con una triste técnica publicitaria que se derrite cuando untas esa copia barata en pan; y olores a chocolates, a castañas confitadas, olores directos a la zona donde el paladar termina. Toc. Por momentos me paralicé. Intenté seguir ese río de sustancias concentradas, invisible como todo lo bueno, como la vida.

Toc. Toc. Toc. Parece que ya estaba enfrente del escaparate. Podía ver esos dulces, tan de cerca, los sentía con los labios y con todos los vellos de mi cuerpo, nadando, zambulléndome con Gretel en la piscina de la dulce perdición, de la perdición más dulce. Hansel no se dio cuenta, por supuesto. Toc. Pronto todo se desvaneció y quedó una niebla londinense, culpa del palé, no, culpa del paleto del obrero que lo dejó caer levantando otra tempestad ambiental. Esta vez me irrité los ojos y no soporté más la situación, tomé un atajo y me marché. Toc.

Toc. Parece que donde antes existía un bordillo ahora quedaban los restos. Toc, toc. Me costó más que nunca bajarlo, era un sitio inestable. Peor todavía el ruido de aquella zona, pitidos, golpes, tococoteos, retracas, extraños gruñidos de hormigoneras,... Toc. Toc. Ya no sabía donde estaba, no encontraba ni el norte ni el sur. Toc. Nada. Toc. Nada. Sabía que el suelo estaba levantado y notaba piedras con cantos de diferentes formas y tamaños, posibles herramientas años atrás. Toc. Seguí hacia delante por el bulevar del caos. Toc. Noté que la actividad crecía cerca y por momentos. Me pareció que alguien me decía algo, un grito de ¡cuidado! quizás.

Pi. Pi. Pi.

Ya no oigo los ruidos de mi bastón al chocar contra el suelo, ese golpecito perfectamente dirigido y con claros objetivos. Pi. Ya no lo percibo ni lo percibiré. Pi. Los sonidos muertos que yo tan vivos percibía han sido sustituidos por un incómodo pitido artificial, alguien que se chiva vilmente cada vez que mi corazón se para para descansar. Pi. No se quien fue, no recuerdo más. Esos recuerdos tan vivos, tan gráficos, compatibles con la oscuridad que veía y que tantos colores generaban que llegué a creer que de cada color yo percibía una paleta diferente de matices. Colores dentro de colores.

Pi. Supongo que sería el camionero. Supongo que sería joven. Supongo que tenía ganas de terminar la jornada y aceleró marcha atrás con el mismo objetivo que yo, tomar un atajo. Supongo que no me vio y que se ha arrepentido. Pi. Yo lo perdono, es lo único que me queda entre tantos cables y tecnología muerta para vivos muertos. Pi.

Pero ya estoy cansado. Cuando me quedé ciego, en el otro accidente, me convencí a mi mismo, en un momento de optimismo que ni por asomo llegaría a reproducir en este instante, de que las cosas más importantes de esta vida no son cosas. Y era feliz. Pi. Pero ahora, no tengo ni vida, solo oigo lo que pasa y no me puedo ni mover. Todo paralizado, estoy retando al mundo a ver quién de los dos se rinde y se muere antes, si él o yo. Pi. Ahora ya no tengo ni cosas ni nada importante. Ni recuerdos, sólo eso, ese día, ese garbeo por los entresijos del dulce cielo de caramelo, espejismo que deshizo el mundanal ruido de la ciudad en obras. El yin contra el yang, la oscuridad y el día, lo dulce y lo amargo.

Las cosas más importantes no son cosas. La nada ni es cosa ni es nada. Tonterías. Me voy a dormir. Pi. Pi. A ver si encuentro la pastelería. Pi. Pi. Pi. Si me deja este chivato, claro. Piiiiiiiii...

Poder, deber, querer

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El otro día entrevistaban en la radio a Pedro Ruiz por motivo de la publicación de un libro. Entre otras cosas, comentaba una muy interesante que rescato a continuación. Decía que en esta vida, en el aspecto laboral principalmente, elegías libertad o poder. Me hizo reflexionar, ya que no le di demasiada importancia a lo que se refería realmente, seguro que estaba hablando de Emilio Aragón o algún directivo contra los que está enfrentándose en los tribunales. Creo que es cierto, y más aún, la vida se puede simplificar en unas sencillas frases o axiomas que a la vez son difíciles de aplicar.

En la vida elegimos, desde que nos levantamos por la mañana y decidimos si tomar el café antes o después de vestirnos hasta el día del juicio final cuando decidimos si dejarle los periquitos en testamento a nuestro nieto mayor. Claro que todas las elecciones no van a tener la misma trascendencia ni deberían tenerla. Y de lo que depende en vivir una buena vida o una mala, teniendo en cuenta siempre que tenemos un marco y una gente a nuestro alrededor, es de las elecciones que tomamos, a veces buenas y otras no. A este aspecto deberíamos darle más importancia en el día a día, pero claro está que no podemos emplear mucho tiempo en elegir, esa elección, rizando el rizo, no sería acertada.

Para ayudarnos en la toma de decisiones de diferente trascendencia nos solemos apoyar en una prioridades. Es algo de lo que no se suele ni hablar ni reflexionar, pero que siempre es de gran ayuda para tener claras las ideas. La gente que no es coherente y no aplica los mismos principios no es de fiar, no son gente con la que nos gusta colaborar. Creo que debemos de tener siempre presente que es lo que queremos, con que prioridades y como van a reaccionar los demás. En conjunto, qué es lo que debemos hacer. No se lo debemos a nadie, nos lo debemos a nosotros mismos.

La sociedad, la historia o la educación tienen gran influencia en esos aspectos, pero no son definitivos. Si realmente nos planteamos de un modo racional nuestros principios, un punto de inflexión, y analizando llegaremos a enfrentarnos con nosotros mismo, algo que creo bueno y, desde el optimismo, que nos puede ayudar a ser mejores. Mejores significa felices, comprometidos, reflexivos, solidarios, generosos,... y podremos transmitir esto. Ahora parece una cursilada y seguro que en algún comentario me proponen irme una temporada de retiro espiritual con los de la catequesis. Pero no confundamos los valores con la religión.

A la religión se le pueden reprochar muchas cosas, pero enseñaba valores, mucho de los cuales ni me planteo plantearme. Hoy en día hay un déficit de valores latente y los niños se creen que ancha es Castilla para hacer de su capa un sayo. ¡Coño, que pega un niño a una profesora y el padre lo defiende! Estamos inflando un globo muy peligroso que puede reventarnos en la cara. Los niños, ante todo, tienen que ser conscientes de cómo van a afectar sus acciones en las demás personas. Y la manera en la que hay que explicárselo es: “no jodas si no quieres que te jodan”. Esa es la frase para la terapia de choque, mejor hacerles pensar que son la otra persona y si les gustaría que les hicieran lo que ellos hacen.

Aquí no hay moralina, hay verdades como puños. No giremos la cabeza, tenemos opción de elegir, de cambiar, de seleccionar, de tener principios. Como muy bien decía hace unos años Spike Lee y resucitaba la película 'Tapas': “haz lo que debas”.

Pasando ( de ) la tarde

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Ayer, una tarde espléndida, tanto dos amigos como yo decidimos ir a demostrar que ‘los deportes para los deportistas’. Es una máxima que no dudo en cumplir siempre que puedo, pero ayer tomé la iniciativa y nos plantamos en el frontón del seminario a las cinco de la tarde bajo un sol que bien merecía ser honrado con unas olivitas y sus correspondientes cervezas en una terraza en vez de aquel bochornoso espectáculo que a priori intentamos vender como un interesante partido de frontenis.

Mis marcas personales serían fácilmente superadas por un mono epiléptico con una raqueta en cada mano: tres puntos de infinitos intentos y dos pelotas encajadas. Como supondréis, en vez de admitir mi patosidad ante el frontis salí al paso muy engorrosamente criticando con ferocidad al diseñador del frontón y al maldito ingeniero o arquitecto que decidió poner tantos obstáculos a las pelotas que se supone tendrían que volver a caer cumpliendo el principio de la física de que todo lo que sube ha de bajar.

Así no se puede. Mientras desarrollábamos nuestra actividad socio-cultural ( denominarla deportiva sería un halago no merecido ) unos jovenzuelos tomaban diferentes tipos de sustancias en el jardín de al lado, llamémosles X puesto que para mi ingenua mente son una incógnita. Cuando mis fallos bajo la chapa empezaban a convertirse monótonamente repetitivos, de repente, empezó la acción.

Los chavales empezaron a mover la cabeza hacia todas las direcciones. Algo intuían, el león andaba cerca. Crecía la tensión. El silenció se apoderó de la escena. Todos se movían, no dejaban la mirada fija. En un segundo, el primero se dejó llevar por la presión y saltó del muro escapando. Acto seguido el siguiente. Los cuatro restantes estaba paralizados ante la incertidumbre. Finalmente salieron corriendo por la puerta todos a una. Habían visto dos hombres de paisano que iban hacia ellos.

Pero cuando ya se veían libres, en la puerta, los detuvieron. Todo había sido una sucia emboscada, los hombres de rojo empezaron a cachearles con la rutinaria esperanza de encontrar drogas en los huecos de sus pantalones. Nada de drogas, seguramente lo que conocemos como X ya estaba disuelto por su torrente sanguíneo. ¡Pero uno llevaba un arma de fuego !

Toda la emoción abandonó nuestro sudoroso cuerpo cuando el ertziana empezó a disparar al suelo las ridículas bolitas amarillas cargadas en la pistola. Todo el ir y venir, las carreras, nuestra esperanza de que íbamos a presenciar algo interesante, algún detenido o unas tortas quizás, todo, se fue por el desagüe. Al final acabó en un mamoneo y con un consejo paternal del defensor de la ley establecida al portador del juguete de pichiglás made in china.

Tanta acción, y mi segunda pelota encajada, hizo que abandonásemos el juego para tomar un refrigerio para nuestras sedientas gargantas. Hicimos un pacto de hombres con las miradas, sólo necesitábamos pestañear para confirmar que el sentimiento de lealtad y honor era recíproco, decidimos que nuestra patética actuación emulando a deportistas no saldría a la luz. Espero que mis compañeros sepan perdonar esta violación del contrato visual, desde esta nueva perspectiva los hechos adquieren un ángulo de vista más cercano a la comedia que al trascendentalismo y al drama con el que sentimos aquellos momentos.

Dirigiéndonos hacia el punto de avituallamiento todavía nos aguardaba otra sorprendente escena a la vuelta de la esquina con menos acción que la anterior pero embriagada de ingenio humano.

Al pasar por delante de unas instalaciones deportivas públicas unidas al patio de un colegio, observamos cómo un homo sapiens, que todavía no había alcanzado el desarrollo intelectual requerido para ser considerado ‘un hombre decente de Dios’, intentaba saltar una valla. El hecho de saltar una verja, en sí, no englobará demasiados impedimentos para la mayoría de vosotros. Me he de excluir involuntariamente del grupo pues soy completamente incapaz de realizar dicha acción sin ocasionarme algún daño físico o destrozarme el atuendo. Nunca he sido capaz de enfrentarme a las barreras físicas, al contrario que a las intelectuales.

Volvamos con nuestro amigo, delante del obstáculo, sin saber qué hacer. Supusimos y todavía supongo que su parálisis temporal inducida por la reflexión era debida a que no sabía qué hacer con la bicicleta que portaba. Tras unos dubitativos segundos nuestro pensador se volvió ejecutor y lanzó su bicicleta por encima de la cerca para luego así pasar él y recogerla. Increíble pero cierto. La perplejidad mutó en ira cuando percibí que la bicicleta era pública, no era suya sino nuestra, adquirida tras tramitar un préstamo con el servicio público de bicicletas que oferta el ayuntamiento y que debía ser devuelta el mismo día que había sido prestada.
Pero no acababa ahí la cosa, a la vez que recibes la bicicleta recoges también una cadena candada y su correspondiente llave para poder aparcarla con seguridad donde quieras. El sujeto tenía la posibilidad de candarla y la obligación moral o de conducta cívica de guardarla y cuidarla para que el siguiente usuario pueda sentirse tan complacido como seguramente se sintió el al recibirla. Nada más lejos.

Lo cierto es que una sensación primaria e incontrolable de asco y repugnancia invade mi mente cuando pienso que hemos de con-vivir con esta chusmilla social, esta gentuza. Da pavor ofertar servicios públicos, les ofreces algo gratis y te lo devuelven en números rojos, teniendo que ser arreglado. Les das la mano, y... ¡te la cortan!. Tras un mes del servicio de préstamo de bicicletas operativo casi la mitad de los vehículos están fuera de servicio por el mal uso que le dan los usuarios.

Pero no nos tiremos de los pelos y vayamos a acabar con los servicios. No pueden pagar justos por pecadores; del mismo modo que los pecadores no pueden quedar impunes.

Fue una tarde triste por lo acontecido y sobre todo por el final ya que la cocacola que me tomé para saciarme era light. Qué pena penita pena.

Chándals

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Cada comunidad autónoma, desde siempre, ha sido diferente. Pídete un pica en Madrid, a ver que te sacan. Mira los trajes regionales, tan diferentes; bueno, son todos iguales pero en diferentes colores. Los trajes regionales son un atuendo que se muestra sobre todo cuando estás en una comunidad que no es la tuya. Estoy seguro que el día de Extremadura en Badajoz no se viste ni el Tato de regional, pero pásate po
r el centro extremeño de aquí, "quillo', vaya sarao’ que noh' hemo' montao' ".
En estos tiempos de discordia, deberíamos unirnos todos. Si os da un poco de apuro empezar a unirnos así, de golpe, empezad de tres en tres, que algo es algo. Si tuviéramos que elegir un traje regional común para todas las comunidades, un traje nacional, no sería el de la G
uardia Civil; sería el chándal.

El chándal es la prenda marginada, la menospreciada. No se merece ser colgada en perchas, hay que doblarla en cuadrados perfectos y amontonarla debajo del armario. La gente no se molesta en plancharla bien, no le importa que se quede un poco arrugada. Incluso es la única prenda que si se quema con un cigarro no nos importa lucirla con el agujerito que se queda, con los bordes de alrededor duros. Los luces como las medallas de guerra, son recuerdos de una batalla muy dura.
- Ala tío, y ese agujero.
- Fue algo caótico. Septiembre del 92, también perdimos dos cremalleras. Me quedó
esta cicatriz.
Pero aunque sea mayor que un agujerito, no la retiramos. A un niño no le vale con tirarse en plancha en el patio de gravilla del colegio para que le cambien de pantalón. Ya puede tener un agujero del tamaño de Australia, que seguro que la madre lo tapa un parche. Porque hay rodilleras de todos los tamaños, desde tamaño Fary hasta tamaño King Africa. ¡Pero si no hay nada que de más pena que un niño con una rodillera pegada en el pantalón!; bueno sí, un niño con dos. Porque las madres piensan:

"¿Como le voy a poner sólo una rodillera?, queda muy cutre. Le voy a poner una en cada pierna. Que no se diga que mi niño es un hortera"
Y luego está Mr. Bean, que le gusta llamar la atención y se pega las rodilleras en los codos. Aunque yo he llegado a pensar que igual las ha inventado él, yo no me acuerdo habérselas visto a nadie antes que a él.

El chándal fue
el primer elemento en ser tuneado. El concepto tuning lo inventó el creador del pantalón de corchetes. Todo empezó cuando Adidas contrató como creativo a un stripper retirado, que se limitó a coger su antiguo pantalón de trabajo y pegarle unos parches de la marca en los lados. Yo creo que si se hubiera propuesto hacer algo tan feo e inútil, no le habría salido mejor; y encima arrasó. Está claro que en España lo feo e inútil triunfa y se copia, y sino mira la Pantoja, que desde que sale con Cachuli se ha dejado el bigotillo más alocado, clara influencia del estilo de su novio.
Analicemos el caso corchete con detenimiento.¿Qué le hace a una persona con cierta v
ida social ponerse eso?
Bonitos no son. Cuando los hicieron, por si los colores no fueran suficientemente llamativos, decidieron hacerlos en lycra para que con el reflejo de la luz el color variara; como los gallitos de las tiendas de todo a cien, que cambiaban el color de las plumas según el tiempo que vaya a hac
er.
Y por si eso fuera poco, tenían dos colores: el frontal-trasero y el lateral,
que generalmente era blanco. Que por eso en comisaría te hacen fotos de diferentes ángulos, por si llevas corchetes para que no induzcan a error.

Cómodos no son. Violan la primera regla de la ropa: "Nos vestimos para no pasar frío". Esto lo descubrieron hace unos años nuestros antecesores. Pues tuvo que venir uno en los nov
enta y hacer unos agujeros en los lados para que pasara todo el biruji en los días de viento, que se te hinchan y pareces el muñeco de Michelín. Y que no te queden un poco ajustados, que los corchetes no pasan la prueba de la silla.
La prueba de la silla es el control de calidad de los pantalones de chándal, tienen que pasarla para ser aptos para el uso. Si te sientas y aguantan por los tres puntos clave e
stán aprobados. Entrepierna, huchilla y lateral. Si un pantalón de corchetes te queda justo: o se te ve la huchilla o te revienta por la entrepierna o se te abren los laterales haciendo ochos al sentarte.

Útiles no son. La única utilidad que pueden tener respecto a los pantalones de chándal normales es que se quitan de un tirón, a lo boy. Pero no lo hacen; están atados en la
cintura en un alarde de innovación de su creador. Para quitártelos te los tienes que pasar por los tobillos, no hay otra. Y cuando viene el que se cree gracioso, el típico inadaptado social, y te los tira hasta abajo abriéndotelos en canal, te quedas en mitad de la calle como una piñata, con chorreras colgando. Bueno, ahí agradeces que sean atados a la cintura. ¿O no?

Baratos, no s... bueno sí, baratos sí que son. Pero no los originales, los de mercadillo. Los pantalones de corchetes tienen más encanto los del mercadillo; ya que te vas a pillar una horterada, que
sea a lo grande.
Cuando salieron los primeros modelos en el mercadillo estuvieron en los puestos a
ltos de productos más vendidos, casi desbancaron a clásicos como la braga-faja, las chanclas cangrejeras o la sombra de ojos plateada. Los de mercadillo son fácilmente reconocibles porque en los laterales tienen o dos o cuatro rallas, pero nunca tres, que esos son los de Adidas.

El chándal en muchos casos es un objeto para la reivindicación. Hay toda una generación, nacidos a partir de los años cincuenta, que fueron obligados de pequeños a llevar ropa incómoda los domingos, desde sandalias a pantalones cortos en invierno. Para declararse en contra, los domingos se ponen chándal y se manifiestan paseando por la calle o yendo a comprar el pan y el periódico. Pero se nota enseguida que no son auténticos deportistas: van con la ralla bien hecha (como Maradona), engominados, y llevan puestos zapatos y camisa de cuadros, ¡por dentro del pantalón!
¿A quién se le ocurre eso, acaso alguien llevaría esmoquin y zapatillas? Bueno, Emilio Aragón sí. ¡Y encima engominado!
La cabecilla de los reivindicadores es Rocío Jurado. Fue la primera en manifestarse con chándal dominguero. Ella es una mujer muy idealista y lleva hasta el final sus radicales ideas. Le demuestra a todo el mundo su mosqueo llevando, sin ningún pudor, un chándal rosa, zapatos de tacón, abrigo de visón y gafas de sol. Y encima se pasea así por los aeropuertos, para que le vea más gente.


Otro uso incorrecto del chándal es utilizarlo de pijama, para andar por casa. Cada vez más gente, creyendo que un chándal pasa de moda, lo utiliza para las labores del hogar. Respecto a eso: el chándal es una prenda atemporal, nunca pasa de moda; excepto el chándal con hombreras.
Además, lo incómoda que tiene que ser la siesta con el chándal puesto, que como los bolsillos tienen cremalleras se te tienen que clavar por todos los lados. Sólo los faquires duermen con chándal, para ir entrenándose. Tiene que ser como dormir encima de un scotchbrite; bueno si eres un erizo no, que el scotchbrite para un erizo es como una muñeca hinchable. Y los que andan en casa en ropa deportiva, ¿al gimnasio irán en pijama? Eh, Michael Jackson.

En los ochenta el chándal fue desbancado por las mallas. De repente, la gente no hacía deporte con chándal, se embutía en las mallas a lo butifarra y, ala, a sudar. Hoy en día, afortunadamente, sólo se utilizan las mallas en los anuncios de las máquinas de gimnasio de la tele, en las clases de aeróbic y en UPA dance. Y por cierto, los de UPA dance deben de tener complejo de espinillas, porque la ropa que llevan les marca todísimo todo, pero en la pierna se ponen unas bufandas para disimularlas.
Yo no recomiendo a nadie normal ponerse unas mallas. Primero tendrá que superar problemas de claustrofobia, miedo a entrar en sitios pequeños; y luego problemas de chichafobia, mie
do a que se te escapen las chichas de los sitios pequeños, las mallas. Porque las mallas son malas, sólo enseñan lo peor de ti mismo, y lo realzan (o lo rebajan, chicas). Son como los resúmenes de Gran Hermano.

El único problema que le encuentro al chándal es que no se hasta donde me lo tengo que subir. Me pasa lo mismo que con el pareo, que los que tenemos tripita, no sabemos cual es la medida para ponerlo. Yo por eso no uso pareo.
Si te pones el pantalón debajo de la tripita te hace de gordo; pero si te lo pones en
cima, tiene que ser en el ombligo, y claro, pareces don Pin Pón, el anti-raperos.
Pero no existe línea media, si te lo pones en la mitad, que es donde mejor queda, el pantalón a los treinta segundos se cansa y se resguarda debajo de ti, al calentito. ¡No saben nada!

Desde aquí hago un llamamiento a la sociedad, usad el chándal que es como bricomanía: fácil, divertido y para toda la familia. No hay porque ser deportista para llevarlo, aunque es recomendable porque queda mejor. Y hacer deporte tampoco está mal, aunque te canses. Eso sí, recordad siempre que el deporte es como una orgía: lo importante no es ganar sino participar.



Guarros

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Los guarros nos rodean. En la sociedad de consumo que nos ha tocado vivir, donde se aprecia la imagen ante todo y los anuncios nos incitan a estar esterilizadamente limpios, un pequeño grupo de insurgentes ha creado un movimiento reivindicativo que se niega a agachar la cabeza ante la dictadura de las modas; llevan sus creencias hasta las últimas consecuencias.

Creo con seguridad no ser el único que se cruza con los guarros. Esperando el ascensor, tan contento, y de repente viene ese vecino con una fragancia natural tan característica: el sudor sobaquero estilo guiri en Salou que hasta en invierno atraviesa el abrigo plumífero para desmontarte a golpe de feromona. ¡Pero cómo no se dan cuenta de que les canta el alerón! No creo que sea algo inevitable, algo patológico, y aún siéndolo seguro que tiene cura. Años investigando la vacuna del cáncer y no hemos sido capaces de crear un desodorante en condiciones. Además, ese tipo de cosas se encuentran sin querer, como la penicilina.

Y mira la chica desnuda de Fa, como salta al río tropical de cabeza; pero nadie se la imagina oliendo a chumino palomero. Se te baja todo a los pies. Pero es que somos unos miedosos, no nos atrevemos a decirle al guarro de turno que le huele el sobaco y luego nos quejamos. Deberíamos echarle un par de narices y decir esas cosas a la cara, que al fin y al cabo, es para su bien ( y para el nuestro). Encima que el guarro es él y nos jorobamos nosotros, nos da apuro decírselo. Porque insinuarlo es difícil:

-Hola, bueno días. Que bonito día ha salido, ni una sola nube.. Por cierto, ¿a qué huelen las nubes? – o incluso:

-Hola. No tendrás algún Jerez, que me he quedado sin oloroso.

Y los que esperan en los semáforos dentro del coche se deben de creer que los cristales están tintados o algo. De repente sienten una inusual atracción al orificio nasal y dale que te dale. Alguno fijo que se ha perforado. Y cuando se sacan un ‘moquillo’, por no bajar la ventanilla lo pegan en el salpicadero. Que por eso cuando sacaron a Lady Di del coche pensaron que la había estornudado en la cara Dodi antes del accidente. Lo más divertido es quedarse mirando a los que se rascan el cerebro esperando al semáforo y cuando se percatan de que les has cazado centran su mirada en un punto imaginario del coche de enfrente sin atreverse a mirarte otra vez. Como si no lo conocieras.

Los meones son un subgrupo dentro de los guarros. Se caracterizan por evacuar grandes cantidades de kalimotxo o cerveza en cualquier esquina de la ciudad. La mayoría son hombres ya que tienen el surtidor mucho más a mano ( algunos más que otros) y sobre todo son mucho más despreocupados, no les importa que les miren o que les saquen fotos con el móvil. Últimamente hay más mujeres afiliadas a éste grupo, cada vez se atreven a mear en diferentes lugares, ya no se limitan al pequeño agujero de entre los coches (¿cuántas se habrán rasgado las bragas al enganchárselas en la matrícula?). Lo que nunca cambiarán es la costumbre de ir de dos en dos al baño. Dicen que es para que mientras una actúa la otra sujeta la puerta, pero es mentira: en los bares del centro no necesitas que nadie empuje la puerta, en cuanto alguien intenta entrar se pega con tus rodillas, ¡que estás meando en la postura Spiderman!.

Odio a los niños que están todo el día escupiendo. Muchos de ellos lo hacen porque son tan tontos que fuman y como no les gusta, pues tienen que japar cada calada. Por lo menos no echan esas mocadas de viejos, que se les caen hasta los dientes postizos. Pero la culpa de los jovenzuelos escupidores no la tienen ni el tabaco ni los Latin Kings ( que si tan latinos son que tengan los huevos de llamarse ‘Los reyes del mambo’, ¡uuh!). la culpa la tienen los futbolistas. Ves un partido, y cada dos por tres un asqueroso de esos echando por la boca cada barbaridad. Además no deben de saber escupir, que todos se acaban limpiando en la manga ( Ronaldo en el escudo). Y ves al pobre Guti, normal que no atreva a tirarse en plancha, con la de cositas que tiene que tener el césped. Normal que digan que hay jugadores que “se tiran a la piscina”.
Para lo de la limpieza los de baloncesto son mucho mejores. A nada que se caiga alguno al suelo el árbitro llama al niño de la mopa para que lo deje todo bonito. Que tiene que lucir la cera.

Lo más gracioso de los guarros es que intentan convencerte de que tú también lo eres. Si alguien te dice:
“Bueno, en realidad, todos tenemos nuestras rarezas. Todos somos guarros a nuestra manera
no vuelvas a dejarte invitar a comer natillas caseras.

Bueno, ya me he puesto demasiado escatológico por hoy. Espero no haberos incomodado, pero lo dudo porque todos somos un poco guarros.


Pensar es malo

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Nuestro cerebro nos juega malas pasadas frecuentemente. A veces nos damos cuenta, pero otras veces ni nos sospechamos. El problema empieza cuando no nos damos cuenta y nos lo creemos.

No hablo exclusivamente de los sueños. El subconsciente, parte tan importante como inexplorada de nosotros mismos (¿?), supongo que seguirá sin ser desvelado durante mucho tiempo. Sabemos que algo hay ahí, pero sólo nos aventuramos a fantasear cómo funciona con teorías asentadas muchas veces en terrenos inestables. ¿Son los sueños lo que nos gustaría ser? ¿Son realidad o sólo el resultado de un proceso de borrado de la memoria, una especie de formateo de nuestro disco? Ni lo sé ni es lo que me interesa en este momento. A lo que me refería al principio de éste artículo es a esas sensaciones que muchas veces no sabemos interpretar y que durante años se le han atribuido a dioses y leyendas. ¿Fantasmas? ¿Psicofonías? Algo hay.

Partimos de la base de que todos tenemos ciertos rasgos de sicóticos o paranoicos, en mayor o menor medida. El otro día me comentaba una amiga que ella cuando se duerme, a veces, siente la sensación de que le tiran de los pies hacia abajo. Siente que alguien ( ella no dice algo ) la agarra y la empuja hacia el final de la cama. Ha relacionado esto con la muerte de su abuela y cree que le pasa más frecuentemente desde que ella se murió. Sea falso o cierto, ella lo siente tan real como la lluvia contra su cara. También me comentó que sigue un remedio ‘tradicional’ en esas angustiosas situaciones: repetir una oración, el padrenuestro.

Está demostrado que la repetición de un patrón deriva en la desconexión parcial de lo que estábamos pensando, pero esto no es nuevo. Es como hacer que el cerebro se centre en lo que le mandamos y se olvide de lo que estaba pensando. Esto funciona siempre que nuestro cerebro nos obedezca. A cierto nivel, pensar es malo, siempre estamos tratando de convencernos a nosotros mismos de lo que nos interesa, somos muy imparciales con nosotros mismos. Es muy curiosa esa percepción del yo que tenemos los humanos, muchas veces nos imaginamos a nosotros dentro de nuestra cabeza como una tercera persona, cuando no hay nadie allí. Hay corrientes filosóficas que pretenden eliminar esa concepción; y una de las técnicas es la repetición de oraciones o frases sin sentido para alcanzar ese ‘clímax espiritual’, la desconexión.

En algunas situaciones, incluso sabiendo el origen de lo que sentimos y su naturaleza, no podemos evitar ese primer ‘impulso’, esa sensación incontrolable que nos hace sentir inestables. Quizás mi amiga no conozca que durante la segunda fase del sueño nuestro sistema nervioso bloquea las vías de acceso de la información sensorial, y que ese cambio puede producir esa sensación, no se. Y aún sabiéndolo, podrá volver a sentirlo.

La mayoría de la gente que dice haber sido abducida por un ovni describe relatos muy similares y las características de todos los alienígenas son muy parecidas. Esto se puede deber a que el meme de los ovnis está muy extendido. Las personas que dicen haber sido abducidas no son enfermos mentales, en general. Pero se está estudiando que hay veces que nuestra memoria falla, tiene lagunas, y echa mano de estas ideas también almacenadas en nuestro cerebro para completar esos ‘gaps’. Durante una época se dijo para defender los estigmas de los que los sufrían que éstos tenían la marca de los clavos de Cristo en las muñecas, enfrentándose a la imagen más común de las tallas religiosas. Y, por supuesto, a Cristo lo crucificaron por las muñecas ya que por las manos se habría desgarrado al soportar el peso de su cuerpo. Pero, ¿qué meme está más extendido?

Siempre tendremos esas curiosas sensaciones incómodas, pese a lo que sepamos. Cuando conducimos solos tenemos la sensación de que alguien está sentado en el asiento de atrás, pese a tener certeza de que no es así. O si te miras fijamente en el espejo, te ves a ti mismo en el reflejo de tu ojo y de repente percibes otra persona ahí, te encierra el reflejo. Y el miedo a la oscuridad o esas sombras que nos hacen ver caras y formas diferentes con la poca luz que percibimos a través de la ventana. O el impulso a preguntar si hay alguien en casa, pese a saber de antemano que no es así. O los escalofríos nocturnos y la necesidad de agarrarnos a algo fuertemente antes de dormir. Es curioso cómo esto nos afecta generalmente en soledad, nuestro comportamiento varía si estamos solos o en grupo. Incluso los ratones se comportan de diferente manera en soledad y en grupo: si a un ratón le inyectas anfetamina empieza a saltar y a volverse ‘loco’; en cambio, si está con otro ratón al inyectársela, lo mata inmediatamente.

Es entretenido experimentar estas situaciones, claro está, siempre que podamos hacerlo desde un punto de vista racional y que no nos conduzca a un bucle de paranoias.


Sangre

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No voy a escribir sobre morcillas, pero casi.

Esta tarde tenía que ir a donar plaquetas a las siete de la tarde. Tras dos horas y media de siesta interrumpidas por la siempre inoportuna llamada de mi ‘jefe’, el director técnico, me he planteado si realmente ir o no. Al final me he armado de valor, o mejor dicho, de conciencia cívica y responsabilidad social, y he ido al hospital.

Me suelen extraer tres cosas: plasma, plaquetas y no se qué glóbulos, quizás rojos ( en ‘Érase una vez el cuerpo humano’ eran los de la espalda cargada de bolitas azules que iban hasta los alvéolos, me parece). Me parece que debemos donar, por lo menos sangre, que no cuesta ni duele nada y si a nosotros nos pasara algo nos gustaría tener una dosis fresquita esperándonos (especialmente de la mía, que soy donante universal, característica que incluyo en mi currículim cuando ligo).

-Hola, guapa. Soy Piru, cero negativo. ¿Estudias o trabajas?

Bueno, una vez en el hospital la enfermera ha empezado con los preparativos de la máquina. La donación de plaquetas la controla una terminal informatizada muy sofisticada. El proceso, simplificándolo, es el siguiente: la máquina extrae una cantidad pequeña de sangre, la centrifuga en su interior y te vuelve a introducir lo que no utiliza. Esto es cíclico y se repite varias veces a lo largo de la extracción.

Como supondréis, todo el mecanismo que está en contacto directo con la sangre ( tubos, contenedores, plásticos) lo cambian para cada donante. Esto implica que la enfermera abra la máquina e introduzca las piezas intercambiables en su correspondiente lugar. No parece que sea una operación demasiado compleja, pero a la enfermera que me ha tocado se le ha atravesado mostrando patosidad y cierta tecnofobia, expresando “Éstas máquinas...”. Tras montarlo todo, ha venido a pincharme la vena y otra vez ha protestado, pero esta vez contra mí. Se quejaba de que tenía la vena muy adentro; ciertamente es así pero ninguna de sus compañeras se había quejado nunca.

No era la primara vez que donaba plasma. Normalmente suelo tardar una hora en realizar el proceso completo. Hoy he estado cinco minutos. Tras empezar la extracción escuchaba unos ruidos poco comunes en la máquina. Éstos, por supuesto, han sido ignorados por la enfermera. Al poco tiempo, ha sonado un ruido mecánico dentro de la máquina. Lo ha oído hasta el médico que estaba dentro de su sala, a veinte metros de distancia. La enfermera, tras repetírselo varias veces tanto yo como el donante de al lado, ha acabado creyéndose que el ruido provenía del interior. Pero me parece que hasta que no ha salido una gota de sangre del cajón no se lo ha creído.

"Milagro, está llorando sangre. ¡La máquina esta conectada con el Señor!" yo siempre tan gracioso. En ese momento la máquina ha empezado a pitar y por la pantalla indicaba que me quitara la aguja del brazo inmediatamente. Dicho y hecho. Pero lo más tarantiniano ha venido cuando se le ha ocurrido abrir el cajón y ha salido toda la sangre al suelo. ¡Menudo cisco ha montado la muy zoquete!. La máquina por dentro estaba completamente salpicada por la sangre que había escupido la centrifugadora que la enfermera había encajado mal. Mini-punto y punto para ella.

Así que con el pinchazo en el brazo, de vuelta para casa. He quedado que volveré en dos semanas, con la vena ya cerrada. A ver si entonces me atienden decentemente y no parece eso la matanza de Texas. Volveré, la gente que necesita sangre no tiene la culpa de esto.

Misses

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¿En qué momento de la vida una niña decide que quiere ser Miss? Es una pregunta que nadie se realiza pero a la que deberían dar más importancia los jurados. Si la niña lo sabe desde pequeña, mal asunto. Esa niña, durante su infancia, es a la que todos los de la clase aspiran y finalmente ven frustradas sus onanistas fantasías porque ella prefiere al niño motorizado y agujereado: el malote de la moto con piercing. A éstas les suele pasar que se lo tienen tan creído que le guiñan el ojo al jurado y el único que lo interpreta ‘bien’ es Luis María Ansón; curioso que un miembro de la Real Academia de la Lengua ( española, no ajena) prefiera el gesto a la palabra. Todos sabemos que es de mala educación hablar con la boca llena.

Si la niña decide presentarse al concurso cuando empieza el instituto tampoco es bueno. Por lo menos el de la moto para entonces está en la cárcel por liarse a tortas con el guarda de una discoteca ( el nene no interpretó el cacheo cómo algo anormal y la lió). A esa edad los tíos de su clase tienen más granos que un Ferrero Rocher; incluso a alguno no se le diferencian los ojos de los puntos negros. Pero siempre hay un osado, el que nunca hace nada, que se atreve a decirle algo. La falta de práctica hace que le diga, él a ella, de seguidilla:

- ¿Me das un beso? – desesperadamente.

Error. La niña no se ha enterado de que beso significa ‘beso’, y no ‘perca castellana’. Total, que el niño cobra; y la niña víbora. La adolescencia del niño se queda marcada, con los cinco deditos, y acabará estudiando informática creyendo que las Enfermera69s del IRC son chicas de verdad. Ella, por su parte, seguirá rompiendo corazones hasta que un miembro del jurado le pregunte por Rusia y ella no le pueda responder por todo el Vodka ingerido en su ‘encantadora’ adolescencia. ¡Qué paradoja rusa!

Pero las peores de todas son las que de repente se ven en el camerino de las Misses y se preguntan, ante la imposibilidad de embutir su culo ibérico en las braguitas de Marina D’Or Cuidad de vacaciones dígame:

- ¿Qué coño hago yo aquí?

¡Y a ver quién se lo explica! Visto el panorama que había, a más de una le pasó eso. Y si se presentan a un concurso de belleza, dónde lo que se evalúa es la belleza, no tendrían que molestarse si les llaman feas( sería más correcto invalidarlas, por ausencia de belleza). Alguna era objetivamente fea, comparándola con los cánones de belleza desde hoy en día hasta hace doscientos años (ni al pobre Goya lo habrían inspirado). Lo que no sé es como les permiten presentarse, si lo que se va ha juzgar es la belleza no deberían permitir que gente con claros déficits de la misma se presentaran. ¡Pero si alguna puntuaría negativo!

Cuando van desfilando de una en una en un recuadro les ponen las medidas ( noventa, sesenta, revienta). Pero luego no les gusta que digan que eso es tratar a una mujer como un objeto. Tienen razón, si tu vas a la feria de ganado de Torrelavega a comprarte una vaca te dicen cuánto pesa, pero tú no tratas a la vaca cómo un objeto. Si fueras a la feria Exposofá, pues ahí sí. Y luego los eufemismos en el campo de trabajo: ahora churrera se llama especialista de la hostelería. No me jorobes, es como nombrar a la bruja Lola especialista en predicción de riesgos laborales.

Y luego cómo andan; o cómo intentan andar. Las modelos, las de verdad, andan mal a propósito. A éstas les sale sin querer. Pero si es normal, a quién se le ocurre ir a la playa con tacones. Si cuando llevas las cangrejeras ya se te llenan los pies de arena, andando con esos zapatos te tienes que mover más que la compresa de una coja.

Yo, visto lo visto, propondría las Misses gastronómicas: Miss Morcilla de Burgos, Miss Fabada de Asturias, Miss Butifarra Catalana, Miss Empanadilla de Móstoles, Miss Botillo de León, Miss Chorizo Extra de La Sra. Julia... Pero seguirían teniendo todas el mismo problema: serían todas Misses en plan Ferrán Adriá, con volúmenes minimalistas, o en plan Arguiñano, sólo las entiendes si estás entonado.

¿Vamos al cine?

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Siempre me ha gustado ir al cine. Tengo recuerdos desde pequeño, suponía todo un acontecimiento familiar planificado con semanas de antelación. Recuerdo que la compañía preferida era la de mi prima Iratxe con la que fui a ver películas como ‘Sister Act’ o ‘Sólo en Casa’. Pero, como es de intuir, no disfrutaba únicamente de su compañía, a esa edad no era lo más importante, sino que estaba deseoso de ir con ella porque siempre traía un considerable cargamento de azucar en forma de piruletas de Goya. Mis preferidas siempre fueron, son y serán las moradas.

A la vez que estos recuerdos emergen en mi mente, también se me refrescan otros muy diferentes en los que iba sólo al cine desde muy temprana edad. Fui a ver sin compañía una película llamada ‘La llave mágica’ y descubrí que las películas te influencian de diferente manera si vas con alguien a verlas o no. Quizás en este último caso me afecte más o me permita hacer reflexiones más profundas durante y tras la película.

Bajo mi punto de vista el ir al cine es la combinación de un conjunto de elementos que lo convierten en un ritual, casi una ceremonia. Cuando elijo la película prefiero no saber nada de ella antes de entrar, algo casi imposible con algunas produciones por la saturación de publicidad en los medios (no he visto ‘Brokeback Mountain’ porque se me quitaron las ganas). Mirar el cartel, comprar la entrada, palomitas si acaso con el correspondiente cancarro de CocaCola aguachirriada. Son tantos los detalles. Incluso el olor a cine en la sála si vas a la primera sesión, ese olor tan caractrístico. O la música ambiente, que generalmente es el Ibiza Mix de la temporada pasada.

Aún sigo acudiendo, con la frecuencia que mi calendario me permite, al cine sólo. Muchas veces sientes que tienes que convencer a todo el mundo que conoces para ir a ver la película que has visto, que es incluso necesaria para ver como están las cosas por la pelota que tendemos a llamar mundo. Pero no creo que debieran ser obligatorias, porque la reacción a algo impuesto es diferente. Son, símplemente, recomendables. He tenido esa sensación últimamente con ‘Syriana’ y con ‘El jardinero fiel’. Es curioso, ambas son películas embriagadas de actualidad y muy comprometidas.

Estoy seguro que la sensación de contagiar la pasión por la película que acabas de ver no es tan intensa si vas al cine acompañado, porque sientes que el otro, en cierto modo, se compenetra contigo. Crees que tenéis una conexión sentimental, que habrá sentido algo parecido a lo que tu has sentido. Y lo decepcionante que es enterarse que nada más lejos de la realidad. Para mí, lo peor de ir al cine con compañía es cuando tras ver la película vas a tomar algo y casi sin tiempo a asimilar la película te ves comentando tonterías sobre cómo has interpretado el final o si el actor principal ha dado la talla. Prefiero una vomitona de datos técnicos sobre el ángulo de la cámara o la iluminación antes que eso. Las películas tienen que posarse, hay que disfrutar de su regusto.

Me parece que si hubiera crecido con vinilos los añoraría. Soy de esa clase de personas. No me gusta ver películas en el televisor y mucho menos en la pantalla del ordenador, con un sonido decepcionante. No me dejan bucear en la película, a mi me gusta que me atrapen en el microcosmos que el director crea . Y lo paso muy mal en las películas de miedo, me angustio enseguida. También me compro los cedés de los grupos que me gustan, me gusta el olor del libreto de las letras, ver las fotografías, apreciar los detalles sobre dónde se grabó... Supongo que es una forma de ser y de sentir.


Bautizo


Hola, Kaixo, Hello

y más no me sé. Podría poner Aló o cosas de esas, pero luego no sabría como seguir y te estaría mintiendo.

No sé como habrás llegado aquí, probablemente de casualidad, como yo, como todos. De todos modos bienvenido seas, ongi etorri, welcome.

Quiero creer que no quiero que nadie me lea. Es bastante sospechoso crear un Blog sin cerer que nadie se entere, ¿verdad?. Por eso no me lo creo. Me parece más extravagante ( y sospechosa ) la idea de escribir para uno mismo que para los demás. Realmente, todo se hace por algo, y los que escriben quizás lo hagan para auto-analizarse, reflexionar, o vete tú a saber porqué. Pero lo que no haré es escribir condicionado por el que lo vaya a leer. Incluso me estoy planteando la posibilidad de no permitir que me respondan con mensajes, eso es, escribiré un correo electrónico de hotmail al final y ya está.

Si te parece bien, perfecto; y sino, tambíen. Sólo tienes que cliquear una equis situada arriba a la derecha de tu explorador y no volverás a verme.
¡Ay! Si la vida fuera tan fácil como un explorador de Internet: a cuántas personas les habría eliminado hasta las 'cookies'. Por lo menos tenemos la suerte de poder elegir quienes están en nuestros Favoritos.

Por lo demás, un saludo e intentaré escribir.

Buenas noches y buena suerte.

Memes

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El otro día hablaron en la tele sobre los memes. Los memes vienen a ser ideas, conceptos, corrientes culturales o algo parecido a las modas. Son información, pero no tienen instrucciones de cómo o para qué usarlas. Por ejemplo, si el alcalde de un pueblo, Villarriba , viaja al pueblo vecino, Villabajo, y percibe que allí todas las alcantarillas son redondas, mientras que en el suyo son cuadradas, cuando llega a su pueblo es probable que mande cambiar todas las tapas de las alcantarillas. Antes del cambio no importa si el alcalde se ha preocupado de preguntar porqué son redondas en el pueblo y si ha comprendido la razón o únicamente lo h
a copiado directamente sin preguntar porqué. El meme de las alcantarillas redondas ha triunfado, ha desbancado al que defendía las alcantarillas cuadradas que se había asentado en la cultura de Villarriba.

Pero, y si el alcalde de Villabajo hubiera viajado a Villarriba, ¿habría mandado sustituir las cuadradas por redondas? Probablemente no, si esque conocía la razón de porqué son redondas: son redondas para que cuando las levantas si se te caen no se introduzcan por el agujero siendo imposible recuperarlas. Pero supongamos que el de Villabajo no sabía porqué eran redondas y decide cambiarlas. A la primera alcantarilla que se cayera volverían al diseño anterior, ahora sí, entendiendo porqué la evolución cultural había fijado las alcantarillas redondas.

Sí, porque los memes compiten. Compiten entre ellos por asentarse y predominar, para sobrevivir. Incluso hay memes que se oponen a los objetivos de los genes, muchas veces ganándoles. La genética nos ordena reproducirnos para sobrevivir: estamos preparados para ello. No obstante, el meme de ‘las parejas sin hijos’, que optan por no tener hijos voluntariamente, se ha impuesto al impulso genético y le gana la partida. Es un ejemplo de cómo la influencia cultural frena el impulso meramente biológico.

Del mismo modo que los genes (su información) se transmiten a través de generaciones y son capaces de evolucionar, lo mismo ocurre con los memes, la evolución cultural. Recibimos la cultura por imitación, enseñanza o asimilación. Basándonos en esta memoria acumulada, también somos capaces de crear, de inventar. Es una capacidad que depende en lo que hayamos percibido anteriormente, es decir, basada en nuestra experiencia, en los memes que han triunfado. Pero, y termino, también a la hora de asimilar unos memes y no otros entran en juego factores genéticos, como por ejemplo nuestra preferencia natural a formas simétricas y definidas. Eso da lugar a que en lugares diferentes, con medios y cultura diferentes, hayan resuelto problemas muy parecidos con soluciones prácticamente iguales. Siempre me vienen a la cabeza las pirámides, tanto de Egipto como en la cultura azteca; o lo parecidas que son los bolsos en todas las culturas, que han tenido un desarrollo paralelo e independiente.

Hay mucha gente que se queja de que la teoría memética intenta responder a todo de manera muy general. A mi me parece una bonita forma de explicar algunas algunos conceptos, casi metafórica.

Un saludo.